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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La flor de la alegría

Piedad Sánchez (Málaga)
Redacción
sábado, 20 de junio de 2009, 04:11 h (CET)
Nos hace mucha falta, la necesitamos. Una alegría que no esté sujeta al vaivén de la vida, al bienestar material, a los estados ánimo, a la salud y ausencia de dificultades, ni tan siquiera a la misma muerte: lo único cierto en nuestro camino.

Cuando el mundo surgió de las manos de Dios, todo desbordaba bondad y ésta tuvo su punto más importante con la creación del hombre. Después el mismo hombre lo estropeó todo sin dejar lo inservible como opinan muchos. Sigue existiendo el trabajo pero con esfuerzo, sigue existiendo la alegría pero con esfuerzo también.

Pero ¿Qué es la alegría? Santo Tomás de Aquino dice “es la consecuencia inmediata de cierta plenitud de vida. Y para la persona esta plenitud, consiste ante todo en la sabiduría y en el amor”. En la sabiduría pero no en la ciencia humana, en el amor pero no en el capricho ni en el egoísmo. Sabiduría de saber quién somos, de donde venimos y adonde vamos. Sabiduría que nos da la certeza de sabernos criaturas de Dios y no producto de una naturaleza ciega que no sabe lo que hace cuando se ha ido formando. Sabiduría de saber que somos algo más que materia, el cuerpo y de tener el convencimiento, de tener un espíritu, más aún un alma capaz de amar, de hacer el bien a los demás en medio de un ambiente duro y agresivo sin que sean determinante para nosotros las circunstancias que nos rodean. Sabiduría de saber que tenemos una casa para vivir toda la eternidad en ella.

Podríamos preguntarnos ¿como es posible estar alegres en la enfermedad o ante las injusticias? esa alegría puede parecer “una falsa ilusión o una escapatoria” (Álvaro del Portillo). Pues nó, la verdadera la alegría que no es divertirse siempre y estar en todos los momentos jaja y jiji, viene de Cristo. Solo en Él se encuentra el verdadero sentido de la vida personal y la clave de la historia humana, mientras más nos acerquemos a Cristo y a su doctrina aunque no seamos cristianos, Cristo vino al mundo para todos, encontraremos más fácilmente la fuerza para mejorar el mundo y para hacerlo más digno del hombre y más alegre.

En el antiguo testamento ya se había dicho “no os entristezcáis porque la alegría de Yahvé es vuestra fortalece”.

La alegría es un arma poderosísima para lograr la victoria contra todos los males. La tristeza hace mucho daño a nosotros y a nuestro alrededor, es una planta dañina que hay que arrancar sin miramiento.

Juan Pablo II decía “Que si tenemos alegría y paz podríamos construir algo válido para los hombres” y estoy convencida de que si hiciéramos cada uno “el propósito sincero de hacer más amable y fácil el camino a los demás que bastante amarguras trae consigo la vida” (San Josemaría Escrivá) nuestro mundo sería más respirable. Cada uno en su ambiente haciendo el bien y Dios en el de todos.

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