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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

El harcese entender debiera prevalecer

Marino Iglesias Pidal
Redacción
viernes, 12 de junio de 2009, 02:52 h (CET)
Y puesto que, fundamentalmente, el idioma es el elemento óptimo para lograrlo, ¿por qué no lo usamos para ese fin?

No queremos entendernos. Si en verdad quisiéramos hacerlo, no habría ningún argumento, ¡ninguno! que justificara otro empeño al respecto, que el que todos nuestros esfuerzos en este campo fueran encaminados a lograr una lengua común para todos lo seres humanos. Y, por supuesto, sería igual que cada quien hablara como quisiera con su cada cual, ¡pero! debiera ser exigible ¡a todos! el conocimiento de una misma lengua, y toda la información, documentación, edición, etc. todo aquello de carácter público, fuera un simple cartel o un libro de texto, debiera aparecer en un único idioma mundial.

No sólo esto no es así, yo no necesito desplazarme más de unos metros del portal de mi casa, ¡y vivo donde nací! para encontrarme con algún escrito de orden público que no entiendo. Pero, a lo que iba, es que aun utilizando el mismo idioma, los que fundamentalmente tienen “la obligación” de hacerse entender, puesto que se dirigen a millones de ciudadanos, usan el idioma de manera tortijera, abstracta, abstrusa, imprecisa…soslayan cualquier forma que por su concreción pueda crear un compromiso; o bien hablan y hablan para no decir nada, caso de los políticos, o usan el formato del “ni sí ni no, sino todo lo contrario”, una forma de hacer bastante arraigada en el periodismo, cuya labor fundamental, en la práctica, es tanto la de informar como la de opinar, y, informar informan, a su aire, claro, mas, en cuanto a opinar, a la hora de proponer un nombre propio, se les atraganta el precisar; así lo común es leer lo malo que es éste/esto y lo no menos malo que es el otro/lo otro, y de ahí no pasan, no sueltan quién o el qué para ellos es realmente bueno.

Hasta en la literatura de entretenimiento se tiende cada vez más a liar al lector, y no ya por lo que pudiera ser complejidad de la historia en si, sino por la forma de narrarla. La mayoría de “grandes” autores serán a muy corto plazo lo mismo que ya son ahora la mayoría de “grandes” pintores: alguien que no entiende ni dios. De esta manera, no habiendo nada que entender, una obra serán tantas obras como personas – “de inteligencia superior” – sean capaces de pararle bolas. O sea que ni las Bellas Artes se librarán de la hegemonía de espabilados pelamangos que ponen su torta de insignificancia para que otros la rellenen con el significado de su gusto.

El porqué los que habían de decir no dicen está muy claro: porque no tienen ni puñetera idea, porque sus cerebros son simples depósitos sin departamento de creación. De ahí que, por ejemplo, tanto miembros como miembras sólo sean capaces de emitir insultos y disparates, amén de pronosticar encuentros planetarios protagonizados por megaseres que iluminarán el universo, o Blancos que se meten en agujeros negros – qué pena que los agujeros no se los tragaran; no querrán indigestarse, claro -… Y encima se recochinean repitiendo lisonjas sin cesar para un pueblo “muy inteligente”.

Lo que hay que oír.

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