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¿Favorece a la sociedad el trastrueque de valores?

Miguel Massanet
Miguel Massanet
miércoles, 24 de junio de 2009, 03:15 h (CET)
Uno de los cambios que ha sufrido la sociedad ha sido el de los clásicos estereotipos de la figura del héroe. Recuerdo, de mis años de niño, aquellas inefables películas del oeste que devoraba con los ojos fuera de las órbitas como si participase directamente en aquellas aventuras con las que soñaba dentro de un mundo más amplio que el abarcado por el limitado perímetro de la isla donde nací. En aquellos tiempos me pasaba horas dándole vueltas a la imaginación para revivir aquellos momentos emocionantes protagonizados por el gran vaquero Tom Mix o leyendo los cómics de Flash Gordon, el Hombre Enmascarado o Juan Centellas y su socio Pedrín. En todo caso, en aquella época, cualquiera que quisiera obtener el marchamo de “héroe” o de boom del cine de aventuras,debía estar, forzosamente, afiliado al gremio de los “buenos”, de aquellos que siempre defendían a los desvalidos contra las injusticias de unos “malos” verdaderamente odiosos y especialmente crueles. Recuerdo, con nostalgia, la carga final del 7º de Caballería contra los “malvados” indios sioux o apaches o pies negros, siempre jaleada por los aplausos de la chiquillería que, harta de comer cacahuetes y pipas, demostraba su apoyo a los buenos participando, desde sus localidades, en las victorias de sus héroes del celuloide; entre los cuales no podía faltar el mítico Buffalo Bill o al rápido y diestro cowboy encarnado por el gigantesco John Wayne sacando su Cold de seis tiros para abatir, de un disparo certero, al matón de turno contratado por el malvado terrateniente, figura irremplazable de aquellos primitivos pueblos del lejano oeste americano.

Hoy en día, dentro del empecinamiento de las nuevas generaciones para trabucar cualquier resto de lo que les legaron sus predecesores, parece que se han instalado otros mitos, mitos paganos por supuesto, pero al fin y al cabo pequeños diosecillos que han revivido en la juventud actual, los viejos ídolos, ídolos a semejanza de aquellos que no logró controlar Aaron, el hermano de Moisés, cuando el pueblo judío, aprovechando la ausencia de su dirigente Moisés ( llamado por Jehová para entregarle las Tablas de la Ley), decidió construir el famoso Becerro de oro para adorarlo. Curiosamente el progreso, las nuevas técnicas audiovisuales, las facilidades que Internet ha proporcionado a los ciudadanos del mundo para comunicarse entre sí y la internacionalización de la información han contribuido, en gran manera, a lo que en un principio debiera haber sido un medio de transmisión de culturas, de propagación de informaciones que contribuyeran a la difusión de las ciencias y las técnicas modernas ; una fuente de enseñanzas para nuestros hijos y un utensilio para la internacionalización del conocimiento; a la postre, Dios sabe por qué clase de fenómeno psicológico – y sin negarles su evidente parte positiva y su influencia benéfica – han concluido por ayudar a que, una parte importante de la humanidad, haya creado sus propios “héroes” hasta el punto de establecerse una nueva cultura, la de la deificación o “fanatización”, permítaseme el término, de todos aquellos a los que la suerte o la desgracia han sido proyectados a ella por los modernos métodos de marketing, de venta de “celebridades”, aprovechándose de la gran cobertura que hoy en día proporcionan los actuales medios de difusión de noticias e imágenes para crear cornucopias humanas, cuernos vivientes de la mítica cabra Amaltea, transformados de meros seres vivientes en ídolos de multitudes, paradigma de sus ambiciones y verdaderos becerros de oro para aquellos que manejan los hilos del negocio desde detrás de las bambalinas.

Y es que, señores, lo que antes se consideraban valores, virtudes, moralidad y ética han dejado de ser importantes para las nuevas generaciones, que han llegado a la conclusión de que no vale la pena esforzarse para obtener éxito, que el sistema del empujón y el “apártate que yo estoy delante” suelen dar más rendimiento que el pasarse horas delante de un libro estudiando para sacarse un título universitario y, todo esto si, además, resulta que, con una guitarra y los pelos pintados de rojo, se ganan millones a espuertas y un científico, con todo su bagaje intelectual, con sus años de entrega y esfuerzo, es muy probable que apenas gane para vivir dignamente. Es el nuevo sistema de valores, la pirámide invertida donde el éxito en lugar de estar en la cúspide después de las etapas de estudio y preparación ha invertido la tendencia y ahora se opta por empezar teniendo fama aunque después… pues después, como es ley de vida, unos pocos se mantienen en el candelero y el resto se hunde, pero con la diferencia de que siempre es más difícil aceptar la derrota si antes has sido el primero que no llegar a alcanzarla a pesar de haber ascendido paso a paso porque a estos siempre les queda la posibilidad de permanecer en el escalón anterior por habérselo trabajado a base de su esfuerzo personal.

Estamos ante una megalópolis a nivel mundial donde se critica que se paguen 90 millones de euro por un simple jugador de fútbol, no porque se considere un despropósito, que lo es, sino por envidia, por no haber conseguido ficharlo para otro equipo que lo hubiera deseado. Se decía que antes las personas ejercían una moral hipócrita y que muchos aparentaban lo que no eran, pero, cuidado, desde las instituciones, desde el propio Gobierno de la nación y desde los poderes públicos se seguía sosteniendo que los “buenos” eran los que mataban o apresaban a los malos que eran quienes cometían los delitos, los criminales o los bandidos; ahora, son estas mismas instituciones quienes parece que, en virtud de un relativismo interesado, de simple adoctrinamiento partidista y de fines inconfesables, se sostiene que el ser “malo” puede ser rentable y, por ello, se permiten las campañas en contra de la Iglesia; a favor del aborto; en apoyo de la homosexualidad, en contra de la disciplina aplicada a los niños, a lo que le sigue la indisciplina en las aulas, el ninguneo de la autoridad de los educadores; la permisividad de los excesos libidinosos en nombre de no se sabe que tipo de libertades, etc. Se ha pasado, sin apenas solución de continuidad, de la moral cristiana a, y esto es lo más grave, la falta de moral, el nihilismo ético. Todo está permitido, el hedonismo epicureano del “vive hoy que mañana morirás” se ha impuesto como norma a seguir; con absoluto desprecio a los derechos y libertades de los demás y sin advertir que esta deriva, de mantenerse, nos va a devolver a todos al paleolítico de las ideas y al nivel del Pithecanthropus sinensis en el orden del desarrollo intelectual.

Tradicionalmente la izquierda ha argumentado que la derecha estaba interesada en mantener a las masas en la incultura como un medio de ejercer el poder sobre ella; pero hoy, instalados en un régimen socialista, señores, en España se está precisamente en uno de los momentos más aciagos, comparable al existente en los tiempos de la II República de 1931, en cuanto a rendimiento escolar, abandono de estudios, falta de calidad de los nuevos licenciados, retraso respecto a Europa – en la que, por cierto ocupamos los últimos lugares en cuanto a resultados académicos –de los sistemas educativos y, por supuesto, con el añadido que entonces no se daba de que hoy los alumnos se han adueñado de las aulas y han impuesto la ley del caos en las mismas.¿ Y este es el camino de la cultura que el gobierno de izquierdas, que estamos padeciendo, parece que ha decidido implantar en España, para situar a nuestra nación a la cabeza de Europa? Pues si es así ¡vamos servidos”.

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