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Etiquetas:   La linterna de diógenes  

Tres banderas y un funeral

Luis del Palacio
Luis del Palacio
martes, 23 de junio de 2009, 08:51 h (CET)
Desde el principio se dijo que a Patxi López le esperaban tiempos difíciles y apenas transcurridos dos meses desde su investidura como lehendakari, ya ha tenido que asistir al primer funeral, porque la zarpa de ETA acaba de dejar su marca de sangre en una localidad obrera próxima a Bilbao. El inspector de la Policía Nacional Eduardo Antonio Pueyes moría achicharrado en su coche el pasado viernes, mientras lanzaba estremecedores gritos pidiendo socorro. El horror volvió a enseñorearse de las calles y plazas del País Vasco, adentrándose en los hogares –una especie de antesala de la conciencia- de esa mayoría tantas veces silenciosa que rechaza el asesinato y la extorsión como vía para dirimir viejas, marchitas, pendencias.

Y, sin embargo, hemos percibido algo menos rutinario, menos consabido, en la reacción de los políticos y de las instituciones. Algo que permite intuir que avanzamos por el buen camino, y que la frágil alianza entre el PSOE y el PP, que permitió a Patxi López desbancar al ultramontano Ibarretxe, da sus primeros resultados visibles. No se trata, claro está, de grandes decisiones políticas. Estas se irán produciendo paulatinamente a lo largo de la legislatura. Ese aire de cambio ha empezado a percibirse en los actos organizados como homenaje a la víctima: las tres banderas a media asta en los edificios públicos de Euskadi; la interpretación del himno nacional; la condena unánime por parte del Parlamento Vasco; el funeral multitudinario en la iglesia de los Agustinos de Bilbao (escenario antaño de tantos otros en los que el féretro era introducido por la puerta trasera); la impresionante manifestación de repulsa que siguió… Todos ellos son factores simbólicos pero no menos significativos. La frase del lehendakari, “Ellos nos enseñan el camino del dolor; nosotros les enseñaremos el camino de la cárcel”, es mucho más que una retórica ad hoc; señala una clara voluntad política.

Pero no podían faltar las meteduras de pata. Y en esta ocasión ha sido Carlos Iturgaiz, antiguo líder del PP en la Comunidad Autónoma Vasca, quien ha dado pie a que los “demócratas abertzales” pongan el grito en el cielo. En unas desafortunadas declaraciones, empleando un pobre lenguaje metafórico, afirmó que los que votaron a la plataforma Iniciativa Internacionalista- Solidaridad entre los Pueblos en las pasadas elecciones al Parlamento Europeo “deberían ser fumigados”. Poco tiempo le ha faltado a su nuevo guru ideológico, el periclitado dramaturgo Alfonso Sastre, para asociar esa eventual “fumigación” de la peste terrorista con las cámaras de gas nazis. ¡Acabáramos! Parece que matar inocentes de la manera más cruel - de acuerdo con la tesis del “venerable profesor”- es la consecuencia lógica de una política opresora; mientras que expresar el deseo de eliminar una plaga mortífera con las armas (simbólicas) del estado de derecho, constituye una prueba de añoranza de prácticas de lesa humanidad. Sastre escupe toda su bilis y su frustración en un artículo, titulado “La prosa y la política”, publicado por el diario Gara hace dos días. En él no sólo se regodea en la frase de Iturgaiz, sino que esta le sirve de pretexto para decir que se advierte “una miserable nostalgia de las cámaras de gas nazis” y expresar la duda de que no sea perseguible de oficio la amenaza de que una buena parte de la población que habita en los territorios del Estado español y que, precisamente, aboga por la paz y por una negociación como la única vía posible que podría conducir a ella, sea encerrada en una cámara gigante y que se abra una espita de gas letal (palabras textuales, sin entrecomillar)

La verdad es que asusta bastante que un intelectual de cierta altura, como lo ha sido Sastre, decida despedirse del mundo con semejante legado de odio.

Otro pretexto para los que siguen jugando al tute cuando aún humea la pólvora en la sien del compañero muerto.

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