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Etiquetas:   Al aire libre   -   Sección:   Opinión

Euroescepticismo

Pascual Falces
Pascual Falces
sábado, 30 de mayo de 2009, 09:53 h (CET)
Hubo un tiempo pasado, no muy lejano, que en España se vivía un cierto fervor europeo. Preocupaba, hasta cierto punto, si era favorable o no el aumento progresivo de naciones que se iban integrando en el núcleo inicial. Incluso, se aceptó de buen grado, sustituir “las antiguas pesetas” por el rimbombante Euro que siempre ha cotizado más que un dólar, lo que nos hacía sentir ficticiamente más ricos, aunque todo nos resultase más caro, porque ya se sabe, a río revuelto… y lo que costaba cien pesetas, un buen día comenzó a costar un euro.

Fueron los tiempos en que el alma de España se sintió henchida de Europa, y en que los llamados “Fondos de compensación” no cesaban de llegar y de constatarse sus resultados en campos y caminos. Cediendo soberanía en terrenos imperceptibles, el español se iba sintiendo europeo, desde aquellos tiempos en que, más o menos, “en Flandes se había puesto el sol”. Aunque, en la práctica no se utilizara, se sabía que con el DNI se podía viajar desde Lisboa a Helsinki, o desde Atenas a Copenhague. La Europa que habíamos asociado con sangrientas guerras, se extendía ahora como un mapa de Google Earth, lista para ser visitada en plan turista o establecer futuros negocios, o, sencillamente, para encontrar un buen trabajo más adelante. Y creció la atracción europea.

Eran años en que, poco a poco, con sus más y sus menos, la Transición se iba digiriendo por unos y otros, y, se puede decir, que reinaba un cierto silencio en nuestro país tan sólo interrumpido por los tiros en la nuca de los de siempre. Pero, se podía mirar “hacia fuera”, incluso pensar en que si después de siglos viviendo a espaldas de Europa, y olvidado el ocaso del Imperio español en América, tras el renacer del “noventa y ocho”, la aventura en comandita con los europeos podía conllevar un interesante futuro.

No parecía sino que ellos y nosotros habíamos aprendido las lecciones del pasado, y cada uno olvidando sus pecadillos, o pecadotes, y arrepentido de ellos, supiéramos que el mundo se había globalizado, que la Tierra era una Aldea Mundial dispersa, y que Europa, por su grado de desarrollo tenía que ser modelo de cómo hacer esa unidad, la solidaridad de abatir fronteras y establecer equilibrios que acabarían beneficiando a todos los pueblos del Globo. La Unión Europea era el ejemplo de esa gran transformación.

Más, hete aquí, que, la burocrática Bruselas, ha desinflado el globo europeo. La Constitución que ofrecieron como broche de tanta ilusión descarriló en sus primeros trancos, y el Tratado de Lisboa, que como sucedáneo se ha ofrecido a los frustrados ciudadanos europeos no ha conseguido emocionar a nadie. La Comisión Europea ha perdido entidad, y el Parlamento prestigio. Este último se considera un sedentario hemiciclo de políticos incómodos o en el ocaso, y de badulaques aferrados al momio de un sueldo exento de impuestos.

Añádase unas elecciones para ese parlamento en que los partidos se están arrojando toda clase de improperios que nada tienen que ver, ni reflejan, la menor inquietud o proyecto con respecto al futuro de Europa. ¿Se va a ampliar? ¿Entrará Turquía? ¿Qué relaciones aguardan con el otro lado del Mediterráneo? ¿Qué porvenir tienen las tropas en Asia Central? etc. Y, de este, o parecido modo, el euro escepticismo se ha ido haciendo lugar.

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