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Etiquetas:   La linterna de diógenes   -   Sección:   Opinión

¿Esa Europa? No, gracias

Luis del Palacio
Luis del Palacio
martes, 2 de junio de 2009, 02:21 h (CET)
Apunto de coger en Dusseldorf un avión a Madrid, corrijo las notas de mi columna de los martes. He dudado entre titularla “Euroescepticismo” o “La decepción de Europa”. Ambas me han parecido demasiado solemnes, así que he optado por el que encabeza estas líneas.

Puede que los historiadores se refieran alguna vez al sueño fallido de crear una Europa unida, y que lo acoten en dos etapas bien definidas: la primera se iniciaría en la primera mitad de los años sesenta y llegaría hasta comienzos de la penúltima década del siglo pasado. Correspondería a la época de apogeo del Mercado Común, un selecto club que, de manera bastante insolidaria con el resto de sus vecinos, constituía una suerte de “hermandad de socorros mutuos” que les aseguraba una posición fuerte frente al gigante norteamericano y el imparable avance –entre otros- del mercado japonés. Los requisitos para ingresar en la logia eran numerosos y realmente difíciles de cumplir, y es por eso que España no fue aceptada hasta 1986. Aproximadamente por esas fechas decidieron cambiar de nombre, y lo que había sido durante más de veinte años el Mercado Común pasó a denominarse, de forma un tanto ambigua, Comunidad Económica Europea. La idea –para algunos peregrina- de crear la “moneda única europea” fue sin duda la prueba más fehaciente de que se quería reformar algo sustancial, no sólo en el mecanismo interno del club sino en la propia estructura de Europa; lo cual resultaba bastante más trascendental de lo que en aquellos tiempos nos imaginábamos…

La segunda etapa había comenzado.
En pocos años se fue dando forma a un engendro de tres cabezas, una de las cuales –Gran Bretaña- optó por convertirse en una especie de prótesis de quita y pon, mientras que las otras dos –Francia y Alemania- anduvieron mordisqueándose en el cuello hasta que la segunda acabó imponiéndose. El Reino Unido aplicó su principio de “estar sin estar” –una variante de la “splendid isolation” de Churchill- y decidió no participar en la aventura de la moneda única, a la que llamaron “euro”. Fue Alemania la más interesada en adoptar la divisa única, entre otras cosas para equilibrar el déficit que le supuso la reunificación del país tras la caída del Muro de Berlín. Este casi impuesto liderazgo durante la década de los noventa, contribuyó a que algunos se empezaran a referir a la República Federal como “la locomotora de Europa”. Otro facilón lugar comun que, bien analizado, se queda en humo de pajas, ya que Alemania no sostuvo nada durante tan crítico momento de su historia reciente, sino que más bien se dedicó a administrar la logia; una logia (el antiguo “club de elegidos”) que, si deseaba subsistir siguiendo las pautas marcadas en la década anterior, debía incorporar países que, aun siendo europeos, a duras penas habían salido del subdesarrollo. En los albores del siglo XXI se iniciaba la etapa de las nuevas incorporaciones y países como Rumania, Polonia o las repúblicas bálticas, consideradas naciones de tercera o simplemente ignoradas, pasarían a codearse con las potencias de siempre: Alemania, Francia e Inglaterra. Ya no se hablaba de Mercado Común ni de Comunidad Económica Europea, sino de Unión Europea.

Con la incorporación al euro de todos los países (excepto la astuta Albión), a partir de 2001, el rechazo en referéndum a la Constitución Europea por países como Francia e Irlanda y la eliminación de fronteras, que produce un efecto devastador en naciones que no las tienen naturales (otra vez las Islas Británicas se llevan la mejor baza), el ciudadano europeo se siente menos europeo que nunca, añora su vieja moneda –la que entonces le permitía vivir dignamente-, sus coordenadas geográficas de siempre, y no se siente particularmente hermanado con ningún distante país por muy europeo que sea.

En las próximas elecciones al Parlamento Europeo se prevé una gran abstención y, desde luego, no sólo en España. El ciudadano que proviene de los dominios propios de quienes fundaron el club hace casi medio siglo, no entiende muy bien que Europa sea una entidad ni que desde el Parlamento Europeo se adopten decisiones (prohibición del tabaco aparte) que puedan favorecer a sus economías y políticas particulares. Se percibe un enorme escepticismo, cuando no una creciente oposición (como, otra vez, en Gran Bretaña, donde baten palmas por haber conservado la libra esterlina)

El próximo domingo muchos optarán por ir a dar un largo paseo a pie o en bicicleta, en vez de acudir al colegio electoral para que esos nuevos salvapatrias de Vacheron Constantin y Armani se lleven calentito en un mes lo que muchos mileuristas se embolsan en un año, sin que a casi nadie parezca arrendarle la ganancia.

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