Quantcast
Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto. Noticias y opinión
Viajes y Lugares Display Tienda Diseño Grupo Versión móvil

Opinión

Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Niños que ladran y hombes que matan... animales

Julio Ortega Fraile
Redacción
viernes, 5 de junio de 2009, 00:24 h (CET)
La reciente aparición de una niña de cinco años en Rusia que aún viviendo con sus padres y abuelos había permanecido hasta ese instante sin salir jamás de su vivienda, rodeada de perros y de gatos, careciendo de apenas contacto con humanos y según indica la noticia: “criada por los animales” y atendida por ellos hasta tal punto, que su forma de comunicarse es a través de ladridos además de imitar a estas criaturas en sus movimientos, puede servir para reflexionar no sólo a qué extremos puede llegar la perversión o la ignorancia de algunas personas, sino también acerca de nuestro comportamiento con los animales cuando sucesos como éste, nos recuerdan que nosotros también lo somos.

Siempre que se denuncia el mal trato que éstos reciben por parte del ser humano se utiliza como argumento a favor del abuso y disfrazándolo de derecho la superioridad del hombre, su incontestable papel de único animal racional y que por lo tanto, se arroga el privilegio más que cuestionable de someter al resto, en nombre de una supremacía cuya interpretación degenerada le lleva a considerarse con bula para oprimir, explotar, torturar, matar e incluso perdonar – la clemencia es un sarcasmo cruel cuando no existe delito ni por lo tanto pena que condonar -. Esta niña cuya “socialización” se ha producido entre cánidos y felinos, ¿no es acáso una muestra de cuán equivocados estamos?, ¿no es el antropocentrismo actual una idea tan peligrosa y falsa como lo fue en el pasado el teocentrismo?, sin duda que lo es, principalmente cuando sirve de excusa para justificar desmanes y crímenes.

¿Qué hubiese ocurrido si la niña no hubiese sido rescatada?, con su forma antropomórfica pero su inteligencia animal, dominada por instintos irracionales, con conductas que denominamos salvajes y mucho más cercana a su familia de perros y gatos que a la humana, ¿nos correspondería también el derecho de clavarle banderillas, de alancearla, de despellejarla, de cebarla y sacrificarla, de experimentar con ella, de ponerle una inyección letal si nadie reclamaba su custodia o de encerrarla en una jaula para entretenimiento de visitantes?.

Perros que se juegan la vida por ayudar a un compañero atropellado en medio de una autopista, que aguardan durante más de una década a la puerta del hospital donde su dueño entró un día para morir o junto a la lápida de su amo fallecido, leones adultos en libertad que mucho tiempo después, reconocen al humano que los atendió de cachorros y se lanzan a él lamiéndole, loros que avisan porque un bebé se está asfixiando, perros que conviven con gatos, gatos que lo hacen con ratones, zorros jugando con cervatillos, delfines que salvan vidas, pájaros que no abandonan el cadáver de su pareja, conejos que adoptan palomas, chimpancés ejerciendo de madres de tigres y de leopardos... la lista es muy extensa, aunque no tanto como la de los crímenes del hombre cuyas víctimas son todos estos animales y muchos, muchos más, criaturas sin embargo capaces de mostrar sentimientos y conductas que equivocada o tal vez torticeramente, negamos en ellos y sólo reconocemos como posibles en nuestra especie.

En la Edad Media, esta niña rusa habría sido considerada con toda probabilidad un ser demoníaco y como tal encerrada o ejecutada, pues el ser humano suele deshacerse sin contemplaciones de todo aquello que no comprende o que le recuerda sus limitaciones y su mediocridad. Hoy en día, poseedores de los conocimientos suficientes como para explicar el porqué de sus reacciones y posiblemente con capacidad para “humanizarla”, acabar con su vida sería considerado un asesinato intolerable. Y lo es. ¿Pero qué calificativo merece cometerlo con sus “iguales”, porque de no haber sido encontrada, nada en ella, excepto su apariencia externa, le diferenciaría de los animales con los que convivía y junto a los que fue creciendo, los perros y gatos que ella asimiló como “parientes” y cuya conducta imitaba.

Ya no quemamos en la hoguera ni ahorcamos a las mujeres y a los hombres que son “diferentes”, pero seguimos mordidos por el analfabetismo moral y por el oscurantismo, pues lo que hemos conseguido no es que desaparezca la crueldad ni los abusos, sino desplazarlos hacia otro tipo de seres vivos, y es que parece que el hombre necesita destruir para satisfacer sus más bajas pasiones, incapaz de dominarlas, las orienta hacia aquellos seres cuyo maltrato se ejerce con impunidad. Lo más repugnante de esta realidad es que tal licitud viene dictada por los que “trabajan por el bien y el progreso de la Sociedad”.

Si además de todas las barbaridades todavía permitidas: corridas de toros, vivisección, peletería, granjas intensivas, circos con animales, etc., se derogase la prohibición de algunas ahora ilegales: peleas de perros, ahorcamiento de gatos, lanzamiento de cabras al vacío, etc., que nadie albergue la menor duda de que se empezarían a producir de forma más o menos abundante, pues no tenemos más que comprobar cómo es así en aquellos lugares en los que la ley todavía las autoriza. No es habitualmente por desgracia la cordura, la sensibilidad o la cultura quienes erradican la brutalidad del acerbo humano, sino el miedo a sus consecuencias penales y cuando éstas no existen, surge nuestro lado más salvaje y despiadado.

Tal hecho muestra como la maldad es una característica inherente al hombre y que sólo una norma estricta, adecuada y suficiente, puede poner fin a tantos espectáculos sangrientos y basados en el padecimiento extremo de animales. Porque es un crimen matar a una niña que sólo sabe ladrar, al igual que lo es asesinar a un toro que únicamente puede mugir, a un gato limitado a maullar o a un mono capaz exclusivamente de chillar, porque todos, todos ellos, pueden sufrir. Y es que el hombre, a diferencia de cualquier otro animal, es el único que puede combinar los verbos matar y disfrutar.

Noticias relacionadas

Trampantojos esperpénticos

Quiero una democracia como la sueca, no una dictadura de izquierdas demagógicamente mal llamada democracia como la que tenemos en España

Ministra de Justicia, Garzón, un comisario, Sánchez e Iglesias

¿Pero qué pasa aquí?

¿Son útiles las religiones?

El sincretismo religioso conduce a no creer en nada

El día de…

Nos faltan días en el año para dedicarlos a las distintas conmemoraciones y recordatorios

Como hamsters en jaula

​Hermanos: estaréis de acuerdo conmigo de que los acontecimientos políticos están pasando a una velocidad de vértigo
 
Quiénes somos  |   Sobre nosotros  |   Contacto  |   Aviso legal  |   Suscríbete a nuestra RSS Síguenos en Linkedin Síguenos en Facebook Síguenos en Twitter Síguenos en Google Plus    |  
© Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto | Director: Guillermo Peris Peris