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Etiquetas:   Buñuelos de viento   -   Sección:   Opinión

Los que aquel día amamos a Susan Boyle

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
martes, 2 de junio de 2009, 02:22 h (CET)
Susan Boyle dejó patidifuso a medio mundo no porque tuviese una voz asombrosa que nadie había aún descubierto. Susan Boyle nos dejó boquiabiertos porque era la antítesis del éxito. Fea, gorda, demasiado mayor, religiosa y poco refinada en un siglo en el que la imagen es el pasaporte que te cierra o abre los caminos de la vida, ella parecía haber alcanzado el éxito llevando la contraria a todo el mundo, siendo políticamente incorrecta. Confieso que personas así “me ponen”, por utilizar una expresión popular aunque heterodoxa.

Su voz asombrosa nos trasformó a todos en incrédulos absolutos, parecía imposible asumir lo que las pantallas de televisión nos echaban a la cara. No encajaba, parecía imposible en nuestro mundo en el que tan controlado teníamos qué era el éxito y los caminos para acceder a él. Su imagen era grotesca, absurda y fuera de lugar en un mundo cabalmente ordenado en el que no parecía haber resquicios para lo imposible. No era sólo su voz lo que destacaba; lo que rompía los moldes de nuestra concepción social era ella y sus circunstancias vitales ajenas a lo que la tele nos predica cada día.

Ayer Susan Boyle ha perdido y casi a continuación ha tenido que ser ingresada en un hospital siquiátrico, no ha resistido la presión de la fama, de las fotos, de youtube, de las preguntas capciosas de la prensa. Susan Boyle era una persona hecha para la vida discreta de su pueblo, no para los altares sociales de una aldea global en la que algunos como ella no pueden estornudar sin que se sepa inmediatamente en las antípodas. En este momento Susan Boyle es un juguete roto por la presión social que necesitará tiempo para recuperarse. Probablemente su vida no volverá a ser lo que era en un principio, algún día terminará por grabar discos, firmar autógrafos y protagonizar alguna película por la que Jolivuz le pagará una pasta gansa.

La pregunta profunda, el interrogante al que nadie sabrá responder, la adivinanza insoluble es ¿cuándo ha vivido mejor Susan Boyle, cuándo ha sido más feliz, antes o después?

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