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Etiquetas:   El crisol  

La furcia del barrio

Pascual Mogica
Pascual Mogica
sábado, 6 de junio de 2009, 08:41 h (CET)
Obvio es decir que en España siempre hemos llegado tarde y mal a la hora de incorporarnos al mundo moderno en el orden social y económico. Sabido es la enorme distancia en el tiempo que se dio en todo proceso de revolución industrial a partir de la mitad del siglo XVIII. España ni tan siquiera era el furgón de cola.

Otro tanto nos ocurre con la revolución social en lo que a atemperar y conducir al país a un cambio progresista. Cuando en la mayoría de los países desarrollados hace décadas que se superó el tema del aborto, en España lo estamos debatiendo y aún hay quien se opone a que las mujeres sean libres a la hora de elegir aquello que creen que es lo más conveniente para ellas en cada momento y faceta de su vida. Pero en España, muchas décadas después de que todo esto haya sido superado en muchos países, aún hay quien se niega a reconocerle a la mujer todos los derechos que tiene. Se llegó tarde a la revolución industrial por que los braceros le resultaban a los poderosos más económicos que el mecanizar sus explotaciones agrícolas o fabriles. El trabajo manual era más rentable para los patronos y terratenientes. Algo a lo que parece ser quieren volver algunos de ellos. La disyuntiva que se les plantea es: modernizar sus métodos de producción o contar con mano de obra barata y facilidades a la hora de deshacerse de ella. Están más por esto último.

Pero no es la revolución industrial sobre lo que yo quiero reflexionar, no. Mi reflexión se concreta en que en todo esto de la oposición al aborto lo que subyace es que algunos retrógrados van a echar de menos el no poder seguir criticando a la puta del barrio, a aquella muchacha soltera que quería abortar y no podía porque sus medios económicos eran inexistentes, no, bajos no, inexistentes. La muchacha tenía que soportar las críticas de todos aquellos que veían la paja en el ojo ajeno y no la viga en el suyo, porque la circunstancia que afectaba a la muchacha podía afectar a cualquier hija de vecino, pero claro, eso a los criticones no les afectaba, ellos si tenían medios económicos para evitar que su vientre hinchado delatara a sus esposas e hijas. Todos estos hipócritas quieren que esto no acabe porque así pueden realizar su “apostolado” intentando salvar el alma de esa muchacha, aunque ya no pudiera casarse de blanco. Una muchacha que en muchas ocasiones tenía la mala suerte de contar con un padre muy “recto” que se sentía avergonzado y mediatizado, no por lo que le había ocurrido a su hija, sino por lo que se decía en el barrio o en todo el pueblo. La muchacha era arrojada a la calle y ahí es donde comenzaba el verdadero calvario para ella acabando, en muchos casos, en los brazos de la prostitución. Porque lo que es la iglesia, los obispos, esos que se oponen al aborto, nada hacían por ellas. Lo máximo era atenderlas en una casa de maternidad regentada por la iglesia católica que entregaba el recién nacido a una familia sin hijos sin dar opción a que su madre pudiera ver por unos momentos el rostro de su hijo.

Ahora, más vale tarde que nunca, se han sentado las bases que vienen a cubrir una carencia social en lo tocante a evitar que una mujer pueda ir a la cárcel porque no se considera lo suficientemente capacitada y con medios suficientes para hacer frente a algo de tanta responsabilidad como la maternidad.

Los obispos critican esta ley ¿pero que hacen ellos para evitar que haya muchos niños que han nacido sí, pero para morir de hambre después? ¿Qué hacen? ¿Rezar por ellos? No solo de pan vive el hombre, solemos decir, pero para que haya hombre tiene que haber alimentos.

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