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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Los poceros

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
sábado, 13 de junio de 2009, 21:37 h (CET)
La caligrafía del presente, vista con perspectiva, no es sino un torpe y desangelado garabato. Hay demasiados poceros en este país que hace mucho dejó de aspirar al cielo, y también demasiados pozos.

Las ciudades sucumben en el pozo negro del sinsentido al rítmico inútil cavar del Plan E, liquidando el pan del futuro por unas migajas de presente que enmascaren los datos políticamente incorrectos; debe hacerse así, cavando hacia lo oscuro o lo siniestro, porque ya se sabe que el INEM coloca sólo a dos de cada cien parados en beneficio de las carnicerías laborales de las ETT, aunque todos los poceros de la política han arrimado a la teta del erario a tantos como han podido. El pozo de la Administración es el cáncer del Estado. Sumados los funcionarios y los parafuncionarios, son casi seis de cada diez empleados en este país sumergido en pozo de la quiebra, lo que viene a significar que cuatro de cada diez empleados sostienen jugosas las tetas del erario y alimentan con su esfuerzo a cinco millones de parados y otros tantos de funcionarios y parafuncionarios. Cinco millones de seres taciturnos y sin futuro que es posible que sean más, porque nadie cuenta al casi millón de ilegales o parias a quienes han escondido en el pozo de la ignorancia para que no puedan ser contados. Los que cavan en el pozo, sin embargo, seguirán cavando para que todo siga igual, y hasta para sufragar el aumento de impuestos que el gobierno ha decretado porque necesita más leche en sus ubres para alimentar a tanto mamífero.

La televisión, a veces y como broma, sube al ático social de los ricos y, al mismo tiempo, desciende al pozo social de los trabajadores para hacer la misma pregunta. Por sus respuestas, no sé qué tienen en común los del ático con los del pozo, a no ser que todos viven de quienes cavan en el pozo: los del ático, tan ricamente y derrochando los beneficios; los del pozo, con la tristeza de habitar en el pozo y no poder dejar de cavar, sin ver jamás si el cielo le podría ser propicio. Los del ático no les consienten que miren a lo alto. A ellos, la crisis les ha venido muy bien para disponer de ayudas que no necesitan, echar a patadas a los fieles empleados que ya no les sirven y para poner carita de pena y bajar los salarios a los que todavía quedan. Los predadores siempre se han alimentado de la sangre ajena. Los que cavan, agradecidos porque hoy salvan el hambre, aceptarán lo que sea.

En el pozo de la rutina ya se enterró la fantasía de las elecciones de la semana pasada. Ahora, a ras del suelo, la realidad espanta. Lo dichoso de un porvenir de brotes verdes sólo está ya en las jardineras de los poceros. Ellos son los extraterrestres, los que gastan lo inmoral en lujos, en ostentar ante los que cavan, en futbolistas estupendos: en lo absurdo o lo insultante. Los que cavan en el pozo, irán al fútbol y alentarán con sus coros la barbarie para sufragar su lujo y su derroche

Algunos poceros, viendo que los beneficios caen como Ícaros que se acercaron en exceso al sol de la codicia, se ensamblan nuevas alas, quiebran tramposamente sus empresas, abandonan a su suerte a proveedores y a los que cavan en el pozo, y vuelan a otros países más permisivos para seguir curtiendo el látigo. Pozos y poceros abren llagas como simas en toda la geografía patria: pozos en la Banca, pozos en la política, pozos en el deporte, pozos en los negocios, pozos, pozos, pozos por todas partes.

Si uno se detiene y escucha atentamente, puede sentir el terroso y sordo afán de los que cavan, sus plegarias entre dientes a dioses que abandonaron este rincón del Paraíso, a políticos y sindicatos que se alimentan de la sal que les mana a borbotones de la piel o a una esperanza que no saben dónde está enterrada. ¡Pobres! Ignoran que para salir del pozo lo primero que han de hacer es dejar de cavar: ni el cielo, ni el sol ni la esperanza se escondieron jamás en lo profundo. Jamás saldrá del pozo aquél que siga cavando.

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