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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El amor

Elena Baeza (Málaga)
Redacción
lunes, 8 de junio de 2009, 01:53 h (CET)
Hace algún tiempo leí –no cito su título porque no estoy segura, su autor si recuerdo es Antonio Fuentes- la experiencia que explicaba un médico había tenido de la entrega generosa y el verdadero amor de una madre a su hijo.

“En el quirófano acababa de entrar un niño de corta edad. Lo llevaban de una población lejana aquejado de cirrosis hepática. La operación larga y complicada, dos noches enteras de espera en UCI…Pero aquella madre velaba. Frío, sueño, hambre…En ningún momento se separa de la sala de espera.

Han pasado dos días. El niño se agrava. La tensión arterial se dispara, las constantes vitales se descontrolan…Pasa el médico por donde está la madre y por primera vez se dirige a ella. ¿Es que usted no come ni duerme? Le responde, que desde que su hijo ha llegado solo se interesa por él. Al decirle el médico la gravedad del niño, le pide que al menos la deje hablar un momento con él por el telefonillo de la UCI. El niño es sólo de meses, pero ella está convencida de que hablándole reconocerá su voz. El médico accede. En cuanto el niño oye la voz de su madre, comienza a sosegarse. Palabras de cariño, carantoñas que sólo él entiende, hasta llega a cantarle una nana, la que solía cantarle por las noches para dormir cuando se encontraba intranquilo en casa. En esos momentos la tensión se normaliza, las constantes vitales vuelven a dar signos de recuperación… ¿Qué sucede? Se preguntan el médico y el personal sanitario, que no acaban de dar crédito a lo que están viendo. Comprobaron de nuevo el cuadro del enfermito. No hay duda. En pocos minutos todo parece normal.

Pasaron unos días y el niño salió de peligro. No logran explicárselo”.

Lo que la ciencia no podía, lo ha podido en este caso el amor abnegado de una madre que, sobre todo, ha confiado en Dios. Un amor abnegado, un amor que no pide nada a cambio, es el amor que genera vida, es el amor auténtico.

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