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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Obama y la política de la mala memoria

E. J. Dionne
E. J. Dionne
lunes, 15 de junio de 2009, 03:31 h (CET)
El sector financiero lleva contra las cuerdas desde el descalabro económico del pasado otoño, pero los primeros destellos de recuperación están despertando una contraofensiva capitalista.

Una cosa es que el Presidente plante cara a Fox News, el imperio mediático de derechas, y a líderes Republicanos en el Congreso cuyos nombres son desconocidos para gran parte de la opinión pública. Confrontar al sector financiero organizado es otra muy distinta.

Ese es el motivo de que el anuncio realizado la pasada semana por la Cámara de Comercio de los Estados Unidos de una nueva "Campaña por la Libre Empresa" podría ser uno de los sucesos políticos más importantes del año. Ahora es cuando empieza la verdadera oposición a Obama.

Mientras la economía global se tambaleaba, el sector financiero se mantuvo en segundo plano y hasta celebró las inyecciones de cientos de miles de millones de dinero público para apuntalar el sistema. Los líderes empresariales, como todo hijo de vecino, estaban aterrorizados. Acogieron con satisfacción los esfuerzos del Gran Gobierno por mantener a flote los bancos y estimular el poder adquisitivo del consumidor.

Constituye un extraño tributo al éxito a corto plazo de la iniciativa de recuperación de Obama que los grupos de presión de la empresa ahora sean libres de volver a la vieja religión de criticar por todo al gobierno y predicar las alabanzas del mercado libre. Hubiera sido de esperar que los chicos corporativos manifestasen algo de gratitud al gobierno que les rescató del atolladero. Pero ése nunca fue su estilo. Prefieren fingir que los últimos nueve meses fueron una pesadilla.

De ahí la nueva ofensiva de la Cámara. En su circular de anuncio de su campaña, Thomas J. Donohue, presidente y consejero delegado de la federación, intentaba apartar las recientes molestias tan rápidamente como fuera posible.

"Circunstancias económicas crudas ciertamente han justificado algunas medidas paliativas extraordinarias adoptadas por el gobierno," afirmaba. “Pero ya basta. Si no atajamos la creciente influencia del gobierno en la actividad del sector privado, malgastaremos la incomparable capacidad de América de innovar y crear un estándar de vida y sociedad libre que es la envidia del mundo.”

"Ya basta" es un santificado lema de la política estadounidense, y Donohue intentaba dibujar una frontera clara entre la implosión del ayer y la relativa estabilidad del hoy. La implicación es que el peligro ha pasado, que la reforma profunda es innecesaria, y que podemos volver, de manera bastante literal, a lo de siempre.

La administración Obama, que hasta la fecha se ha salido con la suya en gran medida, hará bien en tomar seriamente esta declaración de guerra. Hasta el momento, Obama ha sido capaz de ocupar el término medio de la política estadounidense. Muchos descontentos con la forma agresiva en la que se tenía que desenvolver el gobierno para relanzar la economía aceptaban sin embargo la necesidad de que Washington actuara con audacia.

Hasta aquellos comprometidos con la libre empresa en teoría sabían que el sistema en la práctica se había averiado. Cuando un libertario convencido de la talla del juez Richard Posner ofrece un tomo titulado "Un fracaso del capitalismo," los defensores del sistema saben que tienen problemas. Ese es el motivo de que estén contraatacando.

Hemos estado así antes. En su rompedor libro "Manos invisibles," la historiadora Kim Phillips-Fein remonta los orígenes de la derecha contemporánea a la reacción del sector financiero al New Deal de Roosevelt. Ella nos recuerda el ascenso de la Liga de la Libertad anti-Roosevelt y pro-mercado, que condenaba "la voraz locura" del New Deal.

La retórica de la Liga resulta familiar, aunque exagerada. "Los empresarios son denunciados desde el estamento oficial como 'mercaderes del templo organizados y avarientos sin escrúpulos' que 'se concentran' en torno a las libertades de la gente,’" rezaba una de las diatribas típicas de la Liga. “Los dientes del dragón de la lucha de clases se hincan con saña.”

Podemos estar agradecidos a la Cámara de Donohue por evitar una metáfora tan desagradablemente inventada, pero hay auténticos colmillos en sus amenazas veladas al programa de imposición de nuevas normas de Obama a un sistema que descarriló.

Entre otras cosas, la Cámara promete "acciones legales para desafiar las regulaciones gubernamentales inconstitucionales e ilegales.” ¿Podría augurar eso -- los paralelismos con el New Deal son de nuevo notables -- un enfrentamiento entre un presidente progresista y un Supremo conservador?

La tendencia de Obama es trascender el conflicto, no confrontarlo. Ha tenido cuidado en presentarse como el defensor de la libre empresa (igual que hizo Roosevelt) e insistir en que sólo el desafortunado azar le ha convertido en el juez del destino de bancos y fabricantes de automóviles.

Pero la paradoja reside en que si la recuperación se prolonga, como Obama espera que suceda, el apoyo al cambio se debilitará, aquellos amenazados por el cambio se verán reforzados, y los eslóganes que hace muy poco quedaron desacreditados serán revividos. El mayor peligro para los planes de Obama no procede del Partido Republicano, sino de lo mala que es nuestra memoria a corto plazo.

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Diario SIGLO XXI dispone de los derechos de publicación en exclusiva para medios digitales españoles de este y muchos otros columnistas del Washington Post Writers Group.

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