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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Democracia parlamentaria o totalitarismo

Miguel Massanet
Miguel Massanet
viernes, 5 de junio de 2009, 01:46 h (CET)
Creo que fue Nietzche quien dijo aquello de : “Si no hubiera Dios sería menester inventarse uno” y, a pesar de que en muchos aspectos de su filosofía no puedo compartir sus puntos de vista, es indudable que, en esta frase, hubo un reconocimiento explícito de la necesidad de que exista una moral, sea de tipo religioso o laica, pero al fin y al cabo un freno que sirva para regular la natural tendencia del hombre a ser egoísta hasta el punto de que, difícilmente, se aviene a poner coto voluntario a sus ambiciones, deseos, vicios, hábitos y libertades aunque, ejerciéndolos, ponga en cuestión, limite, estorbe o perjudique los derechos de aquellos con quienes, forzosamente, debe convivir. Es por eso que siempre deberemos mirar con una cierta desconfianza a aquellos que predican, como la ambición máxima que se le puede pedir a la vida, el sacar el máximo provecho de ella, ya que es evidente de que están convencidos de que todo se acaba con el ciclo vital de cada uno que, al fallecer, se extingue en el caos del olvido cualquier resquicio del espíritu (llámesele como se quiera), que nos ha acompañado durante toda nuestra existencia.

Así, no nos debería extrañar que nuestros actuales gobernantes desarrollen, instintivamente si se quiere, modos de gobierno en los que se aprecian, con claridad, peligrosas tendencias al totalitarismo. Es muy curioso que, quienes basan todos sus argumentos en la igualdad entre todos los ciudadanos, se cubran con el manto de la caridad y se declaren ateos, laicos y anticlericales –aunque me parece incomprensible que quieran cargar especialmente contra los cristianos, por el solo hecho de tener su fe puesta en el más allá, vistas las pocas posibilidades de hallar la justicia en este Mundo –.Quizá sea una reacción propia de aquellos que no puedan transigir, debido a su desesperación ante la falta de sentido de una vida dominada por las desigualdades y las injusticias, sin un sentido racional que las justifique, ante la evidente serenidad que proporciona la fe cristiana a quienes la practicamos. El hecho es que, sea por fas o nefas, el materialismo de las izquierdas suela desembocar en la implantación de sistemas políticos basados en las imposiciones, la intransigencia, la restricción de libertades individuales y el totalitarismo implantado por ley, considerado como el único medio de imponer su adoctrinamiento, a la fuerza, sobre toda la ciudadanía.

Es por ello que Kart Marx, un conocedor de la psicología de las masas, cuando pronunció aquella célebre frase: “La religión es el opio del pueblo” sabía que, con este lema, estaba socavando los cimientos de la cultura cristiana, dando a entender a los míseros obreros y campesinos de la antigua Rusia que, los culpables de su miseria no sólo estaban representados por el Zar y la nobleza de terratenientes, sino que también por la religión, aquella tan enraizada en las almas simples y un tanto fanáticas de tantos rusos humildes que, sin duda, constituía un gran obstáculo para sus proyectos revolucionarios. No debemos, pues, de sorprendernos de que los socialistas, aquellos que mamaron las teorías de los grandes popes del marxismo, sigan utilizando idénticas tácticas para demoler una moral, unos principios y unas costumbres que saben que, en España, aún en la España de hoy, siguen enraizadas en la parte más profunda de muchos corazones de ciudadanos españoles que se niegan a aceptar las filosofías relativistas con las que pretenden arrastrarlos a su particular Nirvana, reducido, según su particular visión de la existencia terrenal, a la deificación de los placeres humanos como fin y tope de la máxima felicidad posible.

Así no nos llama a engaño el que desde las filas socialistas, personas cuyos antecedentes no acreditan una preparación específica para ocupar cargos de responsabilidad, alcancen, no obstante, altos puestos en el escalafón de la política. Ministras de cupo como la señora Bibiana Aído, la misma vicepresidenta De la Vega y altos cargos del PSOE, representado por la señora Leire Pajín, justifican sus desorbitados emolumentos no por sus manifiestas cualidades humanas ni por sus especiales conocimientos o titulaciones ni, tan siquiera, por su facilidad oratoria; no, no señores, todas ellas tienen una única misión, una función específica que consiste en emplear la demagogia; la natural aversión, inculcada a través de muchos años de propaganda, a las derechas y a la religión; la utilización de la falsedad y el engaño. para captar conciencias y ( lo que la Pasionaria, Dolores Ibarruri, practicaba con notoria fluidez), cargar sobre el adversario político todas las culpas de aquello que, en la mayoría de las ocasiones, han sido ellos mismos los que han propiciado, con sus artimañas, sus trucos políticos y sus métodos torticeros, que sucediese ( recuerden las algaradas preparadas ante las sedes del PP antes de las elecciones del 2004).

Cuando se ha constatado que la mayoría de la población española se ha manifestado, a través de diversas encuestas, en contra del aborto y de la facultad de las menores de 16 para poder abortar sin el consentimiento de sus progenitores; cuando dentro del propio PSOE se han levantado voces en contra de tamaña iniquidad y en cúpula de la directiva socialista hay una fuerte oposición a la radicalización de la facultad de abortar; surge la figura del señor Zapatero quien, quizá por su admiración a Joseff Stalin, se erige en un nuevo dictador y, despreciando el sentir de la mayoría de la población, nos sorprende anunciando que va a imponer, en este caso, la disciplina de voto a todos sus diputados. Si alguno tuviera la más mínima duda a cerca de si, en España, teníamos una democracia, ya puede desecharla tranquilamente porque, señores, a las pruebas nos remitimos. ¿Qué tipo de democracia es aquella que impide a los representantes del pueblo votar de acuerdo a conciencia?, ¿cómo un representante del pueblo pude desconocer y obviar la opinión de una mayoría para imponer su criterio personal? Haga usted un referéndum, señor Zapatero, y permita que sean los españoles quienes decidan. ¿Es el aborto es un derecho de la mujer? o, ¿constituye un acto satánico de prepotencia de la mujer sobre un ser, con vida propia, que ella misma ha gestado, ya fuere voluntariamente, por imprudencia o por su incapacidad para dominar sus instintos sexuales. En ninguno de los tres supuestos la ligereza de una madre puede condenar a muerte a un ser inocente que sólo pide que le permitan vivir.

Señor Presidente, no se trata de que lleven la ley a un Parlamento (donde saben que tiene amarrados a una serie de pequeños partidos, a los que deben la mayoría, y que ya se han preocupado de comprarlos con concesiones, dádivas y promesas de independencia); ahora hablamos de vidas humanas, protegidas por esta Constitución que parece que nadie le hace caso, que se incumple impunemente, sin que ni el poder judicial ni el PP ni, mucho menos, el encargado de defenderla y hacerla cumplir, el Tribuna Constitucional –convertido en una institución de trifulcas políticas –, hayan sido capaces de impedirlo. Será de ver lo que hacen partidos, que se llaman a sí mismos demócratas cristianos, en el momento de votar en las Cortes; si CIU y PNV (que presume de su catolicismo); rehúsan apoyar el aborto o, se pliegan a las presiones de los socialistas. ¡Veremos si son capaces de dar la barba! Aunque soy pesimista.

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