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Etiquetas:   La linterna de diógenes   -   Sección:   Opinión

Libros y ferias

Luis del Palacio
Luis del Palacio
martes, 16 de junio de 2009, 04:38 h (CET)
La verdad es que no se entiende por qué si el español lee tan poco como se dice, cada año la Feria del Libro de Madrid se ve abarrotada por un público que hace cola, a veces durante horas, para que su autor favorito le firme un libro y, si tiene suerte y el literato está de buenas, intercambie algunas frases con él. Este fenómeno, repetido cada año durante quince días en la primavera madrileña, tiene su equivalencia en otras ferias más locales, repartidas por el resto de España.

La LXVIII Feria del Libro de Madrid cerró sus puertas el pasado domingo, con un considerable incremento de ventas con respecto a la anterior edición, cuando no se hablaba de crisis ni de recesión, lo cual puede dejar boquiabierto a más de uno. ¿Es que, después de todo, el español medio es un ávido lector? ¿Es que el sufrido contribuyente prefiere quedarse en casa con un buen libro, en vez de lanzarse a los restaurantes, las terrazas, las discotecas, las verbenas y los cafetines cada vez que llega el fin de semana?

Yo, sinceramente, creo que no. La gente no lee ni más ni menos que antes, de la misma manera que no existe una mayor o menor afición a la pintura, la escultura o la música clásica que hace veinte o treinta años. De hecho, en España no se lee menos que en Francia, Alemania o Inglaterra; pero como nos gusta la autoflagelación, nos regodeamos en nuestra miseria y afirmamos que somos los peores - o casi – lectores de Europa; cuando lo cierto es que el francés, el inglés o el alemán medio lee tan poco como la mayoría de nosotros. Acaso una de las pocas virtudes del “paraíso socialista” fue haber logrado introducir en la sociedad una mayor popularización de la cultura, y a nadie debe sorprender que un panadero cubano o un conductor de autobuses de Moscú haya leído a Clarín, Cervantes o García Márquez; mientras que por estos lares existen varios ministros cuyas lecturas no es probable que sobrepasen las que son obligatorias durante la enseñanza media (en Cataluña, sin ir más lejos, los alumnos de selectividad han tenido que comentar un texto de una de las “miembras” del gobierno, intelectual insigne, cuyo nombre de pila coincide con el de una de las más populares óperas de Verdi. Es que no había otros…Sin comentarios)

Las editoriales, cuyo único objetivo es la venta de libros, se alían con el último eslabón de la cadena –las librerías- y ofrecen un producto “redondo”, avalado por un “nombre de reconocido prestigio”, un premio o un inusitado número de ediciones, cuya autenticidad nadie se va a ocupar en verificar. De esta guisa, mediocridades como Dan Brown no sólo salen adelante, sino que se convierten en verdaderos “best sellers”. Como en los bares cuando se escucha “¡una de calamares!”, “¡otra de champiñón al ajillo!”, las editoriales encargan determinadas obras de determinados géneros a los autores de siempre. Pocos se salvan (y no me refiero a la calidad, que ese es otro cantar…) Parece que con los últimos tostones pseudo historicistas, el mercado está saturado de momento y se tendrá que echar mano de cosas como el “realismo mágico” de última generación o la novela gótica adaptada a los tiempos modernos, porque el filón de los hijos de Jesús y María Magdalena y los caballeros del temple está más agotado que Las Médulas.

El verdadero lector no es el que consume productos que le meten por los ojos. El verdadero lector es alguien que formó su afición en la infancia y ha ido ampliando poco a poco sus lecturas. Y, como ocurre con el vino que se decanta, ha logrado separar las añadas, los géneros y los autores.

No voy a incluir el nombre de ningún autor concreto en este pequeño comentario, excepción hecha con Dan Brown, a quien considero digno de los peores improperios (que a él le dan igual, porque ya es millonario y hasta le harán ganar algún que otro lector). Pero cuando observo en el metro a alguien que lee un inverosímil volumen de seiscientas páginas, firmado por alguno de los “autores del glamour”, me pregunto: Y esta persona, ¿habrá leído Los hermanos Karamazov, o La Montaña Mágica o Madame Bovary? ¿Sabrá quién fue Dickens o Blasco Ibañez o Stendhal?

Quiero creer que sí; y como la fe mueve montañas es de esperar que entre tanto libraco de baratillo surja alguna vez algo que merezca la pena, como en las cunetas crecen de vez en cuando majestuosas orquídeas.

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