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Etiquetas:   Opiniones de un paisano   -   Sección:   Opinión

Paco, Paco, Paco, de mi Paco. Leré

Mario López
Mario López
sábado, 6 de junio de 2009, 08:43 h (CET)
Este país, que fundara allá por 1769 la maravillosa ciudad de San Francisco (por entonces Yerba Buena) de la mano de Fray Junípero Serra (si bien es de justicia señalar que fue Gaspar de Portolá quien descubriera la bahía de San Francisco, por aquel entonces conocida por la bahía de la Bodega), se llenó de Pacos gracias a su último y esperemos que definitivo dictador, que se llamaba Francisco como la bahía (aunque nada que ver con ella, claro está).

Lo que sí hay que ver es qué ejemplo el suyo (el de él) y el de ella (la familia del mismo). La primera familia de España durante cuatro décadas, bajopaliada y empazonada, con playa propia en Bastiagueiro (como si el resto del país no fuera suyo). Ay, qué cosas. Ahora, la mayor te digo que baila en dime quien baila. El rubito (gilipollas por antonomasia), comparece en los medios para atarse la coleta. El cuñao Jimmy, lo mismo pero sin coleta. El benjamín, en la cárcel por cobarde maltratador de mujeres. El mayor, raro. Que se cambia el orden de los apellidos por orden de su nefasto abuelo, por aquello de conservar el flamante nombre de Francisco Franco para la eternidad y se va a vivir con Pinochet para volver al monte patrio de furtivo. Eso en lo tocante a la familia sanguínea que, ya digo, es todo un ejemplo. Pero luego está la familia política, que somos casi todos. El PP-PSOE es como el pazo de Meirás pero con veinte millones de ausentes (que esos sí que son ausentes y no los pobres desgraciados asesinados en los atentados del 11M, como se ha querido decir muy desafortunadamente). La Falange, el hermano pequeño (el maltratador), pero el PP-PSOE el que baila en dime quien baila. Así se nos van pasando los años hasta llegar al borde del sepulcro. Un empujoncito y, ¡catacló! (que diría el registrador Mariano), Sanseacabó. Qué bien, que contento estoy de ser español. Y para qué contarte con lo de ser europeo. Si por cada cosa que dicen que somos nos dieran un sueldo, como les ocurre a ellos (a los del PP-PSOE y a los del pazo), la vida sería tal cachondeo que no habría huevos para dar el último empujoncito (el de al borde del sepulcro). Pero hay que tener no se sabe qué, además de familia, para acceder a esa categoría tan fundamental que permite vivir de los genitales, gozártelo todo en la vida terrenal y asegurarte un puesto en la Corte Celestial. Como los faraones, que para seguir siendo ricos más allá del estirón de pata se hacían enterrar con todos sus descomunales tesoros, junto al arquitecto que les había diseñado el sepulcro (que si aún no estaba muerto se le mataba no fuera a ser que contara al personal los secretos del laberinto de la pirámide y llegara un listo y, ala, arramblara con todo y ya te ha jodió el invento). Ya te digo, muchos Pacos. También abundan los Juan Carlos, por aquello de parecerse al Borbón aunque sólo sea en el nombre. Y Felipes. Qué decir de los Felipes ¡Ay Felipe de mi vida!, decía la canción (creo recordar que la réplica era: ¡Mari Pepa de mi alma!). Y es que de Felipes andamos sobrados: Felipe II, Felipe III, Felipe IV. Que fue este último el que le dio la vez a Carlos II el Hechizado, que más que hechizado lo que estaba era gilipollas. Pero, bueno, Juan Carlos, Felipe. Pecata minuta. La carnaca está en ser Paco. Muchos Pacos es lo que hay. Así que los ciudadanos de a pie lo que pedimos es: menos Pacos y más democracia. O no, qué coño, dejémonos de hostias: más Pacos y menos democracia.

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