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El poder de los que mandan

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
miércoles, 24 de junio de 2009, 03:00 h (CET)
Con ocasión de la moción presentada en el Congreso, por un diputado de UPN, solicitando posponer la discusión de la nueva Ley del Aborto, en una tertulia televisiva un diputado, creo que socialista, se quejaba airadamente de que miles de ciudadanos lo “coaccionaran” enviándole e-mail y pidiéndole que apoyara la moción, en una campaña impulsada por la web “Hazte Oír”.

Como soy uno de los que ha enviado esa petición a todos los diputados, acuso recibo del enfado de uno de ellos y de la amable contestación del Sr. Durán i Lleida, única que he recibido, informándome de que votaría a favor de la moción.

Esto me ha hecho reflexionar acerca de la actitud de casi todos los políticos que, cuando resultan elegidos, se sienten muy por encima de los ciudadanos que los votaron y les pagan el sueldo que ellos mismos se asignan, gozan de los privilegios de inviolabilidad e inmunidad que les otorga la Constitución, que también dice que no estarán ligados por mandato imperativo, aunque de hecho, el mandato de su propio partido pienso que los liga de forma imperativa. Pero, al parecer, no tienen ninguna obligación respecto al conjunto de los ciudadanos que dicen representar.

Somos seres sociales y necesariamente tenemos que vivir en sociedad y todas las sociedades, desde las más simples a las más complejas, necesitan autoridades que revestidas de poder hagan posible la convivencia. Pero nunca ha existido un procedimiento perfecto de designación de tales autoridades que evite sus abusos y corrupciones. Que el poder corrompe es un hecho que salta a la vista. Los mejores pensadores políticos, con una sana desconfianza, propusieron dividir el poder en varias partes de forma que existiera un contrapeso entre ellas y evitara las extralimitaciones. En España el sistema de controles y contrapesos dejó de existir y fue enterrado Montesquieu.

Por tanto tenemos que seguir cuestionándonos qué legitima el poder de los que mandan. Si en otros tiempos el poder se legitimaba por la conquista o por unción divina, emperador, rey o caudillo por la gracia de Dios, hoy la legitimidad nace de las leyes que los mismos políticos hacen, es decir los que mandan se legitiman a sí mismos. La cuestión es que las leyes solo se legitiman si son justas, pero la idea de justicia como algo entendible y objetivo, como medida patrón, también murió a manos del relativismo. No es que la legalidad nazca de la justicia sino que la justicia nace de la legalidad y esta legalidad es el resultado del juego de cambiantes mayorías, de votos que se entregan o se venden como moneda de cambio para sacar a flote cualquier engendro legal, de espaldas a los ciudadanos.

Posiblemente el desastre educativo está perfectamente planificado. No le conviene a los detentadores del poder que pongamos en cuestión la base de este sistema que se dice democrático, pero el demos, el pueblo, está ausente, enajenado, esperando los favores que le quiera dispensar el gobierno de turno, satisfecho de su irresponsabilidad y cuando llega la crisis y el paro hay como un recuerdo indeleble en la mente de los pobres, de una izquierda liberadora y una derecha opresora, aunque todo sea mentira y propaganda. Con una fidelidad digna de mejor causa, los que votan seguirán votando a sus colores, España seguirá divida en dos mitades casi iguales y las minorías nacionalistas, convertidas en la llave de la gobernabilidad, seguirán explotando su situación de privilegio, nacida de una pésima ley electoral, que nadie quiere modificar por si en alguna ocasión puede beneficiarle.

Hace dos mil años Jesús de Nazaret decía a sus discípulos: “Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos”.

La situación de los grandes no ha cambiado. Esperemos que los discípulos de Jesús, los cristianos de hoy, si están metidos en política se dediquen a servir y no a ser servidos. No es fácil.

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