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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Cuando creemos que podemos crear derechos

Mª Helena Vales-Villamartin
Redacción
sábado, 20 de junio de 2009, 04:10 h (CET)
Estamos viviendo actualmente acontecimientos de gran calado social y moral que nos llevan a gritar de nuevo que la moral no es fruto del consenso social de un momento o una circunstancia determinada.

Como afirmó Benigno Blanco Presidente del Foro Español de la Familia, la tendencia actual es crear una “nueva generación de derechos humanos” y esta es una de las ideas más recurrentes tanto del Gobierno como de las Naciones Unidas.

Realmente es peligroso cuando alguien, y ese alguien resulta ser un gobierno, piensa que puede “crear” derechos humanos, y “no sólo respetarlo o protegerlos”.

Es importante recordar que sin moral, sin gobierno de orden moral, el hombre se queda sólo, basado en su propio arbitrio y, por lo tanto, se hace necesario volver los ojos al Derecho natural, cuyas leyes no son algo externo, que venga de fuera, como algunos nos quieren hacer creer, sino que están en el corazón del hombre.

El gran problema es la ausencia de una base moral en nuestra democracia actual. Este navío a la deriva o al viento del gobierno de turno, en un mar de relativismo, es la realidad donde se mueven nuestras jóvenes generaciones.

Esta es la causa de la falta de esfuerzo, de disciplina, de educación cívica, la apatía reinante, la violencia… que preocupan a padres y educadores; nuestros jóvenes son testigos pasivos de la pulverización de toda escala de valores.

Dicen que es la más joven Ministra de España y hace afirmaciones infundadas sobre cuestiones fundamentales como la vida, la persona humana, los seres vivos,… sus ponderaciones carecen de la más mínima validez científica y esto no es por ser joven, puesto que los hay muy bien preparados, es por ser atrevida; la atrevida ignorancia también afecta a los dirigentes políticos que deberían vivir algunos valores como la prudencia y el esfuerzo… por formarse y estudiar los asuntos antes de emitir un juicio.

Me preocupa que ninguna formación política actual esté dispuesta a perder sus cotas de poder, les preocupan los votos, no tienen más objetivo que ganar. No existe nada ni nadie que corrija sus desviaciones, sus excesos o defectos. Su meta es el voto…para su partido.

Un ejemplo que ilustra esta afirmación fue la contestación de uno de nuestros políticos actualmente en el Gobierno, quien cuestionado sobre la nueva ley del aborto, antes de celebrarse las Elecciones del 7 de Junio a las europeas, contestó: “Tengo mi opinión sobre el aborto. Pero mi opinión puede perjudicar al partido en vísperas de unas elecciones”.

No podemos olvidar que no hay democracia ni Estado de Derecho si en el centro no está la dignidad del hombre y sus derechos fundamentales.

La Historia ha demostrado que una democracia sin valores, donde prima el ganar a toda costa, incluso sin fidelidad a sus propios principios, se convierte con facilidad en un totalitarismo, visible o encubierto.

La arbitrariedad reina y, argumentando que defienden valores fundamentales, encubren en realidad la defensa de las preferencias políticas del partido reinante.

Hoy en día la crisis moral azota duramente a la familia, el matrimonio y el derecho a la vida. ¿Cómo podemos acatar leyes que sirven al mal y que minan directamente a estos tres pilares?

Soy historiadora y así lo enseño a mis alumnas, en la Alemania nazi de 1935 se redactaron leyes que permitieron aplastar derechos fundamentales de la persona, un grupo político consiguió el poder hegemónico totalitario y trató de configurar el pensamiento de sus ciudadanos.

Ante el mal reinante en aquellos años de la Segunda Guerra Mundial, el futuro Papa Juan Pablo II, entonces Karol, vio “una luz en la oscuridad” que le devolvió la esperanza y le hizo ser fuerte en medio de aquel imperio del mal.

Años después, muchos hombres y mujeres, que vivieron aquellos acontecimientos históricos de horror nazi y posterior comunismo cruel… consiguieron el triunfo de la libertad, el respeto a la dignidad de la persona, la regeneración democrática y moral, como así quedó recogido en la “Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Estamos a punto de convertir en derecho acabar con una vida humana. El aborto no es ni puede ser nunca un derecho. Lo que es un derecho es el derecho a la vida. Avanzar en el camino que lleva a destruir el derecho a la vida y pervertirlo, es un falso derecho, es retroceder en el camino de la civilización.

Afirmaciones duras como las referentes a la eutanasia redactadas en el “Manifiesto Santander por una muerte digna”, “el “derecho a morir” o “debemos defender a través de la elaboración de leyes el derecho a morir, si no, la vida es una obligación”, nos hacen plantearnos la necesidad de ver “la luz en la oscuridad” y de defender, con la fuerza con la que ellos lo hicieron, nuestra libertad y nuestra dignidad.

Volvamos al sentido común, a los debates sobre el aborto o la eutanasia donde se mira al niño o al enfermo, no a los políticos. Como afirmó Benigno Blanco: “Los grandes temas de nuestra época ya no los arregla nadie desde el poder, sino desde el entramado humanista civil, del día a día”.

El verdadero reto de hoy es defender nuestras convicciones humanistas explicándolas con valentía aunque no sea lo “políticamente correcto”.

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