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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Obama y los límites de la destreza

E. J. Dionne
E. J. Dionne
martes, 26 de mayo de 2009, 23:55 h (CET)
Bill Clinton intentó crear la Tercera Vía. El Presidente Obama lo está haciendo. Es emocionante, pero también desconcertante.

A lo largo de la última semana, la verdadera naturaleza del proyecto político de Obama ha quedado mucho más en evidencia. Se dispone a construir un nuevo y longevo estamento político, ubicado ligeramente a la izquierda del centro pero que incluya todo el mundo excepto la extrema derecha. Es ciertamente una idea fresca, puesto que Washington no ha visto un estamento izquierdista desde mediados de la década de los 60.

"Estamento izquierdista," por supuesto, suena terrible para muchos, y Obama no utilizará nunca el término. Pero aquellos que lo protagonizaron en su apogeo lograron mucho, desde Medicare a los vales de alimentación pasando por el programa Head Start y la ayuda federal a la enseñanza. Sus logros más reconocidos fueron las leyes de derechos civiles que despejaron el camino a la elección de nuestro primer presidente afroamericano.

Pero el estamento izquierdista también fue resueltamente inflexible en su enfoque de la política exterior y la seguridad nacional. El término "progresismo de Guerra Fría" no se acuñó por nada.

Y no es ningún accidente que la Guerra de Vietnam supusiera el testamento de esa filosofía. Temeroso de que una victoria comunista en Vietnam reviviera la crítica de la extrema derecha de presunta debilidad progresista, Lyndon B. Johnson -- cuya aspiración era ser un gran reformista social nacional -- entró en el sureste de Asia armas en mano. Ya conocemos el resultado.

La faceta preocupante de los esfuerzos de Obama por crear esta nueva filiación política es que construirla le exige enviar mensajes completamente diferentes entre sí a sus componentes. Interpretar ante muchas audiencias de una sola vez puede producir momentos para olvidar.

La tarde del pasado jueves, por ejemplo, la Casa Blanca invitaba a periodistas, columnistas sobre todo, para vender el contenido del gran discurso del presidente acerca de Guantánamo y el trato a los detenidos.

Sin saberlo los periodistas hasta después, habían sido divididos en dos grupos, uno más centrista con opiniones conservadoras moderadas puntuales, y el otro de corte más izquierdista. (Yo estaba en el grupo izquierdista.) El presidente realizó una aparición no programada durante la conferencia de cada uno de los grupos. Como es su costumbre, encantó a ambos.

La idea, por lo que puedo inferir, consistía en vender al grupo de izquierdistas esos aspectos del plan de Obama que suponen una ruptura de las políticas de George W. Bush, y vender al grupo centrista la dureza del enfoque del presidente y el hecho de que abarca las maniobras más moderadas de Bush de finales de su segundo mandato.

La doble labor de marketing fue inmensamente fomentada por los ataques vertidos por el ex vicepresidente Dick Cheney contra Obama después de que el presidente pronunciara su propio discurso.

Para la izquierda, que está descontenta con las decisiones de Obama en asuntos tales como la detención preventiva, la extraña explosión de Cheney supuso un recordatorio de lo mucho mejor que es Obama con respecto a los que estaban antes. Mientras que los libertarios civiles denunciaron partes del discurso de Obama, gran parte de la izquierda concentró su fuego sobre Cheney.

El centro y la derecha moderada, en el ínterin, podrían tener la satisfacción de despreciar al viejo Cheney y comentar con conocimiento de causa lo básicamente "solventes" y "realistas que eran realmente los planes del presidente.

Y durante la próxima fase de sus esfuerzos en seguridad, Obama espera incorporar a los conservadores moderados y a los libertarios civiles a la misma mesa para trazar las normas de trato a los detenidos. Serían más protectoras de sus derechos que las de Bush, pero más duras de lo que la Unión Americana de Libertades Civiles tiene en mente.

La maniobra en dos fases de centro-izquierda también se evidencia en la esfera nacional. Está impulsando de mala manera los programas que los progresistas han buscado durante años -- y, en el caso de la sanidad, durante décadas. Pero con la crisis económica, ha optado decididamente por el centro, dejando a un lado los llamamientos a nacionalizar bancos y trabajando íntimamente con el estamento financiero para reanimar la economía.

Y hay sutilezas entre las sutilezas: Obama quiere un mercado financiero más regulado, pero sin faltar a los acuerdos básicos del capitalismo estadounidense. Si Obama sale adelante con su idea, los banqueros de inversión tendrán algo menos de dinero y pagarán más impuestos, pero seguirán siendo ricos.

La instancia que Obama está intentando construir mejoraría el país -- haciéndolo más igualitario, más justo y más conscientes de las obligaciones constitucionales del gobierno. La extrema derecha está siendo aislada, y los Republicanos simplemente están perdidos.

Pero los estamentos tienen la costumbre de confiarse enseguida en su capacidad de manipular a la gente y los acontecimientos, y a volverse demasiado seguros de su propia rectitud moral. El talento político y esencial de Obama es innegable. Lo que tiene que tener presente son los límites de su propia destreza.

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Diario SIGLO XXI dispone de los derechos de publicación en exclusiva para medios digitales españoles de este y muchos otros columnistas del Washington Post Writers Group.

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