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Tags: Toros · Artículo taurino · Ignacio de Cossío
Con la lección bien aprendida


Ignacio de Cossío


Ignacio de Cossío Ignacio de Cossío
martes, 9 de junio de 2009, 04:08
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Luis Francisco Esplá, maestro de la puesta en escena y la teoría de la tauromaquia más ortodoxa por fin hizo realidad el sueño del toreo. Como imaginarse una despedida tan redonda, una faena tan bella, una puerta tan grande, una ovación tan atronadora, un magisterio tan completo y con todo…esa grandeza en el adiós. No recuerdo otra despedida así en Madrid, a todos nos cogió de imprevisto, fue el delirio y más bien pareció la reencarnación milagrosa del mismísimo Antonio Bienvenida que el resurgimiento del mejor Esplá.

El viento no presagiaba nada bueno, es más, ya dábamos todos la tarde por perdida con aquel vendaval huracanado hasta que salió el cuarto toro de la tarde, un precioso e imponente colorao de nombre “Beato”. Entonces todo cambió, el aire dejó de silbar sobre las banderas del reloj, Esplá agigantó su figura y el toro rompió a más tras un excepcional tercio de varas, apología de la bravura y la casta brava.

Las banderillas tampoco se hacen esperar y Esplá obligado por el escenario ejecuta por última vez en Las Ventas la suerte con soltura y aire de roma andaluza, rescato un gran par por los adentros que nos hizo recordar sus tardes apoteósicas del 82 con Victorinos y Miuras. La emocionante faena de muleta que vino después por ambas manos fue sobre todas las cosas, medida, auténtica, levantada desde la más asombrosa técnica y una profundidad infinita. El toreo de Esplá tantas veces teorizado y pregonado por él mismo, basado en la cadencia y la gracia, se convirtió ayer en certidumbre y delirio de Madrid.

Comenzó Luis Francisco apoyado en las tablas con la solera de los clásicos para luego citar con la derecha y dibujar cuatro pases por alto, los mismos que le revelaron el mejor pitón del toro. Esplá continuó muy firme por la senda del glorioso toreo en redondo bajando cada vez más la mano y recreándose con desplantes muy pintureros en la misma cara del toro. El ahijado de Madrid firmaría cuatro series por este pitón en donde destilaría esa pureza, verdad, suavidad y entrega inalcanzable propia de los elegidos como base del mejor toreo fundamental. Si templado estuvo con la diestra, al natural lo bordó por completo con dos muletazos celestiales tan cargados de mando como de armonía. La faena agonizaba con varios pases de pecho tan largos como poderosos, con nuevos y desafiantes remates garbosos mirando al tendido, nadie quería que la música parase, que la orquesta detuviera su ritmo frenético, que el maestro agotara su batuta del arte…Al final todo se llenó con la luz de un farol levantino, estábamos ante la quinta esencia del arte y la majestad vestida de grana y oro.

De frente lo toreó y de frente lo citó al encuentro, en aquel último trance mortal de inolvidable generosidad, todo lo que vino después fue pura fantasía y frenesí, el público en pié frente al torero sentado en el olivo cual pensador de Rodin, sus dos vueltas al ruedo sorteando chaquetas y sombreros, su deseada y angustiosa salida a hombros en olor de multitud.

Esplá se dio el gustazo de hacerlo de veras, venía con la lección bien aprendida cosechada en su memoria taurina durante más de tres décadas en el oficio y casi de un centenar de actuaciones en este foro. Finalmente lo hizo en la tarde de ayer en compañía de un gran toro de Victoriano del Río y con la ayuda de aquel viento que siempre culpó en su carrera, el mismo que ayer se arrodilló ante su muleta para llevarle en volandas hasta la linde misma de la mitología taurina como leyenda viva de la fiesta. Enhorabuena Esplá ¡Adiós, hasta siempre, maestro!

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