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Y sin embargo se mueve (Mitos 2)

Fernando Mendikoa
Fernando Mendikoa
martes, 16 de junio de 2009, 23:28 h (CET)
Hace ahora 376 años, Galileo era obligado a abjurar de sus creencias heliocéntricas y de sus "herejías" y "errores". Arrodillado, prometió no volver a propagar ideas contrarias a la fe imperante, aunque en su interior (allá donde no hay otro dueño que uno mismo) siguiera firme en su convicción de que era la Tierra la que giraba alrededor del Sol, y no a la inversa. Giordano Bruno había pasado por lo mismo 33 años antes, aunque acabó mucho peor, ya que él jamás se retractó de sus ideas. Terminó en la hoguera. Pero a ambos les acabó absolviendo y dando la razón el juez más implacable que existe: el tiempo.

No fueron sino dos de los muchos capítulos inquisitoriales de la época, que en ciertos aspectos arrastramos hasta la actualidad, según se ve. "Y sin embargo se mueve". Las palabras de Galileo siguen resonando con fuerza, en estos renovados tiempos de persecución e inquisición. Lo que sí han cambiado son las formas: ya no hay hogueras para los nuevos herejes; de eso nos libramos los que vamos a contracorriente, también en el deporte. Se trata de un camino que tiene sus evidentes incomodidades, y diría que hasta sus peligros. Pero, desde luego, incomparables al placer de ser uno mismo y no deber nada a nadie.

En el deporte tampoco es infrecuente encontrarse con este tipo de situaciones. Hay ciertas máximas ya establecidas, y luchar contra ellas se convierte en un titánico y casi siempre estéril esfuerzo, por mucho que los datos respalden a las palabras. De todos modos, lo realmente importante, al margen de otro tipo de consideraciones, es que el debate (por muchos decibelios que alcance) siempre es enriquecedor para todas las partes, o debería serlo, pues es la única manera de compartir y confrontar opiniones, poner las propias en apuros, para quizá darles después la bienvenida. Sin embargo, sí es cierto que, como experimento científico-sociológico, el tocar determinados temas suele funcionar. Y es en dichos casos donde vemos que la gente descarga una furia que sin embargo es incapaz de descargar en otros asuntos, e infinitamente más importantes para sus propias vidas. Nos han enseñado así.

De manera que la próxima semana repasaremos ya las virtudes y razones que también Alonso tiene, no se piensen que no; aunque sean bastante más escasas. Y ya aprovecharemos (teniendo en cuenta que hay carrera en el circuito británico de Silverstone) para ajustar cuentas con otros que lo merecen sobradamente, y que además proceden de esas tierras: un piloto que conduce un coche plateado y que miente más que habla; el que fuera jefe de esa escudería, y que asimismo desconoce el significado de la palabra "verdad"; o dos personajes que (si nadie lo remedia y les para los pies) están muy cerca de cargarse la F1. Aunque, en el fondo, es muy probable que sea lo mejor que nos puede pasar, pues quizá sea la única manera de que nazca un nuevo campeonato, ajeno ya a caprichos y dictaduras. Por suerte, hay movimientos (como el que encabeza Ferrari) que apuntan en esa dirección de que finalmente se acabe creando un mundial paralelo, organizado por los propios equipos. Aún es pronto para saber si tendrán éxito, pero es innegable que se trata de un importante y esperanzador paso.

Pero hoy nos ocupa otro asunto radicalmente diferente, aunque también de incierto futuro. Me dirán que como todo en esta vida, y no les falta razón. Pero es una de esas historias que uno no sabe muy bien por dónde coger. No es la primera vez que nos asomamos a un ring, aunque la de hoy es una visita un tanto especial, ya que no todos los días debuta el hijo de un campeón del mundo (y de los pesos pesados, en concreto). Lo intentó su hija Freeda George, pero su carrera expiró al cuarto combate. Y parece que ahora tenemos nuevo recambio para el gran George Foreman, toda vez que el testigo lo ha recogido otro de sus vástagos. Foreman III, que es como se hace llamar, disputó su primera pelea y la cosa no pudo terminar peor. Bueno, sí: podía haberlo hecho con derrota. Pero hay victorias, las indignas, que saben incluso peor que una derrota. Y mucho me temo que nos encontremos ante uno de esos casos.

El "monje", como es apodado George Foreman jr., despachó en apenas 1 minuto y 22 segundos a un tal Clyde Weaver. Y eso contando los eternos diez segundos que el árbitro aguantó (estoicamente) antes de dar por finalizada la obra de teatro, viendo que el k.o. era firme y que el derrotado no acertaba a recuperar la posición vertical. Para el orondo y necesitado Weaver era su segundo combate profesional, aunque su aspecto pudiera hacer intuir más bien que había sido sacado (a la fuerza, incluso) de la hamburguesería más cercana minutos antes, con el fin de ser el primer sparring del nuevo Foreman. Y un sparring apañado para la ocasión: es decir, un saco.

Y semejante despropósito se llevó a cabo bajo la atenta mirada de su progenitor-entrenador, quien sin embargo parece que terminó satisfecho tras la incalificable pelea que acababa de presenciar, y que (como no podía ser de otra manera) terminó con abucheos generalizados por parte del indignado público presente, debido al lamentable espectáculo vivido. "El chico me sorprendió. Hay chicos que tienen buena pinta cuando entrenan, pero luego se desinflan en el ring. Ahora sé que es un luchador". No deberíamos tener la osadía de poner en duda la sabia opinión de todo un mito del boxeo; no digamos ya si, como es el caso, se trata de un campeón del mundo de los pesos pesados. Pero me da que, a tenor de lo visto en Los Ángeles, tras esas palabras hay mucho de amor de padre. O quizá lo dijo con el símbolo del dólar en los ojos.

Habrá que darle tiempo y ver cómo se desarrolla la carrera de Foreman III. Aunque, tras lo visto en el ring californiano, hay una duda previa que es necesario resolver antes: si dicha carrera se va a desarrollar o no. De todos modos, siempre le quedará la opción de entrar a trabajar en alguna de las exitosas empresas del cabeza de familia, toda vez que el "monje" se sacó un (aparentemente) muy aprovechable título en una escuela de negocios. Por ahora, a sus 26 años, y tras uno entrenándose por su cuenta y riesgo, parece que ha convencido a su padre para que sea él quien guíe sus pasos en este mundo del cuadrilátero, que el propio ex campeón califica de "duro". Y por si todo lo hasta aquí relatado fuera poco, hay todavía algo más que juega en contra del voluntarioso púgil: las estadísticas de este deporte no hablan precisamente de éxitos cuando de emular a padres campeones del mundo se trata. Sin embargo, la Historia sí ofrece ejemplos de quienes yendo a contracorriente han acabado triunfando, aunque el precio a pagar sea por lo general demasiado elevado. Como ocurrió en 1600, o en 1633. En realidad, como ha ocurrido siempre.

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