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Mitos

Fernando Mendikoa
Fernando Mendikoa
martes, 9 de junio de 2009, 23:20 h (CET)
El deporte se alimenta de ascensos y caídas, de rotundos éxitos y sonoros fracasos, siendo el símil más adecuado a lo que es la propia vida. Necesitamos continuamente fagocitar a los perdedores y colocar en la cumbre a los vencedores, como equivalente reflejo de nuestros no solventados anhelos e irresolubles frustraciones. Y es así como elevamos y bajamos del olimpo a estos nuevos dioses de andar por casa, y que a diferencia de los otros (a los que se supone eternos e inquebrantables en su estatus) pasan de ser “el mejor de la historia” a perder categoría, y en cuestión de poco tiempo. Ni siquiera el repaso al impecable currículum de un deportista podría desvelar tal categórico juicio, porque hay mil circunstancias que han provocado que haya triunfado o haya sido derrotado.

Roger Federer se hacía el domingo con su primer Roland Garros, y eso sólo significa que cerraba con ello dos círculos: el de la maldición que pesaba sobre él en el torneo parisino (una maldición que tenía nombre y apellido: Rafa Nadal), y el de poder decir que ha conquistado ya los cuatro grandes que forman el Grand Slam (Open de Australia, Roland Garros, Wimbledon y US Open). Además, y de cara a las estadísticas, alcanzaba a Pete Sampras con 14 de esos grandes torneos en su haber, y hasta el propio ex tenista estadounidense era el encargado de nombrarle ya como “el mejor de la historia”. Es esta una de las frases más repetidas en el deporte, y por ello corre el riesgo de perder pronto todo su sentido, como ha sucedido con otras frases y palabras que han quedado como tótems a los que está prohibido poner en duda, porque su único sentido es que sigamos creyendo que existen, y no descubramos así el espantoso hueco que en verdad hay detrás. Vivimos en un mundo de pura imagen y fachada, completamente vacío, en el que basta con que las cosas aparenten ser, con el fin de que todo siga igual y las ovejas nos conformemos con pastar y mirar al sol.

A la hora de valorar la trayectoria y el nivel de un deportista no vale únicamente con ver su currículum. En el caso de Federer, a su innegable palmarés y clase como tenista hay que sumar el que demuestra como ser humano. Y las lágrimas que vimos en su rostro el domingo al ganar su primer Roland Garros, o las que vimos en Australia al caer ante Nadal, nos dan una idea de que es un tipo que merece la pena, porque su grandeza como deportista no le impide mostrar su humildad como persona. Con pocas horas de diferencia, otro deportista (asimismo elevado en su día a los altares, y que ahí sigue para muchos de ellos) lloraba su enésima derrota, aunque en su caso fueran unas lágrimas metafóricas. No es el caso de otro aspecto, que lejos de ser metafórico es bien real en él: curiosamente, comparte algo con Federer, como es el hecho de pagar sus impuestos en Suiza.

Fernando Alonso sufría una nueva decepción (esta vez en Turquía), y de nuevo dejó de lado culpas propias y puso en su diana el rombo de Renault, la escudería que le paga (en ese caso sin motivos de queja, según se ve) unos cuantos millones de euros, siendo el piloto mejor pagado de la parrilla. Exactamente la misma escudería que le hizo campeón del mundo en 2005 y 2006, cuando puso en sus manos el mejor bólido del momento. Y también la misma que le recibió con los brazos abiertos cuando huyó de McLaren, y cuando no tenía ya opciones de ir a ninguna otra (cosa extraña en un bicampeón del mundo, por otra parte. Pero claro: no sólo se miran los éxitos deportivos).

Aunque él, como forma de agradecimiento a la escudería francesa (tras dejarles en la estacada para irse a tierras inglesas después de hacerle bicampeón del mundo, y regresar cuando no tenía más equipos a los que ir), exigiera en su retorno una cláusula por la que podía romper el contrato de dos años en el caso de que tuviera una mejor oferta. Es lo que en términos futbolísticos se viene a denominar “amor y fidelidad a unos colores”. Lo que no es novedoso es que exigiera asimismo tener trato de favor con respecto a su compañero de equipo (extraña, por innecesaria, exigencia de un bicampeón del mundo), y ahí está Piquet purgando no se sabe muy bien qué culpa, y prácticamente como probador oficial de Renault. Y, según la propia forma de ser y actuar de Alonso, con toda la razón para quejarse, que es lo que hizo el asturiano en McLaren.

En la escudería británica se topó con dos circunstancias que no entraban en sus planes con respecto a Hamilton, su nuevo compañero: que no fuera tratado como su simple escudero; y que fuera muchísimo mejor piloto de lo que seguramente Alonso pensaba (al tratarse de un debutante en la F1). Así las cosas, sin privilegios en el equipo y con un compañero tan bueno como él (convertido, por tanto, en rival), la situación se tornó insostenible, y fue entonces cuando nos enteramos de que tanto McLaren como la FIA tenían un pacto secreto y una auténtica confabulación judeo-masónica contra él, con el único fin de que no ganara, como bien se aseguró de airear con ayuda de la prensa española. De todas formas, ya se encargó él de tranquilizarse a sí mismo y a sus incondicionales: “de todos modos, a mí me van a pagar igual”. Y muy bien pagado, por cierto. Y él lo que hizo fue agradecer al equipo que tan bien le pagaba con el chivatazo a la FIA sobre el espionaje de McLaren a Ferrari, algo que a la escudería británica le supuso perder todos los puntos del campeonato 2007 y tener que pagar una multa de 100 millones de dólares.

Aunque ya anteriormente acusó también a Ferrari de “ser la escudería más tramposa de la historia”, a la vez que aseguraba que no le hacía falta pilotar uno de sus coches para ser campeón. Sin embargo, ahora se descuelga con unas declaraciones en las que asegura que “cuando eres niño juegas con coches rojos. Es un color, un coche, una marca que significa Fórmula 1, que significa competición”. Al parecer, lo que ya no significa es “trampas”. Y añade que “si Ferrari me quiere, me tendrá”: Ferrari y una entidad bancaria española, claro, que será la que patrocinará los tres próximos años a la escudería italiana, y la verdadera razón de su posible llegada a Maranello.

Y casualmente hace estas declaraciones cuando Renault no le da un coche ganador, como los que le dio en 2005 y 2006, y cuando no tiene más equipos de nivel donde ir. Y las hace, además, cuando sigue cobrando de la escudería francesa, no lo olvidemos. Aunque nada que sorprenda, y menos en Renault, puesto que ya vivieron también sus desaires e infidelidades cuando el destinatario de sus guiños era entonces McLaren, escudería de la que dijo que “desde que era niño siempre quise correr para McLaren”, de manera que cuando lo logró fue “un sueño hecho realidad. Siempre estuvo en mis planes cambiar de equipo, y especialmente irme a McLaren”. Los de Renault tienen el cielo ganado.

Que Alonso es un gran piloto nadie puede dudarlo, porque es una realidad. Pero es tan buen piloto como bocazas (el peor parado por sus palabras y acusaciones, él mismo), mal compañero e incapaz de hacer la más mínima autocrítica (gana por él, pierde por el equipo). Y ojo: tan buen piloto (o tan malo, dependiendo de las circunstancias) como casi cualquier otro. Ahora mismo es el único bicampeón del mundo en activo, es cierto. Pero, si todo sigue así, Jenson Button ganará los próximos cinco mundiales, y sin despeinarse. Sin embargo, me atrevería a decir que casi nadie le consideraría el “mejor del mundo”.

Lo único bueno del soporífero campeonato de este año es que ha quitado unas cuantas caretas, y se ha visto de forma diáfana que un piloto es campeón debido en un 90% al coche que lleve, de manera que hoy cualquiera de ellos ganaría el título a bordo de un Brawn GP. Y, por el contrario, vemos también cómo el actual campeón del mundo, Lewis Hamilton, se debe conformar con “hacer un podio para salvar la temporada”. Y lo mismo en el caso de Alonso: en 2005 y 2006 ganó el mundial porque tenía el mejor coche (contando, además, con la inestimable ayuda del “mass damper”, que mejoraba la adherencia del coche al asfalto y que fue declarado luego ilegal); y ahora que no tiene el mejor monoplaza lucha por entrar en los puntos, lo que también deja al descubierto la manida historia (mito, más bien) de que es el piloto que mejor evoluciona los coches. Al menos este año no da con la tecla correcta. O quizá sea más bien que está más pendiente de fichar por la “tramposa” escudería italiana. Ya veremos si Roma paga o no a traidores.

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