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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Voy a construir una ciudad. ¡Iba!

Marino Iglesias Pidal
Redacción
miércoles, 24 de junio de 2009, 01:57 h (CET)
Mi intención es crear el mejor de los ambientes posibles para los ciudadanos de esta ciudad, y al decir ambiente me refiero a todo lo que pueda compendiar esta expresión. Así pues, ya desde el principio, debe quedar claro que su población estaría conformada, exclusivamente, por seres humanos de élite – con libertad para hacerse acompañar de las mascotas tradicionales.

Entiéndase bien lo que yo entiendo como élite, no los más ricos, los más guapos, o los más listos, sino aquellos cuyos valores morales, forma de conducirse, atención a la higiene, etc. no dejen resquicios a la duda sobre su condición. Por si aún no estuviera claro, insisto en hacerlo cristalino: No excluyo a los signados por la desgracia, sino a los autodesgraciados.

La ciudad, por tanto, contará con un perímetro de seguridad que habrá de salvarse mediante un salvoconducto que portarán todos aquellos que quieran acceder a ella, sean o no habitantes de la misma. Para proveerse de este salvoconducto, quienes así lo deseen, han de someterse a un chequeo pormenorizado de su vida y milagros. Pretendo una ciudad aséptica, donde la prestación de ayuda entre sus moradores sea una cuestión de justicia y no una falsa manifestación de bondad, una cursi sensibilidad, de ridícula caridad de beatas obsoletas, de no menos ridículas damas sin nada que hacer que pretenden aureolarse de benefactoras, displicentes desde la “altura” que les da posición social, o las acciones dadivosas de quienes dan lo de los demás como si fuera suyo con fines proselitistas… etc. etc.

Ya le meto mano a la ciudad física. Se ha de corresponder con los valores de quienes van a habitarla. Una ciudad hecha para servir a sus habitantes y no para alimentar el ego de O. Gherys con antiestéticas plastas y retorcidos volúmenes carentes de sentido práctico alguno; o de Calatravas enrevesados y despilfarradores con engarabintuntanguilados que los desengarabintuntanguiladores que no lo son llaman vanguardistas. No. Ningún invento mejor para la arquitectura y el urbanismo que las líneas rectas perpendiculares y paralelas.

Establecido lo cual. El hombre no debe joderse la vida ahogándose en la contaminación que él mismo produce, ni haciendo regates a sus propios vehículos tal como la liebre que trata de librarse de la implacable persecución de una jauría de galgos.

Ya no. No puedo continuar con lo que ni siquiera llegué a empezar. Construiré en otro momento la ciudad.

Ahora mismo son las 12 del mediodía del sábado 20 de junio del año 2009 en curso. Hago constancia de la fecha porque, aun enviando ésta, como pienso hacer, ahora mismo, es casi seguro que tardará en aparecer publicada varios días, si es que aparece.

Sobre mi escritorio acabo de ver en la portada del periódico la fotografía de Eduardo Puelles, que en paz descanse, y el titular: “¡POR FAVOR, SACADME DE AQUÍ!” Abro, y en la otra página de la hoja, la foto es de Arnaldo Otegui qué, por supuesto, no reniega de actos como el que nos ocupa, donde se quema vivo a un inocente.

De inmediato me asalta un recuerdo. Un recuerdo que he sacado a la luz en más de una ocasión, aunque no sé si aquí. Hace más de tres décadas, en una capital sudamericana, vi cómo en la pantalla del televisor aparecía, para mí, el más genial de los presentadores, para decir, a propósito del hartazgo del hampa que se vivía, algo así: “Un amigo me ha dicho que él acababa con la delincuencia en no más de dos o tres semanas. Comenzaba preguntando, ¿quién es el enemigo público número uno? Fulano. Bien, pongo a buscarlo a todas las fuerzas armadas, incluido el ejército, ¡a todas las fuerzas armadas! No hay duda de que no tardaría más de dos o tres días en pillarlo. Planto un patíbulo en la plaza principal y lo cuelgo. ¿Cuál es el número 2? Pienso que no sería necesario ir más allá del número 3 o el 4, ¡y listo! Verías tú cómo el problema quedaría solucionado”.

De momento no puedo quitar de mi cabeza este pensamiento.

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