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La extraña muerte del pequeño saltamontes

Juan García-Filoso
Redacción
miércoles, 17 de junio de 2009, 05:12 h (CET)
Yo era uno de esos niños, que en los años 70, esperaban cada sábado hasta las doce o doce y media de la noche ha que empezase la serie de televisión Kung-Fu para poder disfrutar de las aventuras de un monje Shaolin llamado Kwa Chang Caine; que vagaba descalzo por desiertos y caminos del viejo oeste americano, con las botas colgadas a la cintura.

Francamente, de niño nunca entendí del todo la trama de la serie, quizás porque me perdí el primer episodio. De mayor supe que Kwa Chang Caine era un huérfano mitad chino mitad americano, que peregrinaba por los Estados Unidos en busca de su única familia, un hermanastro, huyendo de las Autoridades de su país por haber matado a un sobrino del Emperador, que había asesinado a su mentor, un monje ciego, el venerable maestro Po.

La verdad es que el actor que lo interpretaba no tenía aspecto de oriental, aunque eso importaba poco ante la fascinación que despertaba ese monje callado, austero, incluso triste, que cada sábado deshacía entuertos enfrentándose a una pléyade de malvados en defensa de los más débiles y menesterosos, y que siempre salía victorioso gracias a un sistema de lucha llamado kung-fu, que había aprendido en un monasterio de la lejana y milenaria China.

El clímax de cada episodio siempre se alcanzaba con una pelea, donde el personaje estelar demostraba su destreza en el arte del kung fu, que era el cebo que mantenía a los televidentes pegados a las pantallas.

Pero además, los guionistas tuvieron el detalle de dar a la serie una dimensión ética y filosófica, con numerosos flash-backs donde el protagonista, rememorando su estancia en el monasterio, se enfrentaba a dilemas de índole moral, que solventaba gracias a las enseñanzas de sus maestros y a su propia experiencia personal, y que posteriormente le servían de guía en los conflictos que el azar ponía en su camino, un camino que era al mismo tiempo de huida y de búsqueda: huida de sus perseguidores y búsqueda del hermano perdido, pero que se trataba en realidad de un viaje iniciático para encontrarse consigo mismo, y aunque parezca extraño en una serie donde el arte marcial era el pretexto alrededor del cual se hilvanaba el argumento de cada capítulo; se predicaba un cierto tipo de pacifismo: El Kung Fu era un sistema de protección y no de ataque, que se utilizaba de forma proporcionada y como último recurso en defensa propia o de terceros.

Lo que siempre supe y supimos los chicos de aquella época fue el nombre del actor que lo interpretaba: David Carradine. Jamás he sido un mitómano aunque siempre he sabido de su carrera. Se que hizo un remake de la serie que le dio la fama en los años noventa, que Quentin Tarantino lo rescato del olvido ofreciéndole el papel de villano en las dos películas de “Kill Bill”, y que tuvo una carrera moderadamente prolífica. Nunca fue considerado un gran actor pero siempre tuvo el reconocimiento y cariño del público

Debo confesar que he tenido un pequeño acceso de emoción, e incluso cierta sensación de vacío, cuando me entere de su repentina y sorprendente muerte, quizás porque siempre lo asocié y lo asociaré al personaje que lo encasilló, y del que siempre he guardado un grato recuerdo.

Sé que todos tenemos que morir, y que por lo general nadie elige la forma de hacerlo - salvo que optemos por el suicidio – y aunque dudo mucho que ninguna muerte pueda considerarse “glamurosa”, lo que más desazón me ha producido del fallecimiento de David Carradine ha sido la “estética de su muerte”, una estética injusta con su memoria, porque es injusto que después de toda una vida dedicada a una profesión cara al público sea recordado, además de por los personajes a los que dio vida, por morir de forma estúpida y vergonzosa a los 72 años de edad, colgado desnudo de un armario, con un lazo en los genitales, “mientras se estaba masturbando”.

Habrá gente que piense que el solo se lo ha buscado. Yo creo sencillamente que el destino le ha jugado una mala pasada. Todos hemos hecho y hacemos cosas en nuestras vidas que pasan sin ninguna trascendencia porque nadie se entera, cosas que hacemos porque queremos y porque nos apetecen, y que nos abochornarían, si por nuestra culpa, o por una cuestión de pura mala suerte, saliesen a la luz pública. Es por ello que no deberíamos entrar a valorar la ética o la estética de las prácticas sexuales de David Carradine, ni la negligencia del acto en el que perdió la vida, porque con ellas no hacia daño a nadie, y porque es algo que debería haber permanecido en el ámbito de su privacidad personal, y que solo un accidente absurdo, sucedido en contra de su voluntad, ha puesto de manifiesto.

Yo prefiero recordar a David Carradine de otro modo, prefiero recordarlo en su personaje de Kwa Chang Caine andando descalzo por el ardiente y polvoriento desierto, con el sol naciendo a su espalda, o tocando la flauta mientras descansa sentado sobre una roca en un cruce de caminos.

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