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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Nuestro menguante Estado del Bienestar

Robert J. Samuelson
Robert J. Samuelson
sábado, 20 de junio de 2009, 03:39 h (CET)
Educados en una cultura individualista, los estadounidenses tienen aversión al concepto de "estado del bienestar" y no utilizan el término. Pero no se lleve a error, los Estados Unidos tienen un estado de bienestar, y su futuro es precario. El verdadero impacto de la quiebra de General Motors recae más en este estado del bienestar que en la precaria situación del capitalismo americano.

Por lo general, el sistema de la seguridad social norteamericana se divide en dos partes -- la privada, dirigida por las empresas; y la pública, brindada por el gobierno. Ambas están asediadas: las empresas privadas por las presiones de la competencia; el gobierno por la creciente deuda y los impuestos. GM encarnaba la gran empresa como estado privado del bienestar. En los contratos con el Sindicato de Trabajadores del Sector del Automóvil, GM prometía salarios altos, empleo vitalicio, pensiones generosas y protección sanitaria integral. Todo esto es historia antigua: los nuevos trabajadores tienen prestaciones más escasas.

A modo de metáfora, la bancarrota de GM marca la defunción de este modelo. Las empresas aún proporcionan prestaciones para atraer y conservar a los empleados cualificados. Pero estos refugios contra la inseguridad se están volviendo progresivamente más endebles. Sigue habiendo puestos de trabajo profesionales, pero las garantías laborales vitalicias -- ya sean formales o informales -- han pasado a mejor vida. El año pasado, alrededor del 50% de los trabajadores varones de 50 a 54 años de edad llevaba al menos 10 años en el mismo puesto de trabajo; en 1983, la estadística era del 62%.

El seguro médico y las pensiones van por el mismo camino. En el año 2007, el seguro médico pagado por la empresa aseguraba a 177 millones de estadounidenses, el 59,3% de la población; en el año 1999, la cobertura era del 63,9%. Desde 1980, las empresas han pasado paulatinamente del sistema de pensiones "de prestación definida" al sistema "de contribución específica," en forma sobre todo de aportaciones anuales a cuentas de ahorro para la jubilación. Los planes de prestación definida realizaban aportaciones garantizadas; los planes de contribución específica -- aportar una cantidad de dinero mensual a una reserva simplemente -- hace responsables a los trabajadores de la gestión de sus ahorros para la jubilación.

Lo que la mayoría de los estadounidenses identifica como "ayuda social" pública son ayudas a las madres solteras, bonos de comida y (quizá) Medicaid, el programa de protección sanitaria federal-estatal destinado a los pobres. Pero eso no es ni la mitad. Desde 1960, el gobierno ha cambiado de forma radical. Por entonces, el 52% del gasto federal se destinaba a defensa, y el 26% a "pagos a particulares" -- el estado del bienestar. Hacia el año 2008, el 61% del gasto consistía en "pagos a particulares," y el 21% a defensa.

La seguridad social y Medicare -- programas destinados a la tercera edad -- supusieron la mayor parte del pastel: 1 billón de dólares en el 2008. La mayoría de los estadounidenses no considera "ayuda social" estos programas, pero lo es. Las prestaciones se pagan sobre todo a través de impuestos en el ejercicio actual; hay escaso "ahorro" para prestaciones futuras; el Congreso puede alterar las prestaciones en el momento que quiera. Si eso no es estado del bienestar, ¿qué es?

Las presiones sobre el estado público y privado no disminuirán. Las condiciones económicas que fomentaron la protección corporativa han desaparecido hace mucho. En 1955, GM, Ford y Chrysler suponían el 95% de las ventas de utilitarios estadounidenses, informa el economista Thomas Klier, del Banco de la Reserva Federal de Chicago. Con el dominio del mercado y el liderazgo tecnológico, las "Tres Grandes" dieron por sentado que podían pasar al cliente el coste de las garantías laborales, los salarios sustanciales y las prestaciones complementarias.

Impacientes por desactivar la guerra de clases de la década de los 30 -- y por evitar la sindicalización -- muchas empresas estadounidenses copiaron el modelo. También ellas creyeron que la competencia sería limitada y que el cambio tecnológico se podía controlar. Estas presunciones han desaparecido (en el año 2008, el porcentaje de mercado de las Tres Grandes era del 48% y bajando). Ahora, las empresas son extremadamente sensibles a la competencia y las amenazas económicas. Un examen realizado entre 141 empresas importantes por la firma consultora Watson Wyatt concluía que el 72% ha realizado despidos últimamente, el 21% bajado los salarios y el 22% ha restringido las aportaciones a los planes de jubilación en la misma medida.

En teoría, ampliar el sistema público podría compensar la erosión del estado privado del bienestar. La propuesta sanitaria del Presidente Obama plasma esa lógica. El problema reside en que el sector público también se enfrenta a considerables presiones de gasto, empujado por una población cada vez más envejecida y costes sanitarios cada vez más elevados. La Oficina Presupuestaria del Congreso proyecta que la deuda federal como porcentaje de la economía (producto interior bruto) se duplicará hasta el 82% del PIB antes del año 2019.

Cualquier examen frío de cifras como estas sugiere que el sistema ha prometido más de lo que puede cumplir de forma realista. Nos estamos endeudando no para financiar la inversión en el futuro sino para pagar el sistema social de hoy -- el consumo al día. Tarde o temprano, la enorme deuda debilitará a la economía. Pagar todas las prestaciones prometidas con impuestos más elevados tampoco es deseable. Las subidas considerables de la deuda o de los impuestos corren el riesgo de deprimir el crecimiento económico, dificultando aún más el pago de las prestaciones prometidas.

El estado norteamericano del bienestar es cada vez más débil; la inseguridad crece. Lo sensato sería decidir qué formas de ayuda social son necesarias para proteger a los vulnerables y empezar a apartar el resto. Nuestra inacción plantea otro siniestro paralelo con GM. Era evidente un cuarto de siglo atrás que GM el fabricante de automóviles no podía financiar de manera indefinida a GM el estado del bienestar. Pero el sindicato no iba a prescindir de las prestaciones, y la empresa consintió. La inercia prevaleció, y llegó el momento de hacer cuentas. El mismo ciclo, repetido a escala nacional con cifras de muchos ceros más, será correspondientemente más temible.

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NOTA -- Esta columna será publicada en el Newsweek.

Diario SIGLO XXI dispone de los derechos de publicación en exclusiva para medios digitales españoles de este y muchos otros columnistas del Washington Post Writers Group.

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