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En El Cairo, el presidente complació

Jeff Jacoby
Redacción
miércoles, 10 de junio de 2009, 12:13 h (CET)
EL PRESIDENTE OBAMA se fue a Oriente Medio, dijo, a hablar con franqueza y sinceridad de los asuntos que enturbian las relaciones de América con el mundo musulmán. "Parte de ser un buen amigo es ser honesto," había dicho en una entrevista justo antes de su visita. Advertía a su audiencia de El Cairo que él se proponía ser crudo. “Debemos decir las cosas que nos reservamos y que con demasiada frecuencia sólo se expresan a puerta cerrada," declaraba; de manera que iba a "hablar tan clara y directamente como puedo.”

Acerca de algunas cosas, el Presidente fue bastante directo. Trasladó su impaciencia con aquellos -- en Oriente Medio hay muchos -- que culpan de los ataques terroristas del 11 de Septiembre a una conspiración judía o americana. “Seamos claros: Al-Qaeda mató a casi 3.000 personas ese día” y “las víctimas eran hombres, mujeres y niños inocentes. …. No son opiniones a debatirse; son hechos a confrontar.”

Fue aún más despreciativo con el revisionismo del Holocausto, que también abunda en el mundo árabe. "6 millones de judíos fueron asesinados" por la Alemania Nazi, dijo Obama -- "más que la población judía entera de Israel hoy. Negar ese hecho carece de fundamento, es ignorante y odioso.”

Una pena que el resto de sus declaraciones no fueran igualmente claras. En calidad de primer presidente estadounidense con raíces musulmanas, Obama despierta grandes ovaciones y buena disposición en Oriente Medio. Pocas veces un presidente tuvo una oportunidad mejor para abordar públicamente las patologías y los prejuicios que lastran a las sociedades islámicas, atrapando a muchos de los musulmanes del mundo dentro de culturas carentes de libertad e ilustración. Siendo candidato a presidente, Obama había defendido que su experiencia de vida musulmana le daba autoridad moral para decir la verdad al poder islámico. “Puedo hablar con fuerza,” declaró al New York Times, “de la necesidad de que los países musulmanes se reconcilien con la modernidad en sentidos que no han hecho.”

Lamentablemente, eso es precisamente lo que no hizo. En su lugar Obama complació a su audiencia. Repetidamente elogió la historia y las enseñanzas islámicas, repetidamente llamó la atención sobre errores estadounidenses u occidentales -- y repetidamente evitó pronunciarse con franqueza a propósito de las disfunciones del islam contemporáneo.

Habló de democracia, por ejemplo, pero sólo en términos claramente tópicos en torno a "la libertad de vivir como se elija" y la necesidad de "gobierno del pueblo y por el pueblo.” Obama podría haber mencionado que la democracia brilla por su ausencia en casi todo el mundo árabe, o podría haber invitado a la liberación de los disidentes políticos encarcelados. Podría haber utilizado su privilegiada posición para instar a poner fin al "estado de emergencia" opresor de Egipto, que dura 28 años. Habría podido contrastar la democracia constitucional duramente ganada en Irak con las desagradables autocracias y dictaduras de Oriente Medio. Podría haber ofrecido esperanza y estímulo a los reformistas perseguidos y los activistas democráticos. ¿Por qué no lo hizo?

"Quiero abordar... los derechos de la mujer," dijo el presidente, mejor hacerlo teniendo en cuenta el espantoso sometimiento de la mujer en tantos países musulmanes. Pero acerca de ese sometimiento -- el apartheid de género en Arabia Saudí, la fanática misoginia de los Talibanes, la extendida práctica de la mutilación genital femenina, los crímenes "de honor" de mujeres que se quedan embarazadas fuera del matrimonio -- no dijo ni una palabra. Lo más cerca que estuvo de denunciar a los criminales que vuelan por los aires colegios femeninos y asesinan a las profesoras fue observar tibiamente que "una mujer a la que se le niega la educación se le niega la igualdad.” Él discrepa, dijo, con los que piensan "que una mujer que elige cubrir su pelo de alguna forma es menos igual.” ¿Pero qué pasa con las mujeres que son obligadas a llevar el hijab? De ellas, Obama guardó silencio.

Lo más asombroso de todo, Obama no pronunció en ningún momento las palabras "islamista" o "islamismo.” En un discurso encaminado a los musulmanes de todo el mundo, no hizo ningún esfuerzo por refutar el apoyo del islam radical a la yihad global. Habló simplemente de "extremistas" -- como en "extremistas violentos que plantean una grave amenaza para nuestra seguridad" -- pero no dijo nada de la ideología religiosa totalitaria que los mueve. Para Obama, hablar desde el corazón del mundo árabe en un enclave de docencia musulmana era el momento perfecto para asestar un golpe intelectual al islam radical. Era el enclave ideal para pedir a los musulmanes que planten cara, vocalmente y en masa, a los yijadistas que predican y cometen actos de violencia en nombre del islam.

El discurso de la Universidad de El Cairo podría haber sido para Obama lo que el discurso de la Puerta de Brandemburgo para Ronald Reagan en 1987. Reagan aprovechó la oportunidad, habló sin tapujos, y ayudó a liberar la mitad de un continente. Todo lo que hizo Obama fue pronunciar un discurso.

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Jeff Jacoby es columnista de The Boston Globe / New York Times.

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