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Etiquetas:   Crítica de cine  

"Star Trek": Abrams begins (otra vez)

Gonzalo G. Velasco
Gonzalo G. Velasco
domingo, 31 de mayo de 2009, 22:49 h (CET)
Antes de pasar a comentar la última película del nuevo gurú de la televisión, J.J. Abrams (sí, sí el creador de Perdidos), he de dejar claras dos cosas: la primera, que entre mis numerosos cadáveres en el armario no se encuentra, por fortuna, el de ser un trekkie (siempre he sido más de Dr.Who); y segunda, pero no menos importante, que la carrera J.J. Abrams (sí, si, el de Perdidos, pero también el de, ejem, Felicity) me parece que está francamente sobrevalorada. Como guionista empezó con la sosaina Eternamente Joven y con la ridícula Armageddon, luego se pasó a la tele y creó la mencionada serie Felicity, a la que siguieron Alias, que a pesar de su redefinición de las sagas clásicas de espías en clave postadolescente tampoco era para tanto, Perdidos, que, si bien arrancó con brillantez es, en estos momentos, la mayor tomadura de pelo del audiovisual norteamericano, y Fringe, una revisión de Expediente X tan insulsa y predecible como cualquier viejo capítulo de McGyver. En calidad de director Abrams ha sido también el responsable de la tercera entrega de Misión Imposible, simplemente correcta, y ahora, después de haberle producido a su amigo Matt Reeves la disaster-movie posmoderna Monstruoso (otro engañabobos de proporciones épicas), maneja los hilos, tras las cámaras, de la reformulación, actualización, remake o como quieran llamarlo de la añeja space-opera Star Trek.

Sobre el tapete todo parece estupendo y muy original. Algún ejecutivo vio un buen día el Batman Begins de Christopher Nolan y, en un arrebato de preclaridad, le dijo a su equipo: “vamos a hacer lo mismo pero con el Dr. Spock y el Capitán Kirk”. Luego, otro ejecutivo de menor rango probablemente preguntó “¿y como vamos a hacer eso si ya no hay nada más que contar?” por lo que fue despedido. El jefazo proyectó entonces la quinta temporada de Perdidos en una pantalla de plasma y todo el equipo cayó al fin de la burra al ver como J.J.Abrams y sus colegas se lo han montado para marear la perdiz y apuntalar, al mismo tiempo, ese gran castillo de naipes narrativo que es Perdidos mediante convenientes viajes en el tiempo que justifican cualquier cosa que se les ocurra o pueda ocurrir a los guionistas. El joven genio catódico era su hombre, sin duda alguna. “Un agujero negro, nos pasamos la cronología por el forro, ponemos algún cameo de la serie original, buscamos actores guapetones de nueva generación, y empezamos de cero”, fue probablemente la propuesta de Abrams. Nadie le discutió ni un detalle, porque, como es sabido, lo que este tipo dice va a misa, así que tras un rodaje de presupuesto muy pero que muy superior al de cualquier entrega previa de la franquicia, un producto que creíamos caduco y polvoriento entusiasma no sólo a los seguidores tradicionales de la serie, sino que logra que toda esa gente a la que la mera mención de las palabras Star Trek siempre le ha producido sarpullidos, se acerque a la pantalla grande y disfrute con las nuevas aventuras de la nave Enterprise. La clave: que en realidad la película se parece más a Star Wars que a Star Trek, con lo que tenemos a todos los freakies contentos y a gran parte de la crítica rendida ante el talento del equipo de Bad Robot, la productora de Abrams.

La maniobra tiene su mérito y justo es reconocerlo. Escenas como la de Spock y Kirk zurrándose la badana mutuamente rezuman interés y mala baba a partes iguales, al diseño de producción no se le puede poner ni una sola pega y, en cuanto a los actores, la mayoría encarnan a sus icónicos personajes con eficacia. Lo que ocurre es que, aunque a muchos se les llene la boca hablando de una película profunda donde los personajes están por encima de la acción y de un hito en la historia de la ciencia ficción moderna, la cruda realidad es que no hay mucho más. Todo el armazón dramático de la película se centra en ver al futuro capitán Kirk a punto de caer al vacío desde distintos salientes y ya. La trama no tiene fuerza más allá de la rivalidad entre los protagonistas principales. Buena prueba de ello es el recurso a Leonard Nimoy para evitar que los puristas se solivianten, el torpe retrato de la mayoría de los secundarios, especialmente Scotty, y el hecho de que el malo malísimo, un Eric Bana desaprovechadísimo, esté más bien para decorar que para otra cosa. Pero en fin, estos son los tiempos que nos han tocado vivir, y si no hace mucho la moda era vender plagios bajo forma de homenaje, ahora le toca el turno a la falta de ideas disfrazada de profundización en los orígenes. Yo, que soy un clásico, creo que prefiero los remakes de toda la vida.

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