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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   Europa   Monarquía   Historia   -   Sección:   Opinión

La unión morganática, el ocaso de las casas reales europeas

En las actuales dinastías europeas se han ido repitiendo las negativas de los respectivos herederos al trono a casarse con las personas de casas reales que les correspondían
Miguel Massanet
viernes, 20 de mayo de 2016, 10:00 h (CET)
Se puede decir que, el sistema de la monarquía absolutista, dio su portazo final con el ajusticiamiento, por el pueblo francés, de Luis XVI, en lo que fue la llamada Revolución Francesa de 1778. Lo que se conoció como el absolutismo o monarquías absolutistas, principió en el siglo XV y tuvo sus máximos exponentes en los monarcas Luis XIV, Carlos V y Felipe II, y su final abrupto con el ajusticiamiento de la casa real francesa y la llegada del liberalismo con la asunción del poder por el pueblo, a través de la Asamblea Constituyente, en el caso francés; dando lugar a la sustitución del sistema monárquico por el llamado sistema republicano. En otros países se mantuvieron las monarquías pero el poder pasó de sus manos, a través de los sistemas parlamentarios (monarquías parlamentarias) a los representantes del pueblo. John Locke, Voltaire y Montesquieu fueron los máximos exponentes de las nuevas ideas políticas y Rouseau, con su obra “El contrato social”, el que marcó los puntales de nuevo estado democrático, siendo Diderot, quien intentó resumir los conocimientos de la ciencias humanas y encabezó el movimiento conocido como la “fisiocracia” quienes fueron los que desarrollaron una teoría acerca de las leyes que rigen las actividades económicas.

Hoy en día, las monarquías que subsisten en Europa, se puede decir que han reducido su función a tareas meramente representativas, conservando muy pocas de las atribuciones y cometidos que se les tenían asignados a sus predecesores en el trono. En la actualidad, en Europa subsisten como monarquías parlamentarias o constitucionales más importantes las de las siguientes naciones: Reino Unido, España, Noruega, Suecia, Dinamarca, los Países Bajos, Bélgica y Luxemburgo. El resto, las de Bélgica, Dinamarca y Holanda completan el número de las se han mantenido hasta nuestros días. No obstante, es evidente que es una institución que tiene poca o ninguna cabida en las instituciones democráticas vigentes, que le conceden al pueblo las facultades de designar en las urnas a las personas que deben representarlas y, dentro de este espíritu, es evidente que tiene poco encaje el hecho de que el Jefe del Estado, el que manda en el Ejército y el que tiene la función meramente representativa en los actos públicos del país en el que reina, sea una persona impuesta por razón de su linaje y no por haber sido designada por los ciudadanos, lo que supone la oportunidad de poder buscarle un sustituto en el caso de que, su comportamiento en la presidencia del país, no sea del agrado de los gobernados. Existe un punto que, a nuestro modesto entender, va adquiriendo más importancia a medida que se va haciendo más habitual en el comportamiento de los miembros de la realeza que aguardan para acceder al trono por razón de sus derechos hereditarios. Normalmente, durante los siglos en los que las casas reinantes han ocupado sus respectivos tronos, en los que, junto a todas las prebendas inherentes a su cualidad de máxima autoridad del país, junto a los lujos y privilegios que acompañan a los herederos del trono y a la inviolabilidad e inimputabilidad anexos al cargo, existían determinadas servidumbres, deberes ineludibles, compromisos irrenunciables y renuncias a ciertas derechos, facultades y libertades de las que el pueblo llano, la gente corriente, puede disponer sin límite y, en el caso de los miembros de las casas reales, no obstante, les están vedadas. Y la principal de ellas, según inveterada costumbre y en bien de las conveniencias de la nación, sin duda ha sido la de no poder disponer de su facultad de elegir a la persona, con la que contraer matrimonio, según su libre albedrío.

Las excepciones que se han producido siempre han sido causa de gran revuelo, de graves problemas y, en muchos casos, de resultados nefastos o al menos muy desagradables para las casas reales. El más significativo, por lo que tuvo de escándalo a nivel internacional, fue el caso del heredero a la corona británica, el Príncipe de Gales (más tarde duque de Windsor), Eduardo, a quien le correspondía reinar en el RU con el título de Eduardo VIII y que, sin embargo, renunció al trono, abandonado Inglaterra, expulsado por el rey, en compañía de una viuda americana, la señora, Wallis Simpson. Este suceso tuvo en jaque a la corona inglesa y dio lugar a que tuviera que ser sustituido por su hermano Jorge VI, un joven voluntarioso pero que no tenía la preparación necesaria para asumir el cargo de rey y, además, era tartamudo. No obstante, fue un excelente monarca que tuvo que apechugar con un país en guerra, asediado por las bombas alemanas.

Se puede decir que, a partir de el duque de Windsor, en la mayor parte de las actuales dinastías europeas se han ido repitiendo las negativas de los respectivos herederos al trono a casarse con las personas de casas reales que les correspondían lo que, en algunos casos, ha hecho que a la aristocracia del linaje le haya suplido la aristocracia de los millones de euros o dólares, lo que ha sido un buen bálsamo para suavizar el disgusto familiar. Este es el caso del rey Guillermo Alejandro de Holanda, que está casado felizmente con Máxima Zoguerrieta (hija de un millonario argentino). El caso inglés es más complicado ya que, el heredero ( eterno aspirante), el príncipe Carlos, observa como su fallido matrimonio con lady Dy se pierde en la lejanía del pasado, mientras espera turno para reinar en compañía de su amiga de siempre y esposa, la duquesa de Cornualles.

Sin embargo, en lo que a nosotros concierne, el actual rey de España, FelipeVI; si bien, como todo joven tuvo sus amoríos de juventud, empezando por Victoria de Carvajal, lo cierto es que tuvo su mejor oportunidad con la que, con toda seguridad, hubiera sido su mejor elección, Isabel Sartorius, una joven que, tanto por su sangre, era hija del marqués de Mariño, como por su preparación y educación, hubiera sido una digna sucesora de nuestra reina doña Sofía. Después se sucedieron meros caprichos propios de un joven guapo en plena adolescencia, como fueron Gigi Howard, la exótica Jasmin Gahuri, Gabriela Sebastián, Marcela Cuevas, Viviana Corcuera, la modelo Alicia Krezjlova y la que fue una de las que más se barajaron como posible esposas del príncipe Eva Sannum, una guapísima modelo de metro ochenta. Sin embargo ninguna de ellas, por diversos motivos, algunos ajenos a la voluntad de Felipe, llegó a cuajar. Quizá ello explique que, en un momento determinado, posiblemente cansado de las presiones familiares imponiéndole candidatas que a él no le gustaban, fuera cuando se decidió por la periodista Leticia Rocasolano, divorciada, plebeya, presentadora de televisión y con algunos secretillos, respeto a su vida particular, que no contribuyeron a que fuera bien aceptada por los reyes de España, don Juan Carlos y doña Sofia.

No se puede decir que el capricho de Felipe haya sido lo mejor que le pudiera pasar en la vida. Lo cierto es que, los rumores acerca de las desavenencias de la pareja, de lo difícil de dominar y lo que le cuesta a la reina atenerse a las normas de la casa real, su carácter independiente y sus amistades, algunas impropias de una reina, no hacen que, al menos de puertas para adentro, este matrimonio resulte lo acertado que la publicidad y las declaraciones públicas (por otra parte escasas y breves) de quienes conocen bien lo que sucede en la Zarzuela, puedan dar a entender. La pos extremadamente rígida de la reina, su evidente engolamiento en los actos públicos, su carácter un tanto áspero y su extraña vida privada que ha hecho que la revista portuguesa Flash la califique de “frívola” o “Leticia humilla a Felipe en público” o “Leticia ha alejado a Felipe de su familia”, demuestran a la clara la poca simpatía que nuestra reina ha despertado en el país vecino.

En realidad parece que Leticia tiene algunas costumbres que no se consideran como las más apropiadas para una reina de España. La Revista Hola ha hecho un reportaje de la visita de Leticia al rodaje de una película “La reina de España”, en el penal de Bustarviejo, para presenciar el rodaje de la última cinta de Fernando Trueba, un director de cine galardonado de tendencias izquierdistas que, cuando recibió el premio Nacional de Cinematografía, dotado con 30.000 euros, hizo la siguiente manifestación : “Nunca me he sentido español, ni cinco minutos de mi vida” Eso no impidió que se embolsara los 30.000 euros porque, comunista seguramente es, pero tonto no. Leticia compartió con ellos parte del rodaje, embutida en una gabardina con tacones altos, estuvo riéndose y bromeando con todos, incluso con el cantante Alejandro Sánz que también estuvo presente en el rodaje, con el que anduvo paseando agarrada de su brazo. ¿Es este el comportamiento que los españoles esperamos de la reina? , ¿Podemos consentir que comparta con un sujeto que declara no querer ser español? ¿Conviene que se la vea departir con comunistas, anarquistas o antisistema? Estamos en periodo electoral ¿no se puede interpretar esta actitud de la reina como de apoyo a todos estos grupos antisistema y revolucionarios?

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, tenemos la incómoda impresión de que en esta pareja real, cada uno de ellos va por su camino y, mientras don Felipe se esfuerza en cumplir dignamente con sus deberes como soberano, nos parece que, en lo que se refiere a doña Leticia, sería muy conveniente que tomara conciencia de que todos sus actos son analizados con lupa y que, seguramente, le sería muy útil tomar ejemplo de una persona muy cercana a ella a la que, no obstante, parece que está procurando apartar de su hijo y, según se dice, no le deja ver ni a sus nietas. La reina Sofía, sin duda, sería el ejemplo en el que debiera mirarse, aprendiendo de su estoicismo ante las desgracias, de su comportamiento siempre impecable y de la vida diáfana y carente de secretos de la que siempre ha dado evidencia, siendo, sin duda alguna, el paradigma de lo que debe ser el comportamiento de una reina. Si tuviera que buscarle una igual, hablaría de la Reina Isabel II de Inglaterra. Dos señoras con todos los atributos requeridos para ser excelentes reinas.
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