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Una huerta sin secretos (I)
Ángel Sáez
DE JESÚS ARTEAGA ROMERO
Y la abuela, como siempre, bien plantada y en su silla, contemplaba a aquella gente que pasaba por su esquina, y miraban con recelo para ver si sonreía… La abuelita, tan serena, con mirada casi altiva, observaba a sus “clientes” para ver si se atrevían a decirle a qué se debe que hoy no diera su sonrisa.
Y la abuela mira y calla con la mente en su cajita;
y levanta con sus dedos de la caja la tapita,
y el recuerdo va a su huerta que su padre allí tenía
a la vera de un buen río que cantaba melodías
al runrún del agua mansa que su valle recorría…
Y su huerta era una tienda porque todo en ella había:
No faltaban alcachofas, ni melones ni sandías;
ni faltaban los tomates, los pimientos y guindillas;
y allí estaban las acelgas y borrajas con “espinas”;
y los cardos, y los puerros y hasta alubias de las finas…
En la huerta de su padre estas cosas se cultivan
porque entiende de hortelano y perito es en semillas…
Y la abuela sí sonríe pero no es como otros días…
Lo que tiene ella en su huerta, mucha gente lo tenía;
y, por tanto, no hay motivos para echarse una sonrisa…
Su sonrisa es hoy normal, porque en ella nada había
que demuestre que su huerta es mejor que la vecina…
Y a la gente le extrañaba la actitud de la abuelita;
su sonrisa no es aquella; hoy la tiene muy distinta;
hasta incluso se parece a la de otras ancianitas
que pululan por las calles y por plazas de esta villa;
y con todos parlotean y se encuentran con sus hijas
en las tiendas que frecuentan para hacer su compra al día.
Y en la huerta también tiene, y es su padre el que los cuida,
azucenas y claveles, lirios, rosas, margaritas;
y gladiolos y narcisos y mil dalias variopintas…
Y la huerta es un edén con mil flores amarillas…
(Continuará mañana.)
Jesús Arteaga Romero
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