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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Lo que la retórica no va a curar

Marie Cocco
Marie Cocco
sábado, 6 de junio de 2009, 08:46 h (CET)
El asesinato del Dr. George Tiller no se puede enterrar con un discurso. Esta es la lección que la administración Obama debe aprender de ello.

Desde que Tiller fuera abatido -- en el servicio dominical de la mañana -- la administración ha ofrecido correctamente protección policial a las cientos de clínicas abortivas y médicos que, durante años, han sido objeto de violencia y vandalismo, y cuyas pacientes son humilladas e intimidadas de manera rutinaria. Esta medida necesaria es solo temporal.

Como ciertamente sabrá la mayoría de la opinión pública, la guerra del aborto se ha convertido en una parte permanente y desagradable del discurso político estadounidense.

Que Tiller practicase abortos en las últimas semanas de gestación -- un procedimiento médico legal en Kansas y en todo el país -- es declarado excusa para la intensidad del odio del que era objeto. Pero en realidad, las barricadas frente a las clínicas, los ataques verbales y las amenazas, y la furiosa satanización no pueden ser desempeñadas a una escala nacional amplia por manifestantes antiabortistas que dicen no ser extremistas.

Su particular forma de odio no es dirigida únicamente a las mujeres que buscan un aborto a última hora ni el puñado de médicos que los practican. Se dirige a cualquiera que se atreva a entrar en la oficina de una instalación de salud reproductiva por cualquier motivo. Eso incluye a los adolescentes en busca de medidas de control de la natalidad o tratamiento para una enfermedad de transmisión sexual y, sí, mujeres que buscan atención prenatal para garantizar la salud de un bebé en un embarazo llevado a término.

No importa a los manifestantes que las mujeres lleguen en todas las formas, tamaños y colores -- y que tengan todo tipo de necesidades sanitarias reproductivas. Sólo importa que estos activistas creen que de alguna manera las mujeres son cómplices del aborto, lo que significa para los manifestantes que ellas son cómplices de un crimen.

Así es como ha sido durante gran parte de las tres últimas décadas, a pesar de los llamamientos de los políticos que, como el Presidente Obama, buscan "terrenos comunes" e instan de forma siempre muy seria a celebrar un debate respetuoso. Inevitablemente, estos políticos dicen que una respuesta al problema del aborto es reducir la necesidad de ellos -- es decir, reducir la decepcionante cifra de embarazos no deseados en Estados Unidos. “Así que trabajemos para reducir la cifra de mujeres que piden abortos," decía Obama durante el discurso en la Universidad de Notre Dame el mes pasado. “Reduzcamos los embarazos no deseados.''

La frase ha adquirido la cotidianeidad del "que tenga un buen día.”

Hace casi dos décadas, Bill Clinton dijo creer que el aborto debía ser "seguro, legal e infrecuente.” La parte de "infrecuente" se supone que se iba a producir fruto de un mayor apoyo a medidas anticonceptivas y mejor educación sexual para los jóvenes.

Así es como respondió el movimiento antiabortista y sus partidarios en el Congreso: desarrollar una campaña, que se prolonga hasta la fecha, encaminada a socavar el uso de métodos anticonceptivos y limitar acusadamente el acceso de los adolescentes a una educación sexual integral.

Trabajando primero a través de los Republicanos que obtuvieron el control del Congreso a mediados de la década de los 90 y después a través de la administración Bush, impidieron el acceso a la píldora del día después que se administra después de mantener relaciones sin protección. Ellos siguen promoviendo una legislación estatal y un movimiento entre los farmacéuticos antiabortistas encaminado a autorizar que los farmacéuticos rechacen las recetas de las pastillas anti embarazo. Quieren ampliar la presente "cláusula de conciencia" permitiendo que los profesionales médicos que tienen objeciones éticas al aborto limiten las medidas anticonceptivas y la práctica del aborto a las víctimas de violación que pudieran haberse quedado embarazadas. Gastan miles de millones en educación sexual basada en la abstinencia que ha demostrado, una y otra vez, que es ineficaz a la hora de impedir que los adolescentes mantengan relaciones sexuales.

Cuando la versión original de la ley de estímulo económico en la Cámara incluyó un cambio burocrático que facilitaba que los programas estatales Medicaid ofrecieran servicios de planificación familiar a las mujeres pobres, los Republicanos provocaron tal escándalo que Obama instó a los congresistas Demócratas a apartar la legislación. Su gesto no le granjeó ni un solo voto Republicano al paquete de estímulo en la Cámara.

"El terreno común es la planificación familiar," dice la Representante Carolyn Maloney, D-N.Y. Aún así Maloney ha pasado gran parte de la década en primera línea de los esfuerzos del Congreso por capear el asalto de la derecha a la planificación familiar.

Es hora de dejar de esperar que de alguna manera, a través de una retórica agradable y hasta esfuerzos genuinos por tender puentes, aquellos que se oponen a permitir que las mujeres controlen su vida reproductiva puedan ser persuadidos de tener una opinión diferente. Prolongar la pretensión a estas alturas no es pecar de ingenuo. Es pecar de cínico.

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Diario SIGLO XXI dispone de los derechos de publicación en exclusiva para medios digitales españoles de este y muchos otros columnistas del Washington Post Writers Group.

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