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Etiquetas:   Buñuelos de viento  

¿Pero por qué diantre no os gusta Obama?

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
sábado, 6 de junio de 2009, 22:03 h (CET)
Confieso de entrada mi inicial desconfianza hacia Obama por dos motivos, nunca me gustó nadie que tuviera tanto poder y él, como sus predecesores, tiene mucho más del que puede manejar en una situación comprometida, y porque por motivos que desconozco tiendo a no fiarme de alguien que recibe en depósito tantísimos halagos, tantísima confianza y tantísima entrega popular sin motivo aparente.

Obama recibió desde el primer momento toda la devoción del mundo simplemente por ser la antítesis del diablo de aquel momento, George Walker Bush. La comparación entre los hechos del presidente, desacreditado como no hubo otro, y las preciosistas promesas del aspirante negro a la Casa Blanca era sangrante. Y a eso, a una comparación desequilibrada de promesas e intenciones con la torpe realidad presente, se reducía todo el bagaje positivo que servía a Obama para atraer sobre sí todas las esperanzas del mundo.

Andamos necesitados de buenas palabras, de ilusiones que nos reconforten, de que alguien venga y nos recargue el ánimo, como se recarga el gas refrigerante de un coche. Y llegó Barak Hussein Obama y nos dijo lo que queríamos oír y el mundo respiró y sonreímos y nuestra mirada se iluminó y hasta pareció que amanecía por primera vez.

Todo eso a mí me puso en guardia. Sospeché, quizá por simple y desconfiado, que no podía ser lógica tanta entrega con los ojos cerrados, que no era sano depositar tanta confianza en un recién llegado, tanta fe ciega en alguien que nos prometía el paraíso en la tierra, resolver todas nuestras dudas, todos nuestros temores… aparentemente por su cara bonita.

Con el paso del tiempo sigue el discurso floral de Obama, como el que acaba de pronunciar en El Cairo, sin que el paso del tiempo que lleva ya en la cima del mundo le vaya desgastando. Apenas algún detalle nos confiesa que también es humano y le hace poner los pies en la realidad de la Tierra, Guantánamo sigue abierto y las dificultades de la gestión diaria van abriendo sus ojos a las contrariedades de la realidad cotidiana, a la verdadera verdad. Hoy Obama no ha dado motivos de decepción, si exceptuamos su despiste (el de la persona que le escribió el discurso) histórico geográfico a cuenta de Córdoba y la Inquisición, pero sin embargo descubro en gentes de mi entorno y de mi confianza un profundo malestar contra él; en mí descubro una cierta preocupación instintiva que desaparece inmediatamente cuando mi parte racional se impone a dichos instintos. ¿Por qué?

Lo de mi instinto lo justifico porque siempre me ha costado aceptar que la realidad pueda ser tan maravillosa como me la pintan los infinitos y fervorosísimos partidarios del líder mundial, porque no me fío de que nos entreguemos a tumba abierta a nadie, porque me cuesta fiarme porque sí.

La desconfianza y el malestar que sienten hacia él otras personas que en otros aspectos suelen tener buen juicio y ser equilibrados… sospecho que se debe a Zapatero y a su interesadísimo interés (la redundancia es voluntaria) en equipararse a él, en establecer un paralelismo, en apropiarse del prestigio que todavía, y supongo que por mucho tiempo, lleva consigo el presidente norteamericano. Para algunas personas, el efecto que se está consiguiendo es el contrario: arrojar sobre Obama las culpas, reales o supuestas, de Zapatero.

Las alusiones sesgadas para aprovechamiento propio que realiza nuestro presidente de vez en cuando y las memeces interplanetarias que anteayer ha “expulsado” Leire Pajín para regocijo de ambas orillas del Océano empiezan a cansar a los oyentes españoles, de manera que sobre un presidente americano que, sin haber hecho todavía nada extraordinario, ha cambiado la perspectiva desde la que se contemplaba el futuro, empiezan a pesar las limitaciones, el sectarismo y los errores de este gobierno en el que conviven buenos, serios y experimentados profesionales de la política con bibianas y pajines.

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