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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   Política   -   Sección:   Opinión

¿Queremos un Ejército o una ONG militarizada?

“Si vis pacen para bellum” Vegetius
Miguel Massanet
viernes, 27 de mayo de 2016, 09:00 h (CET)
Parece ser que, en España, hay una parte de sus ciudadanos que estiman como algo superfluo el tener un Ejército, seguramente porque consideran que el gasto de mantener una milicia operativa es excesivo o que, por sus ideas libertarias, consideran que los militares son un elemento que representa a la derecha coercitiva, aunque hay otros que su ojeriza hacia todo lo militar todavía la vienen arrastrando desde la Guerra Civil, identificándolos con las tropas del general Franco que, aunque inferiores en número y armamento, fueron capaces de derrotar al heterogéneo ejército de la República. Fuere como fuere, algunos seguimos teniendo dudas, diría que razonables, respecto al papel real que, hoy en día, tiene asignado el Ejército español en cuanto a las funciones que le tiene atribuidas nuestra Constitución, bajo el mando del Rey.

Es evidente que la institución que peor ha salido parada, desde la llegada del cambio político en España, la que más recortes ha padecido en los sucesivos PGE y la que más ha reducido sus medios para llevar a cabo la puesta al día de su armamento, la modernización de sus unidades operativas, la instrucción de la tropa y el desenvolvimiento de las modernas técnicas derivadas de los últimos descubrimientos en cuanto a comunicaciones, robótica, telemática etc., sin cuyo dominio y disponibilidad un ejército moderno pierde una gran parte de su capacidad operativa. Con la llegada de la democracia a España, con la instauración del sistema de partidos políticos y con el regreso de las izquierdas a las Cortes españolas; la especial consideración e importancia que durante la dictadura se le dio al Ejército se fue diluyendo, perdiendo influencia y quedando reducida casi a una institución simbólica.

Los gobiernos socialistas, en especial el dirigido por Rodríguez Zapatero, se ocuparon de ir jubilando a todos los mandos que todavía quedaban del régimen anterior; sustituyéndolos por militares adictos al socialismo; humillándolos poniéndoles a una ministra, la señora Chacón, que, para más INRI estaba en estado de buena esperanza y que dictaba las órdenes con una voz atiplada, impropia para ello. Las dotaciones cada vez fueron disminuyendo y, en uno de los errores del señor Aznar, el servicio militar en España dejó de ser obligatorio, lo que obligó a “contratar” soldados para integrar el ejército profesional del que ahora disponemos. Ya no es un ejército de españoles, en todo caso lo será de hispano americanos, de inmigrantes o de otros que sólo intentan aprender un oficio para luego, una vez con el correspondiente certificado, poder ejercer en la empresa privada o como autónomo. ¿Qué espíritu militar se le puede atribuir a esta clase de ejército de mercenarios? Evidentemente no será comparable al de aquellos oriundos que se sientan españoles y llevan en sus entrañas el orgullo de la raza.

El tiempo ha ido convirtiendo al Ejército, escaso de los medios propios de una milicia moderna, que precisa de armamento moderno, de barcos de guerra, submarinos, aviones de batalla, y, lo que todavía es más importante, del suficientes combustibles, municiones, cohetes, proyectiles de largo alcance y detectores de última generación; para que las unidades operativas se puedan entrenar debidamente, mediante maniobras que las pongan al día en tácticas y estrategias. En su lugar, se envían a nuestros barcos a la caza de piratas, a luchar en inferioridad de condiciones con los talibanes, a misiones de rescate de migrantes o a hacer trabajos que usualmente están encomendados a otros cuerpos de seguridad como es el caso de bomberos, policías, socorristas, guardas rurales, etc. Es cierto que el señor Zapatero, en una de las pocas ideas felices que tuvo en un mandato (que se caracterizó por sus errores y fiascos), tuvo la buena idea de crear una unidad especial para apoyar a los cuerpos mencionados en los casos en que, la catástrofe, desbordara sus posibilidades de acción. Sin embargo, cuesta demasiado el mantener a un Ejército sólo para dedicarlo a misiones altruistas o de apoyo en caso de catástrofes naturales.

Sin embargo, señores, España está atravesando por unos momentos de grave inestabilidad política; nuevas fuerzas, con el encargo de crear movimientos revolucionarios y subversivos dentro del país, han conseguido el apoyo de una parte importante de una población que permanecía enquistada ( como el caso del bacilo del tétanos, que puede aguantar años mezclado con el polvo del camino, a la espera de la oportunidad de infectar una herida), manteniendo su ira y su rencor escondido, a la espera de que, unos sujetos como los de Podemos, les dieran la oportunidad de vengarse de sus odiados enemigos de la derecha. Una encerrona en contra de la derecha del PP, que consiguió la mayoría de votos en las elecciones, por parte de las izquierdas, encabezada por el PSOE, está poniendo en peligro, no sólo la estabilidad del país, sino su propia supervivencia, el mantenimientos de sus principios y valores, la unidad de España y el que, el resto de países integrados en la UE, nos sigan apoyando o bien decidan apartarnos, como a un bicho indeseable de lo que, hasta ahora ha sido nuestro puesto en la CE.

Las fuerzas secesionistas han tomado el mando en Cataluña; han amenazado con separarse de España, han celebrado consultas prohibidas y condenadas por el TC, han creado instituciones ilegales para preparar sustituir a las del Estado y han dicho, y puesto en práctica, que no van a cumplir con las leyes españolas ni admitir ni respetar las sentencias de nuestros tribunales, incluido el TC. No se tratan de meras fanfarronadas o de que sean unos pocos los que se muestran contrarios a ser españoles, estamos hablando de casi la mitad del pueblo catalán. Y todo esto ¿por qué?, ¿a causa de qué se ha llegado a este punto en el que está a un tris de saltar nuestro orden constitucional? Simplemente, porque los partidos constitucionalistas han preferido no actuar, darles alas a los independentistas, no jugar fuerte para poder utilizar esta baza para sus proyectos de tipo partidista.

¿Cómo es posible que, en Cataluña no se hayan aplicado, todavía, los preceptos constitucionales para impedir que, la grave deriva que afecta a la Generalitat y a su Parlamento, entre otras instituciones; haya ido progresando? Se debía haber sancionando a quienes se enfrentaron a la Constitución y a las resoluciones del TC, sustituyendo a los actuales gobernantes autonómicos por otros designados por el Estado capaces para restablecer el orden y la normalidad constitucional en toda Cataluña.

Entre tanto el Ejército sigue impávido. Los generales, coroneles y demás oficiales que se han atrevido a denunciar la pasividad de las FF.AA han sido rápidamente destituidos y enviados a la reserva. Incluso los ha habido que se han pasado a las fuerzas del mal, a los comunistas bolivarianos subvencionados por la Venezuela de Maduro para crear disturbios en España. Un ex jefe del Estado Mayor de la Defensa, general de aviación, Julio Rodríguez, se pasó (como se diría en el argot militar: con armas y bagaje) a los de Podemos y forma parte de las listas, creemos que por Zaragoza, que se presentarán a las nuevas elecciones. Y, sin embargo, a esta institución armada, al mando de su majestad el Rey, es a quien le corresponde mantener la unidad del territorio español. Una unidad que, tanto los separatistas catalanes como las izquierdas de la CUB y de Podemos, parecen dispuestos a destruir. ¿Hasta cuándo se va a permitir que, quienes están empeñados en arruinar nuestro país puedan seguir minando, manipulando, intrigando y socavando nuestro Estado de Derecho?

Hay quienes se vienen olvidando de que, precisamente las FF.AA tienen el deber y la obligación de tomar las medidas previstas en nuestra Carta Magna para impedir que cualquier parte del territorio español intente separarse España. Si los políticos no actúan, no cumplen con este deber; el Ejército español, deberá ser el responsable, el encargado y quien tenga la misión de mantener la integridad de la nación española, empleando los medios precisos para que así sea. Sin embargo, se han producido sucesos deleznables, en la comunidad catalana, como en aquel caso en el que la señora Colau manifestó a unos oficiales que no eran bien recibidos en una exposición, o los rechazos a la bandera española, o la quema de imágenes del Rey o las pitadas ignominiosas al himno nacional, o el impedir el paso de unidades militares por el interior de Barcelona o el protestar cuando aviones militares cruzan los cielos de la capital catalana etc.; que han sido soportados estoicamente por el Ejército, sin que el Gobierno ni los partidos políticos hayan levantado una mano para defender el derecho de los militares o para evitar que, semejantes irregularidades, se volvieran a repetir.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, tenemos que decir que muchos creemos que el Ejército, y ahora más que en ninguna otra ocasión, tiene una misión fundamental cuando el país empieza a dar muestras de caos, descomposición, crisis de autoridad, incumplimiento de las leyes y desafíos claros y ominosos a la Constitución. Y si es preciso que alguien, como el Rey, diga algo o avise de los límites que establece la Constitución a los políticos, para que no se extralimiten y piensen que España se haya convertido en territorio comanche; ¡pues que lo haga!, porque el peligro de involución es patente y, el artículo 8º de la Constitución, ha de servir para algo más que para ocupar un hueco entre el séptimo y el noveno.
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