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El dogma del progreso

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
miércoles, 3 de junio de 2009, 09:30 h (CET)
Desde hace más de cuatrocientos años se puso en marcha la idea de que la voluntad del hombre y su omnímoda libertad podían llevar a la humanidad, en una marcha imparable hacia una sociedad cada vez más sabia y más feliz. Los avances científicos avalaban su capacidad de conocer y someter a su dominio la naturaleza entera. Todo era cuestión de descubrir las leyes que rigen el universo, desde la evolución de los seres vivos a la deriva de las galaxias, para afirmar con orgullo al hombre como el centro de todo. Contra los que advertían que todo lo creado no lo había hecho el hombre, se encontró la teoría de la evolución de la materia que hacía innecesario a Dios. A todo esto se le llamó progreso.

El progreso es el dogma en el que se sigue creyendo, la razón última que exige nuestra sumisión absoluta. Quien se atreva a cuestionar su validez será expulsado de la comunidad, execrado y vilipendiado sin compasión.

Pero si los éxitos científicos avanzan a un ritmo de vértigo, no está nada claro que la humanidad haya progresado, de parecida forma, hacia la felicidad y la perfección. De hecho, los intentos de organizar la sociedad sobre bases doctrinales que se presentaron como científicas, acabaron bastante mal. Pensemos si han conseguido una humanidad más feliz el marxismo, el nazismo, el maoísmo o el liberalismo. Si el mundo occidental ha obtenido un mayor desarrollo económico y sus poblaciones un mejor nivel de vida no significa que lo tengan asegurado, ni tampoco que ello haya beneficiado al resto de la humanidad, quizás, todo lo contrario.

A título de ejemplo: si miramos a nuestra historia reciente, la ilusión que los españoles pusieron en la República se desinfló pronto. Recordemos el “no es esto, no es esto” de Ortega y otros intelectuales que la saludaron con alborozo. Quizás ya se está diciendo lo mismo de la transición: no es esto lo que esperábamos de ella.

Otro ejemplo es Europa: el desinterés de los ciudadanos por las elecciones europeas muestra que el ideal moral de una Europa unida, que pusieron en marcha Schuman, Adenauer y De Gasperi, está oscurecido por una incomprensible estructura burocrática e intervencionista. Además no sabemos qué pasará en esta Europa envejecida e insolidaria, frente a la crisis que nos azota y al empuje de otras culturas.

En cuatro siglos que llevamos creyendo en el progreso, no hemos sido capaces de darnos cuenta de los estrepitosos fracasos que hemos ido cosechando respecto a esa meta de llegar a una humanidad feliz. Las guerras permanentes, el terrorismo, la bomba atómica, el hambre, la corrupción, los totalitarismos, el fanatismo, son lacras que debían hacernos la pregunta: ¿en qué nos hemos equivocado? A mi no me sirve que nos digan que ya llegará un futuro estupendo que exige nuestro esfuerzo de hoy, porque ese futuro incierto no nos va a librar de la muerte y un futuro en el que ya no estemos no vale nada.

El dogma del progreso pretendió sustituir al de la Providencia Divina y creo que ha fracasado. Los avances de la ciencia han puesto ante nuestros ojos un universo más grande de lo que jamás sospecharon los antiguos, desde las profundidades del átomo a la lejanía de las galaxias y una vida palpitante mucho más rica y más compleja de lo que podíamos imaginar. Nada de ello lo hemos hecho nosotros, no es concebible que haya surgido por azar, por casualidad, ni que de la materia inanimada haya emergido el pensamiento.

Tampoco hemos encontrado en el progreso una realidad que colme nuestras ansias de felicidad infinita, ni que dé razón de nuestra existencia, ni que nos ofrezca una esperanza creíble de bienaventuranza eterna.

Dentro de nosotros hay un latido, una ley, que nos llama a reconocer al Creador como origen, guía y meta del Universo. Somos seres finitos con ansia de infinito y el progreso del conocimiento tendría que llevarnos a Él.

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