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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Pesos pesados para una ley sanitaria

David S. Broder
David S. Broder
jueves, 18 de junio de 2009, 02:20 h (CET)
Hace quince años, cuando el Senador Demócrata Tom Daschle colaboraba en la iniciativa de reforma sanitaria de los Clinton, su meta en la vida era recabar el apoyo del Senador Bob Dole, el líder Republicano enormemente influyente, como co-auspiciador. Daschle nunca le convenció, y la empresa se estrelló.

Cuando realicé una entrevista conjunta con los dos esta semana, Dole comentó que “empezamos trabajando juntos, y después nos separamos" -- víctima de una masiva campaña de presión política, un cúmulo de errores tácticos por parte del presidente y la primera dama, y las ambiciones presidenciales de Dole, que le obligaron a trasladarse al bando de los detractores permanentes Republicanos.

Ahora, 15 años más tarde, Daschle y Dole, junto a otro ex líder Republicano, Howard Baker, se han reunido con motivo de un informe que esboza las provisiones de una posible ley sanitaria bipartidista -- y contundentes recomendaciones de cómo aprobarla. (El cuarto miembro original de esta junta a lo Centro Político Bipartidista, el ex líder Demócrata George Mitchell, se apartó para convertirse en el enviado especial del Presidente Obama a Oriente Medio.)

Durante una conversación telefónica la víspera de que su informe fuera difundido oficialmente, Daschle y Dole reconocían que las esperanzas de implementación de una reforma sustancial son mucho más prometedoras ahora que en 1994 -- y mejores de lo que parecían hace apenas dos años. “La situación es mucho más desastrosa en el gasto y la calidad y el acceso a la atención médica," dice Daschle. Dole añadía: "Están las empresas, las organizaciones sindicales y un sector entero de la gente que dice 'tiene que haber reforma.'“

Pero todavía será difícil. Al igual que Obama, ellos estiman que el coste añadido de asegurar a los 46 millones de personas que no tienen seguro sanitario puede alcanzar en total los 1,2 billones de dólares a lo largo de 10 años, y dicen que por lo menos la mitad tendrá que salir de recaudaciones nuevas -- si se quiere cumplir el objetivo de Obama de no incurrir en gastos nuevos sin antes encontrar la forma de pagarlos.

Para recaudar el dinero, impondrán a las grandes empresas que no ofrecen seguro un honorario calculado según la plantilla -- un mandato que Dole reconoce será difícil de tragar para muchos Republicanos. Y se impondrán impuestos por primera vez a las denominadas pólizas Cadillac pagadas por el empresario -- un cambio al que se oponen muchos Demócratas, los sindicatos y Obama cuando fue defendido por John McCain durante la campaña electoral del año pasado.

Pero eso sólo es el principio de la amarga medicina que Dole y Daschle piden a sus correligionarios que se administre.

Reconociendo que hay pocas posibilidades de bipartidismo en la Cámara, Dole animaba a los Republicanos del Senado a abstenerse de cualquier idea de obstaculizar la ley sanitaria. "Necesitamos un grupo de Republicanos que dé una muestra anticipada de que el bipartidismo es posible," decía.
Daschle, a su vez, decía que piensa que los Demócratas no deberían intentar allanar el camino a través del Senado a una ley sanitaria utilizando el mecanismo de reconciliación presupuestaria para aprobarla con 51 votos en lugar de los 60 que exigen la mayoría de las legislaciones.

Daschle, que habría sido la persona designada por Obama para la reforma sanitaria si las declaraciones fiscales de los últimos años no le hubieran dado problemas, establecía la idea de que una reforma de esta magnitud no debía ser impuesta haciendo uso de una minoría ajustada. Australia, decía, "aprobó y derogó la reforma sanitaria en varias ocasiones, antes de ganar la suficiente fuerza para mantenerla.”

Es significativo que el plan de Daschle-Dole aparque la polémica en boga a cuenta de si debería de haber un plan totalmente público que compita con las aseguradoras privadas. Obama y la mayoría de los demás Demócratas lo exigen; los Demócratas conservadores y los Republicanos lo consideran motivo de ruptura.

Daschle convino a regañadientes en que no debería de haber ningún plan federal público. En su lugar, los estados individuales que lo quisieran podrían incluir un plan así en el menú de sus residentes, con ayuda técnica de agentes federales para suscribirlo. Dentro de cinco años, si la demanda de una opción así persiste, el presidente lo podría recomendar -- y el Congreso tendría que someterlo a votación.

Fue tremendamente difícil que Dole y Daschle, sin enfrentarse ninguno de los dos a las presiones de votantes y lobistas, se pusieran de acuerdo. Sacar una ley bipartidista del Congreso será mucho más difícil.

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Diario SIGLO XXI dispone de los derechos de publicación en exclusiva para medios digitales españoles de este y muchos otros columnistas del Washington Post Writers Group.

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