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La oportunidad de oro de Obama

Jim Hoagland
Jim Hoagland
sábado, 13 de junio de 2009, 22:42 h (CET)
¿La postura de Francia hacia la política norteamericana de paz en Medio Oriente? “Coincidencia total.” ¿Qué hay de la política hacia Irán? “Total alineamiento a este respecto.” ¿Relaciones personales? “Es un placer trabajar con Barack Obama.”

Así se manifestaba el Presidente francés Nicolás Sarkozy en una conferencia de prensa conjunta celebrada durante la reciente escala europea del Presidente Obama. Llamativa según los estándares a los que nos tiene acostumbrados la espinosa relación franco-estadounidense, tal solidaridad resultaba aún más llamativa viniendo de Sarkozy, un francés combativo que no es dado a agasajar a sus homólogos del club de líderes del mundo.

Con más frecuencia se despacha con ellos, por impaciencia o por rabia interna en busca de cualquier objetivo sobre el que pueda descargar. Pregunte a la alemana Angela Merkel. O a sus propios ministros en el gabinete de gobierno de Sarkozy. Monsieur le President les ha convencido a ellos, y a mí, de que no cede un ápice a los convencionalismos ni al lenguaje cortés. Cuando Sarkozy lo dice, va a misa, para mejor o peor, en ese momento por lo menos.

La transformación de las relaciones franco-estadounidenses -- iniciada durante los últimos meses de presidencia de George W. Bush y acelerada bajo Obama -- aguanta ahora un desafío mayor en el vínculo estratégico norteamericano-europeo. La redefinición de lo que significa ser un aliado de los Estados Unidos dos décadas después del final de la Guerra Fría es un punto destacado en la lista de asuntos pendientes de Obama.

El presidente ha dispuesto de relativamente poco tiempo para pensar ampliamente en esa cuestión durante sus cinco meses de administración no faltos de sucesos. Ha dedicado más energías a capear adversarios estadounidenses o a competidores como Irán, Venezuela o la Rusia de Vladimir Putin que a remodelar activamente el sistema de gestión de alianzas que lleva siendo responsabilidad global norteamericana y su prerrogativa desde la Segunda Guerra Mundial.

Pero esa red es en la práctica el objetivo inmediato de fuerzas hostiles como Corea del Norte, Irán y los extremistas islámicos agrupados en torno al estandarte de al-Qaeda y de los Talibanes. Japón, Arabia Saudí, Israel, Pakistán, Italia y los demás socios europeos están mucho más expuestos a la subversión, la intimidación o los ataques directos de estas fuerzas de lo que lo está el territorio soberano estadounidense.

Aislar a estos aliados de la protección estadounidense, o volverlos contra Washington, es el primer paso imprescindible de la versión que tienen los radicales de la teoría del dominó inverso. Ese es el motivo de que la sofisticada iniciativa encaminada a reconstruir -- y no sólo a reparar -- alianzas que se dejaron languidecer durante los ocho últimos años sea una tarea vital y de las más urgentes para
Obama.
Contará con la colaboración en eso de las afinidades pro-estadounidenses de Sarkozy, que ayudaron a devolver a Francia a la estructura militar integrada de la OTAN en abril, así como la presentación este mes de la mano del Secretario General entrante de la alianza, Anders Fogh Rasmussen, de Dinamarca, del trabajo en un nuevo concepto estratégico para la alianza que agrupa a 28 naciones.

Pero los cambios que ha puesto en marcha Obama acercándose a enemigos podrían generar problemas nuevos para los aliados estadounidenses si los cambios de Obama no son hábilmente dirigidos durante los meses que tenemos por delante.

A Bush no le importaron gran cosa las nociones tradicionales de alianza, prefiriendo la "coalición de los voluntarios" de Donald Rumsfeld y celebrando una "Nueva Europa" de miembros centroeuropeos del antiguo Pacto de Varsovia y estados bálticos como eje de la estrategia de la OTAN -- al coste incluso de alienar a Rusia.

Obama ha ido en otra dirección. Se ha mostrado más entusiasta en público y en privado con su reunión con el Presidente ruso Dmitry Medvedev en abril -- llamándola “fabulosa” -- que de cualquiera de sus contactos con líderes europeos. Obama ha animado a su administración a tomar en serio las ideas aún difusas de Medvedev acerca de una nueva arquitectura europea de seguridad. Y ha restado énfasis a los despliegues anti-misiles en la "Nueva Europa.”

“Si usted se fija en sus nombramientos y sus visitas, Obama es completamente de la Vieja Europa," afirma con aprobación un embajador europeo. "El cambio pasa por las relaciones con Moscú, no con Varsovia o Kiev.”

La dirección del cambio me sorprende por acertada, pero debe ser escrupulosamente equilibrado. Existen razones para dudar de que la lectura optimista de las intenciones y poderes de Medvedev vaya a poder mantenerse, y la dirección estratégica que Obama pretende proporcionar al grueso de la alianza norteamericano-europea sigue sin estar clara.

Su viaje relámpago a Buchenwald y Normandía no ocultó que hasta el momento, Europa es más un punto de la lista de asuntos pendientes y un soberbio paisaje fotográfico de fondo de cara a los medios estadounidenses que una sociedad estratégica para confrontar los nuevos desafíos planteados por la proliferación nuclear, el terrorismo internacional y el cambio climático. Las comparecencias de Obama allí carecieron no sólo del dramatismo sino también de la prominencia de su discurso en El Cairo.

Pero este hijo de Hawai tiene por delante una excelente oportunidad para reforzar un sistema de alianza global que ha contribuido a un periodo sin paralelo de progreso en asuntos humanitarios. Está obligado a aprovecharla, Sr. Presidente.

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Diario SIGLO XXI dispone de los derechos de publicación en exclusiva para medios digitales españoles de este y muchos otros columnistas del Washington Post Writers Group.

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