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Huyamos, que viene la derecha
Pedro de Hoyos
Una de las reflexiones que los pasados comicios europeos me sugieren es que los españoles estamos encantados de ser como somos, nos va el bipartidismo y estamos dispuestos a mantenerlo indefinidamente. Los partidos premiados por la lotería electoral son los mismos de siempre, salvo UPyD no parece haber renovación. Nos debe ir la “marcha” que nos impone la izquierda ramplona y antañona y los inhibiciones miedosas de una derecha que acepta resignada y acomplejadamente ser “la derecha” asusta-niños de la que tanto predica Zapatero antes que defender sus valores morales tradicionales.
No le ha funcionado a la izquierda la táctica “huyamos, qué viene la derecha” que tan sanguinariamente usan Pepe Blanco y Leire Pajín. Quizá sea que nos estamos acostumbrando al miedo y ya no funcionan los automatismos hispánicos como antaño, quizá sea que hay que producir vídeos todavía más venenosos, quizá sea que ya todo da igual y Europa no nos moviliza, que Bruselas queda demasiado lejos. El PSOE ha perdido estas elecciones, no tanto como pronosticaba Rajoy (“25 escaños”) pero lo suficiente para que Zapa no diera la cara, feo gesto el del presidente que no quiso salir ante las cámaras.
Los nacionalismos siguen por donde solían, aunque hay quien tiene que tomar nota de los resultados de Cataluña. Sólo la esperada irrupción de UPyD rompe la monotonía inquebrantable de todas las elecciones. Con menos votos de los que se suponía, Rosa Díez y su proyecto se van haciendo un hueco, es la única esperanza de renovación en un panorama desolador, que oscila desde las trampas de cartón piedra de la demagogia de José Blanco y al infecundo aspecto de una derecha que tiene miedo de reconocerse como tal. Siempre he dicho que el PP tiene en su seno dos almas homologables en Europa, la cuestión es cuándo va a surgir el nuevo partido y quiénes liderarán las dos mitades.
Estamos consagrados al empobrecedor bipartidismo y no nos importa; tenemos cerrado nuestro voto a nada que no conozcamos anticipadamente y no hay manera de hacernos cambiar de opinión, quizá porque más vale lo malo conocido que lo ¿bueno? por conocer.
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