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Etiquetas:   Historia   Península   -   Sección:   Opinión

Caña al moro

Aquel crisol de culturas fruto del mestizaje de los distintos pueblos que ahora quieren que aborrezcamos es negar la evidencia de aquella expulsión de los moriscos de 1603
José Enrique Centén
domingo, 29 de mayo de 2016, 11:50 h (CET)
La barbarie y tragedia que Europa realiza en sus fronteras no debe llevarnos por el odio al extranjero hambriento, persiguiéndolos, tal como pregonan y actúan los que dicen representarnos en Europa y en nuestra Patria, mientras esa tragedia continúa nuestros, digamos líderes patrios, hacen campaña en Venezuela sin ver la cotidianidad de las colas por alimentos también en España, y si añadimos el no recordar que no hace tanto tiempo fuimos igualmente refugiados, años más tarde y hoy mismo, debido al paro y los más de tres millones de personas en la pobreza e indigencia, emigrantes forzados, en realidad expulsados por nuestros diferentes gobiernos solo preocupados del beneficio propio, pero si añadimos a la desidia nuestro olvido al origen y nuestra mezcla, no comprendo cómo se dejan arrastrar en ese odio exacerbado el repudiar a millones de personas por la doble condición de ser mayoría de origen árabe sin ver que huyen de los desastres provocados por guerras de intereses. Odio exacerbado por un lado y creciente auge del filo-judaísmo de nuestros dirigentes, esos mismos que antes pregonaban lo contrario, sin haber condenado nunca la ideología de donde provienen, nuestra reciente dictadura que tanto odiaba a los judíos.

Pretenden hacernos olvidar nuestro origen como habitantes de la Península Ibérica, somos los más mezclados de todas las naciones, por ser lugar donde se establecieron fenicios, griegos, celtas; invadidos por cartagineses, romanos, tribus de suevos, vándalos, alanos, visigodos, vikingos y moros. Con todos ellos vinieron judíos, etnia silenciosa y no invasora afortunadamente, se dedicaron al comercio y recaudación de impuestos. Pero quiero destacar de todas las tribus o naciones invasoras a los árabes, los que invadieron sin invadir al ser llamados por una de las facciones en las luchas internas entre dos grandes clanes político-familiares godos en la Hispania de entonces, el clan Wamba - Égica - Witiza y el de Chindasvinto - Recesvinto - Rodrigo. Witiza pidió ayuda a los bereberes del norte de África en el 711, y siguiendo en apoyo en las disputas de los clanes llegaron en 15 años hasta la Galia, contando con parte de la población judía, en su mayoría conversos forzados y reiteradamente hostigados por la legislación visigoda, apoyo importante como gestores al estar presentes en todos los centros urbanos al ser recaudadores y prestamistas con contactos en toda la cuenca mediterránea. Para aquellos árabes que durante los 781 años de dominación en Al-Ándalus (península ibérica para ellos), la tolerancia religiosa fue un ejemplo a destacar, a excepción del periodo almorávide durante la segunda mitad del s. XI y primera del s. XII, coincidiendo con las invasiones de la 1ª Cruzada para conquistar los Santos Lugares y la toma de Jerusalén en 1099; según crónicas de la época “en las calles y plazas no se veían más que montones de cabezas, manos y pies. Se derramó tanta sangre en la mezquita edificada sobre el templo de Salomón, que los cadáveres flotaban en ella y en muchos lugares la sangre llegaba hasta la rodilla. Cerca de 40.000 personas fueron brutalmente asesinadas de mil formas diferentes, una auténtica orgía de sangre y destrucción. Todo en nombre de un Dios y una fe. Cuando no hubo más musulmanes que matar, los jefes del ejército se dirigieron en procesión a la Iglesia del Santo Sepulcro para la ceremonia de acción de gracias”. La actuación de los cruzados dejó conmocionado al mundo musulmán, nunca antes se había visto ese nivel de barbarie, salvajismo y destrucción (se repite en la actualidad). Los cruzados masacraron a miles de personas, hombres, mujeres y niños solo por el hecho de ser de otra religión. Nos guste o no la Iglesia Católica es la responsable indirectamente de todas las matanzas y odio entre religiones, haciendo que el fanatismo y las ansias de poder cegaran a toda la cristiandad. Casi mil años después el paralelismo de aquella barbarie es patente con la aparición de Isis, Daesh o el Estado Islámico, radicales que actúan contra los de su mismo credo y exportan al exterior también contra la población civil, un odio a consecuencia de las fechorías de los poderes petrolíferos que invadieron Oriente Próximo, poderes que a su vez los financia en armas y logística, manejándolos, al tergiversar y difundir ese fanatismo haciendo hincapié en lo retrasado de toda esa etnia religiosa en continuo conflictos entre ellos, pero sin analizar que el periodo de oscuridad en el mundo musulmán se debe a sus dirigentes al erigirse en guías religiosos, escondiendo su único interés, el vil metal, igual a los nuestros que lograron controlar a sus pueblos a través de la religión, tal como ocurrió en Europa desde el siglo IV.

Aquellos almorávides fueron los primeros radicales religiosos islámicos, actuaron hacia sus hermanos de fe al considerarlos relajados en ella, siendo el origen de la mayor desgracia para el islam al acabar con el desarrollo cultural árabe andalusí, luz y faro cultural del mundo conocido entonces a semejanza de la Europa con las invasiones bárbaras, época aprovechada por la iglesia católica para capitalizar el poder apoyándose en el Edicto de Milán del año 313, siendo emperador Constantino al proclamarla religión del Estado que sirvió a la Iglesia para cortar lazos con los cristianos ortodoxos de Bizancio, y cuya consecuencia fue el aislamiento comercial y cultural con el resto del mundo conocido, hasta el Renacimiento, más 1.200 años de retraso europeo. Afortunadamente las ciudades Estados italianas tomaron el testigo de la economía, cultura y libertades a través de los textos originales griegos y romanos conservados y traducidos por los sabios andalusíes, moros o judíos; y a su vez corrigiendo los manipulados que no fueron quemados o destruidos por la intransigencia religiosa católica.

Para España también supuso un atraso cultural inmenso el acabar la mal llamada reconquista, los árabes conversos siguieron hasta que Felipe III ordenó su expulsión, y alrededor de trescientos mil herederos de aquellos que llegaron 898 años antes al ser expulsados emigraron principalmente al norte de África, donde acabaron integrándose. Esta expulsión, en su mayoría agricultores y artesanos supuso para España una fractura extraordinaria a todos los niveles, siendo la evidencia de un fracaso debido al abandono y saqueo de las infraestructuras creadas por ellos que redundó aún más en el declive de español desde el siglo XVII, pues los monarcas una vez saqueada y repartida la Península entre sus supuestos “nobles” la abandonaron a su suerte para centrase en el siguiente saqueo, América.

Y aquel crisol de culturas fruto del mestizaje de los distintos pueblos que ahora quieren que aborrezcamos es negar la evidencia de aquella expulsión de los moriscos de 1603, cuando fue la puntilla final del retroceso español hasta la actualidad, siendo desde entonces estigmatizados y fomentando el odio hacia ellos por el nuevo poder, acrecentado con la ayuda de los verdaderos dirigentes de Norteamérica y la sociedad anglófona en general, la secta judía de los sionistas, ocurre con los mensajes subliminales en series y películas norteamericanas donde para ellos la maldad a combatir la representa cualquier persona de un Estado islámico sea o no árabe, sustituyendo a los hasta hace bien poco, negros o hispanos, pretenden y en algunos casos logran que el odio cale en buena parte del orbe, en España se refleja con la frase:

¡Caña al moro!
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