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Débora Castillo presenta su primera novela, 'Di que sí, Paca'

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miércoles, 25 de mayo de 2016, 16:00 h (CET)
Publicada por Lapsus Calami, es el perfecto ejemplo de cotidianidad y humor. Una de las mejores sitcoms del siglo XXI: "La vejez nunca nos había enseñado el dedo… hasta ahora"


Débora Castillo nació en Barcelona un 28 de diciembre, día de Los Santos Inocentes. Probablemente, alguien que creyera en el destino diría que ese hecho marcó ya el tono de sus escritos. Di que sí, Paca es su primera novela.


Publicada por Lapsus Calami, es el perfecto ejemplo de cotidianidad y humor. Una de las mejores sitcoms del siglo XXI. Los Ángeles de Charlie, Las Súper Nenas, Embrujadas, Totally Spies… La sociedad actual, adicta a la pantalla, ha crecido viendo cómo grupos de mujeres se veían envueltos en las más heroicas y peligrosas situaciones. El feminismo de Hollywood. Y parece que formar parte de una organización secreta, salvar al mundo y estar a la moda sólo les sienta bien a mujeres menores de cuarenta.


Dora, Inés y Paca, viendo que sus pensiones apenas les permiten subsistir con dignidad, deciden poner remedio de la única manera que se les ocurre: robando. Ochentonas, arrugadas y con mala uva, son las nuevas Sailor Moon, a la española. Tres ancianas que, para ganarse la vida o no perderla en un futuro gracias a la crisis, han decidido engañar con todo su ingenio.


Se reúnen una vez a la semana, cuentan los beneficios y los reparten. El plan no es otro que poder vivir dignamente, claro que no todas están de acuerdo en qué significa eso… ni en cómo conseguirlo.


P: ¿Cómo se gestó Di que sí, Paca?
R: Surgió de una anécdota; mi marido estaba sacando dinero de un cajero automático de los que están de cara a la calle, en la fachada del edificio, y una señora mayor pasó entre la máquina y él mientras salía el dinero por la ranura, sin ningún miramiento. De hecho le apartó para pasar. Nos reímos y yo le dije: ¿te imaginas que te llega a robar el dinero? Y a partir de ahí fui tirando del hilo.


¿Qué le ha llevado a escribir sobre tres mujeres de la tercera edad?
No hubo una intencionalidad previa. Después, cuando la novela fue tomando forma surgieron inevitablemente temas relacionados con esa etapa de la vida. Además, está el hecho de que son mujeres con mucho que decir y que, sin embargo, pertenecen a una generación en la que las mujeres no contaban para mucho, por no decir para nada que no fuera ocuparse de su casa y de sus hijos. Es ahora cuando por fin, al haber cambiado los tiempos y a una edad en la que ya no importa el futuro, sino el presente, pueden sacar todo su potencial. Pero me gustaría puntualizar que la novela no trata el tema de la tercera edad únicamente. En paralelo a la trama principal, se cuenta la infancia y la juventud de las protagonistas y su amistad que dura desde que tenían cinco años. Y también hay un montón de secundarios importantísimos, que no son personas mayores.


Sus protagonistas son rebeldes, pasionales, irónicas… ¿Qué hay de usted en ellas, salvando la distancia de la edad?
Pues todo y nada. Mis protagonistas son muy diferentes entre ellas y por lo tanto aglutinan entre las tres un número elevado de defectos y virtudes. Es muy fácil para cualquiera encontrarse identificado con alguna de ellas. En cualquier caso, yo no he intentado proyectar nada de mí, aunque por supuesto, me reconozco en algunos de sus rasgos.


Construir a los personajes de la novela, tanto a Dora, Francisca e Inés, como a todos los secundarios que las acompañan durante su aventura, fue una de las mejores partes de escribir la novela. Me lo pasé de miedo.


¿Los lectores también se lo pasarán de miedo?
Di que sí Paca es una novela escrita en clave de humor. Cuando se toca el tema de la vejez es casi imposible no hablar por ejemplo de la enfermedad, el deterioro, la soledad o la muerte. Yo he tratado de contar la historia con ternura y, para huir de la ñoñería, el humor es un arma impagable. Francisca, Dora e Inés son viejas, sí, pero humanas; irreverentes, buena gente con un punto de mala leche y disparatadas a rabiar. La vejez nunca nos había enseñado el dedo… hasta ahora.


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