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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Algo más que una simple cosa

Jesús Domingo Martínez
Redacción
martes, 26 de mayo de 2009, 12:09 h (CET)
Hace tan sólo unos días que la eufórica Ministra de Igualdad en un alarde de ignorancia, se ha atrevido a negar la humanidad del feto, el mismo día que el Presidente afirmó que la ley del aborto pretende evitar la interferencia de los padres en la decisión libre e íntima de las mujeres, especialmente en edad adolescente.

Ante tamaños disparates pienso que es urgente que desde la sociedad española se adopten medidas alternativas. El Gobierno no ha querido dialogar con quienes niegan la legitimidad del aborto. Es más, se ha atrevido a negar, y sigue haciéndolo, la racionalidad y la validez de sus propuestas. Es hora pues de que sea la sociedad la que asuma, mediante todos los instrumentos legítimos a su alcance, la radical protección de toda vida humana concebida y no nacida. La sociedad española no debe abandonar a su suerte a las mujeres embarazadas en situación de riesgo, ni puede permanecer indiferente ante una norma que, contra evidencia científica y antropológica, determina de modo arbitrario que el feto no es más que una simple cosa, algo así como un tumor en el vientre de la mujer.

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Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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