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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Los réditos de seguir un rumbo moral en el tema de Irán

Jim Hoagland
Jim Hoagland
sábado, 20 de junio de 2009, 03:37 h (CET)
El enfrentamiento electoral de Irán y las protestas callejeras que motivó pillaron por sorpresa al Presidente Obama y a muchos líderes europeos. Las agencias de Inteligencia no hicieron nada que les preparara para ajustar las políticas que se están viendo desbordadas por este momento repentino de catarsis política.

Esto queda claro tanto a juzgar por la reacción inicial "pillado desprevenido" de Obama mientras hacía balance para ganar tiempo -- con incuestionable habilidad -- como por los relatos que cuentan fuentes diplomáticas aquí entre otras. El presidente y sus asesores son asombrosamente explícitos. Se agarran a sus premisas e ideas pre-electorales, intentando mantener vivas a cualquier precio las posibilidades que tiene Obama de alcanzar un acuerdo nuclear con la administración de Teherán, cualquiera que sea.

La meta no carece de méritos. Pero centrarse cerrilmente en ello descuida las dimensiones moral e histórica de las manifestaciones masivas celebradas dentro de sociedades autoritarias que son vulnerables ahora a las nuevas tecnologías de la comunicación. Tales momentos liberan una energía moral entre poblaciones antes sumisas que los dictadores tienen que aplastar, acomodar o ceder ante ella. Al margen de cuál sea su elección, los ayatolás nunca volverán a ser los mismos.

Esto no pretende subestimar las dificultades a las que se enfrenta Obama, al igual que John McCain y los demás críticos que acusan al presidente de alinearse con Mahmoud Ahmadinejad. Obama acierta al mantener las distancias y hacer que esta polémica gire en torno a Irán y su presidente fraudulento, en lugar de en torno a Estados Unidos. De hecho, Obama debe aceptar la lógica de su propia táctica y dejar de centrarse en el distante acuerdo nuclear Estados Unidos-Irán como objetivo final de su acercamiento a Irán.

Y no gana nada soltando la observación (precisa) de que el aspirante Mir Hossein Mousavi seguiría probablemente gran parte de la política exterior de Ahmadinejad. Este es el tipo de análisis que los directores de Inteligencia susurran a sus jefes para explicar que su llamamiento en realidad no importa mucho.

Sí, Mousavi es un hombre salido del estamento islámico que ha asfixiado personalmente la disidencia de forma brutal. Pero si inesperadamente supera el robo evidente de las elecciones realizado por Ahmadinejad, los seguidores de Mousavi le van a medir de manera diferente, sujetándole a estándares de gobierno y apertura al mundo más exigentes. Podría decepcionarles. Pero entonces tendría que enfrentarse a esta población recién politizada. Lo mismo tendrían que hacer los clérigos en el poder, que han quedado desacreditados por el caos que han ayudado a crear.

Esta es la evolución que Obama debería esperar fomentar con sus palabras y sus acciones. Ahora mismo se encuentra atrapado en la versión política de la teoría de la relatividad. Obama está en movimiento siguiendo un rumbo predeterminado -- un acuerdo nuclear -- que le impide percibir la nueva situación de Teherán mientras ésta se desarrolla. De esta forma podría estar convencido de que importa muy poco si es A-jad o Mou-man quien se sienta frente a él en las negociaciones.

Pero dos importantes avances registrados en Teherán dicen lo contrario. Uno es la fractura emergente dentro de la dirección política de Irán a cuenta de la naturaleza y la posesión del poder. El otro es la sensación de exaltación que las manifestaciones -- y que el mundo esté contemplando su lucha a través de videos grabados con el móvil y YouTube -- crean en los manifestantes, entre los jóvenes en especial.

La experiencia de ser testigo de tres levantamientos de ciudadanías muy distintas en la década de los 80 me conduce a esa expectativa. Vi llevarse por delante al régimen de Marcos al movimiento "el poder del pueblo" en Manila, y vi emerger al Solidaridad de la nada para despedazar al gobierno comunista polaco y el imperio soviético. La euforia y la sensación de autoridad pueden también convertirse rápidamente en horror, como pasó en la Plaza pequinesa de Tiananmen en 1989.

Pero lo que queda -- hasta de Tiananmen -- son las escenas de heroísmo, y el reconocimiento de la humanidad común de una población que surge de la rebelión pidiendo más dignidad y libertad. Ver a un obrero chino arrojar su bicicleta -- una posesión necesaria y relativamente cara en aquellos momentos -- bajo un camión militar para impedir que las tropas atacaran a los estudiantes es inolvidable. También lo es ser testigo de un desfile de diplomáticos procedentes del Ministerio de Exteriores chino apoyando a los manifestantes.

Y si yo no lo he olvidado, tampoco lo han olvidado los chinos. Fueron alterados por estos acontecimientos, incluso si su causa fue aplastada por sus dictadores comunistas -- y después deshonrada por el consentimiento de la primera administración Bush a las acciones de Deng Xiaoping.

La moralidad como factor de la política exterior ha sufrido últimamente un rapapolvo, debido en parte a la explotación santurrona de ella que hacía George W. Bush. Pero pasar por alto su lugar por completo también es un error. Sí, no es la prerrogativa del presidente estadounidense entrometerse en las protestas de Irán. Pero tampoco debería juzgar de antemano o minimizar los sacrificios que eligen hacer los manifestantes iraníes con la esperanza de una vida mejor.

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Diario SIGLO XXI dispone de los derechos de publicación en exclusiva para medios digitales españoles de este y muchos otros columnistas del Washington Post Writers Group.

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