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Etiquetas:   Buñuelos de viento   -   Sección:   Opinión

Bragas y sujetadores

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
viernes, 29 de mayo de 2009, 01:08 h (CET)
Bajo en ca mi vecina a pedir un pellizquito de sal y a tomar un café, que para eso están los vecinos. La verdad es que aterrizo en el peor momento, en plena discusión entre madre e hija por la ropa que se quiere colocar encima la chavalilla, ay, la adolescencia, qué pérdida de tiempo más absurda. Nos olvidamos del pellizquito de sal y bajamos los tres a la cafetería del portal a ver si consigo desantrancar el ambiente familiar de mis vecinos. La nena quiere tomar un café, que tiene 16 años y se sabe muy mayor y portadora de muchos derechos. Su madre le dice que no: “Podrías abortar porque lo dice la Barbie abortista pero no te tomas un café porque lo digo yo, que todavía nadie me ha quitao la autoridad”.

Al final el café le da igual a la niña, era sólo por probar a armar follón pero la adulta adolescente prefiere tomarse un batido de fresa. La situación se mantiene tensa durante unos minutos espesos y largos, la llegada del camarero con su bandeja y su pedido relaja el ambiente.

Cuando ya creíamos todo pasado, en medio de grandes voces y risas llegan a la mesa de al lado seis orondas señoras con un berreante niño, toman posesión de dos mesas y hablan de sus cosas y de lo rico que es el bebé y de lo feliz y orgullosa que está la abuela que lo acompaña. Al sentarse varias de ellas nos dan la espalda, lógicamente. Una nos muestra con absoluta indiferencia los tirantes del sujetador y con el mismo desparpajo nos muestra la cinturilla de sus bragas. Es muestra de lo mucho que ha progresado España en libertades y desinhibiciones, me temo, no nos importa mostrar públicamente la ropa interior, la ropa que antes era interior y ahora es… ropa de exhibición. Y qué más da lo que es ahora, esa ropa es España, es indiferencia, es todo vale, cualidades de las que en España hacemos ostentación.

Madre e hija se miran con mutuo reproche y fruncen el ceño sosteniendo cada una la mirada de la otra. La señora que nos muestra displicentemente sus interioridades ni se entera ni le importa que veamos su obesa riñonada y sus bragas, pero ella es el tema de la silenciosa conversación entre madre e hija, su cruce de miradas es bastante explícito y sólo al cabo de un largo rato la hija le dice a la madre:

- Mira, ¿ves como es normal? Es una señora bien mayor, va enseñando sus bragas y nadie dice nada, eres una carca, mamá, no pasa nada, ¿ves que es normal hasta en señoras mayores? ¡Y tú no me dejas, cómo eres!

- Mira, guapita de cara –dice la irritada madre- tienes seis señoras delante de ti, te llama la atención y te atrae que una ordinaria vaya enseñando sus bragas y su sujetador, me lo pones como muestra de normalidad… pero, ¿si hay cinco que van normalmente vestidas, por qué te fijas en la minoría que va casi enseñando el culo? ¿Pesa más una señora culona que cinco discretas? ¿Qué es según tú lo normal?

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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