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Etiquetas:   Cultura   Filosofía   -   Sección:   Opinión

Hannah Arendt y la banalidad del mal

La irreflexión también se da en personas normales
José Manuel López García
jueves, 19 de mayo de 2016, 09:48 h (CET)
El antisemitismo es un insulto al sentido común. En efecto, la filósofa Hannah Arendt, a lo largo de su producción filosófica, ha insistido en los gravísimos problemas causados por la irresponsabilidad burocrática del mal. Ya que la obediencia rutinaria y neutra puede conducir al exterminio, como sucedió con el holocausto judío durante el nazismo.

La matanza de unos seis o siete millones de judíos en los campos de exterminio fue una de las mayores barbaridades y monstruosidades de la historia. Y la banalidad o lo trivial e insustancial del mal está en la ausencia de malignidad. Ya que el hombre se ha transformado en algo superfluo en la mente, por ejemplo, de Eichmann, y de otros jerarcas nazis. Según Arendt la incapacidad de juicio, y la falta de reflexión y pensamiento es lo que explica la horrible conducta que causó el pavoroso sufrimiento y muerte de millones de inocentes, simplemente, por su condición de judíos. La diferenciación entre conocer y pensar es el eje que hace posible entender la bajeza moral a la que se puede llegar.

El propio Eichmann decía que había leído a Kant. Pero el deber por el deber, y la observancia del imperativo categórico kantiano es lo más opuesto que quepa pensar a lo que ordenaron y realizaron los jefes nazis de las SS. Se puede afirmar que este criminal nazi no tenía empatía, y no pensaba moralmente, aunque tuviera ideas, elaborara teorías, y resolviera problemas técnicos. No era capaz de juzgar éticamente de modo coherente y racional, por falta de discernimiento y reflexión. Lo que no significa que fuera un idiota moral. Justificaba sus actos y conductas con una falsa interpretación de un deber, que, en realidad, era absolutamente indigno. La irreflexión también se da en personas normales, y es una de las causas de la pasividad del pueblo alemán durante el nazismo.

Como escribe Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo: «Lo que hace que los hombres obedezcan o toleren, por una parte, el auténtico pode y que, por otra, odien a quienes tienen riqueza sin el poder, es el instinto racional de que el poder tiene una cierta función y es de utilidad general». Arendt puede ser considerada como una filósofa política de la fraternidad. Y está convencida de la necesidad de la participación cívica de los ciudadanos en los asuntos sociales y políticos. Puesto que para Arendt el hombre público se siente responsable de las cuestiones y los problemas de la colectividad, y debe intervenir en su resolución.

La virtud cívica es la base que sustenta el republicanismo afirmado por Hannah Arendt, y que sigue la línea iniciada ya por Tucídides, Cicerón y Maquiavelo y también continuada por los impulsores de la revolución americana, etc.

Indudablemente, como escribe Salvador Giner comentando la obra de Arendt sobre el totalitarismo «La infausta victoria del terror político se ejerce sobre todo a través de la transformación de la gente en masa adocenada. Quienes caen combatiendo ese terror afirman por lo menos su dignidad». Plantar cara al totalitarismo es, por tanto, una necesidad irrenunciable. La lectura de Los orígenes del totalitarismo y de otros libros de Arendt es un ejercicio de reflexión profunda, ya que explicita muy detalladamente las causas de la intolerancia, del fanatismo, la irresponsabilidad, la indiferencia moral, y la manipulación ideológica, el nihilismo, el escepticismo, el relativismo, la crueldad y la barbarie en el mundo.
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