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Etiquetas:   Entrevista   Autores   -   Sección:   Libros

"Todos escondemos un investigador en nuestro interior"

Entrevista a Reyes Calderón
Herme Cerezo
lunes, 30 de mayo de 2016, 09:32 h (CET)



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Reyes Calderón (Valladolid, 1961) compagina escritura y docencia. Doctora en Economía y Filosofía, es profesora en la Universidad de Navarra, de cuya facultad de Economía es decana desde 2008. Visitante en las universidades de Berkeley y La Sorbona, su firma es asidua en artículos y conferencias. Entre sus obras de ficción hay que citar la serie protagonizada por la juez Lola MacHor, compuesta por las novelas ‘El jurado número diez’, ‘Los crímenes del número primo’, ‘El expediente Canaima’, ‘El último paciente del doctor Wilson’, ‘La venganza del asesino par’ y ‘Dispara a la luna’ (Premio Azorín 2016), así como ‘La puerta del cielo’, esta última no protagonizada por MacHor.

Reyes Calderón acudió a Valencia para participar en el evento policiaco Valencia Negra. Poco antes de su intervención en el mismo, pudo dedicar unos minutos a conversar sobre su última novela, ‘Dispara a la luna’, una nueva entrega protagonizada por la juez Lola MacHor, que ha permitido a la escritora vallisoletana alzarse con el Premio Azorín 2016. En esta ocasión, MacHor recibe un esemese de Juan Iturri, inspector de la Interpol de Lyon. Son sólo dos referencias enigmáticas, pero su instinto le asegura que Iturri se encuentra en peligro. Al mismo tiempo, en la Presidencia del Gobierno se recibe una carta, con el sello de la Organización, en la que se reivindica el secuestro del inspector. Junto a sus exigencias, la banda anuncia su muerte en una semana si no se cumplen sus demandas. A partir de ahí, la juez se implicará en el caso y participará en la búsqueda del secuestrado.

Reyes, en primer lugar enhorabuena por el Premio Azorín, ¿qué significa para ti haber conseguido este galardón?
Este premio es especial entre otras cosas porque lleva el nombre de un gran escritor, Azorín, cosa que no ocurre con otros concursos. Ganarlo es como seguir una tradición literaria, algo muy bonito. Para mí, además, significa el reconocimiento de que yo iba en serio cuando empecé a escribir. Nadie creía en mí como escritora, me rechazaban los manuscritos que enviaba a las editoriales y ahora ya veo el pico del monte hacia el que camino con mis novelas.

¿Al Azorín te presentan o te presentas?
No, no, te presentas tú. Yo envié la novela con un seudónimo equivocado, Fernando Lasalle, ya que desconocía que en la Comunidad Valenciana había un político vinculado a cultura, cuyo apellido coincidía con mi seudónimo y podía producir malentendidos. Después, para disfrazar la novela, cambié el nombre de los protagonistas, que solo se restituyó en el momento en que se hizo oficial el fallo del jurado.

Jorge Zepeda ganó el Planeta, Víctor del Árbol el Nadal y tú, ahora, has sido premiada con el Azorín, ¿significa eso que el género negro empieza a tenerse en consideración en nuestro país?
Nunca he entendido por qué se considera un género. En Estados Unidos sí que lo es, porque allí importa mucho el volumen de sangre y la forma en que se ha cometido el crimen. Agatha Christie tramaba muy bien sus novelas y perfilaba perfectamente sus personajes y todo eso es narrativa pura. Creo que en España se va teniendo en cuenta que matar no es suficiente y que dentro de esta condición humana también se puede escribir buena literatura. El día que estas novelas dejen de considerarse como un género se solucionará todo. Mientras tanto, este premio contribuye a ello.

‘Dispara a la luna’ comienza con Lola MacHor esposada, una escena, cuanto menos curiosa, la de una juez con las manillas puestas, buen gancho para atraer la atención del lector, sin duda.
Es cierto [ríe Reyes Calderón]. La verdad es que dudé bastante, porque hasta la página cincuenta el lector no sabe nada de lo que ocurre, solo recibe información y datos cuya procedencia desconoce. Me divertía mucho atrapar al lector sin contarle nada, porque nadie tiene por qué conocer a Lola MacHor, pero al mismo tiempo constituía un riesgo, porque si no le enganchas antes de las treinta primeras páginas se te ha ido para siempre. Sin embargo, creo que al final, después de muchas versiones de este comienzo, cargado de sentido del humor, he conseguido captar su atención.

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¿En un caso sobre terrorismo, que les puede afectar muy directamente, los jueces, policías y guardias civiles son capaces de comportarse con la suficiente frialdad y método para llevar la investigación adelante, como si se tratarse de un asesinato cualquiera?
Es algo muy curioso y que me llamó mucho la atención, porque los dos agentes, que me atendieron mientras me documentaba, habían contribuido a esclarecer el secuestro de Ortega Lara y todo el tiempo les vi con una serenidad tremenda. Sabiendo lo que tenían entre manos, yo les preguntaba cómo eran capaces de llevar una vida normal con su familia y amigos durante la investigación. La respuesta fue muy clara: o se comportaban normalmente fuera de su trabajo o no podían pensar en los pormenores del caso. Desarrollaban el procedimiento previsto para estas situaciones, sin el cual la probabilidad de éxito, según me dijeron, es muy baja.

¿A la hora de escribir qué te interesa más: el proceso de investigación y creación que conlleva o la escritura por sí misma?
Mi abuelo modelaba caras en arcilla y, cuando todavía no había nada, se le veía un rostro distinto al del momento en que lo perfilaba. Él iba sacando de dentro a fuera lo que tenía y yo hago al revés, voy de fuera hacia dentro y, al final, perfilo. En verdad, me llena todo el proceso, el conjunto, son dos caras, dos fases muy distintas de la misma moneda. Esto es como asistir a un concierto donde no solo disfrutas con el final, sino especialmente durante la interpretación de la obra.

Explica un poco más tu proceso creativo.
A ver, no extraigo la historia del bloque de arcilla, por así decirlo. Yo quiero hablar de algo que está dentro y no lo abordo directamente, voy circunvalando el meollo. No me interesa tanto la historia en sí misma como el tema del que trato, y en este caso era difícil, porque en España tenemos muchas víctimas y además hay muchas caras del terrorismo que, los que no son de esa zona, conocen menos. Hay terroristas convencidos y otros no tanto, y yo no quería herir a nadie. Y creo que es una de las virtudes de la novela: trato el tema, pero no hiero a nadie. No he frivolizado en absoluto, ni tampoco he hecho un juicio sumarísimo de alguien, porque no me corresponde hacerlo, pero sí del hecho. Yo tenía la idea, pero no la historia, y construirla me ha costado mucho esfuerzo hasta que maduró del todo.

Por lo que has contado, la documentación para escribir esta novela ha sido fundamental.
Sí, el proceso de documentación ha sido exhaustivo. Yo no podía comenzar sin tener datos. La primera duda surgió a propósito del secuestro. Necesitaba ver el lugar, porque la escena de un secuestro no se parece en nada a la de un crimen. En la primera no queda ni rastro, mientras que la segunda está llena de pistas. La siguiente pregunta fue averiguar cómo actúa la policía en estos casos, saber por dónde comienza a investigar. Y la tercera y última cuestión era que me interesaba ubicar la acción fuera del País Vasco. Para informarme de todo ello, contacté con los servicios españoles y franceses y logré encontrar un lugar que me pareció bueno para mi propósito. El escenario que he utilizado es real, allí se produjo un secuestro, y he visitado las tiendas y los supermercados que conformaban el paisaje. Luego me ocupé de localizar el altillo donde lo escondieron. Lo visité, palpé la angustia que el secuestrado debió sufrir y observé las rayas de la pared con las que contaba los días que estuvo encerrado allí, porque no era capaz de imaginarme aquella situación por mí misma.

La novela la has escrito en primera persona, ¿la primera persona es la voz narrativa que más conecta con el lector?
Lo cierto es que he llegado a pensar que tengo muchos yos dentro de mí, algo que durante un tiempo no me atrevía a decir, y algunos de ellos me sorprenden terriblemente. Escribí ‘El último asesinato del doctor Wilson’ en primera persona y se trataba de un asesino en serie. Narrar en primera hace que el lector se introduzca más en la historia, te posibilita mostrar la faceta objetiva y la subjetiva y añadir matices psicológicos que no te permite la tercera. En el caso de Lola MacHor, te entrega la humanidad de la juez junto a su profesión. Son muchas las ventajas que te ofrece, pero tienes que meterte a fondo en un papel para luego salirte del todo antes de entrar en otros, algo que a mí me deja agotada.

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No te lo he preguntado aún: ¿cómo surgió el título de ‘Dispara a la luna’?
Durante un semestre estuve trabajando con el MI6 inglés, que no me hicieron mucho caso, todo hay que decirlo, y con los nuestros en Inglaterra. «Dispara a la luna» era una expresión que ellos utilizaban con frecuencia y que equivale a mirar cincuenta años para atrás. Cuando hablaban de terrorismo, decían que no había que mirar hacia atrás, o sea, disparar a la luna. El título es un homenaje para que llegue un tiempo en el que el terrorismo solo aparezca en los libros de texto.

Terminamos por hoy. Después de esta entrevista vas a participar en uno de los actos de Valencia Negra, ¿qué opinión te merecen este tipo de acontecimientos?
Para empezar, estos eventos conectan a la literatura con un público muy diverso. La gente que no lee y quiere empezar a hacerlo entra en este tipo de novelas mucho antes que en cualquier otra. Es lo mismo que los niños que se inician con Harry Potter y luego continúan con otras lecturas. Son una ventana a la literatura en la que un lector no se siente extraño, porque parece que nos pilla de cerca. Todos escondemos un investigador en nuestro interior, tenemos la curiosidad a flor de piel y la curiosidad es el principio del arte.

Tras las fotografías y mientras Reyes Calderón se despedía camino de la Sala Russafa, durante unos instantes paseé la mirada sobre el escenario de la entrevista, la cafetería de un céntrico hotel de la capital del Turia, inexplicablemente vacía a las seis de la tarde, desierta, gris y casi brumosa a pesar del sol reinante. Un lugar, cuanto menos, sugerente.
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