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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Dónde esta la ley de protección animal

Julio Ortega Fraile
Redacción
martes, 26 de mayo de 2009, 11:39 h (CET)
¿Qué tal están de imaginación?, porque les quiero pedir que hagan en este momento un esfuerzo de figuración. Supongan que están inmovilizados por un par de individuos, que uno de ellos les practica con una cuchilla un profundo corte en la cabeza, después sujeta el borde del mismo en forma de esquina y empieza a tirar levantándolo, así hasta despegarles por completo el cuero cabelludo del cráneo dejando a la vista una superficie sanguinolenta. Es muy desagradable pensar en una situación semejante, ¿verdad?

Pues eso es exactamente lo que le han hecho a un gato a comienzos de este mes en un Pueblo de Guadalajara y en su caso no era una ficción. Se lo encontraron con vida y completamente desollado de la mitad de su cuerpo hacia atrás, con las uñas ensangrentadas y en un estado de padecimiento físico que no es necesario describir para hacerse una idea. El animal tuvo que ser sacrificado para poner fin a su terrible sufrimiento. Tenemos por lo tanto que un gato ha pasado por una tortura indescriptible, por un dolor inimaginable y que al final ha muerto, ¿y todo por qué?, pues para que alguien se divirtiese un rato a su costa contemplando la indefensión y la angustia del animal.

Algunos dirán que constituye un caso aislado pero no es así, en nuestro País esos sucesos “esporádicos” merecen ya el desgarrador calificativo de habituales. Todas las semanas, por no decir que todos los días, nos enteramos de salvajadas similares, pero seguimos actuando como si fuesen trágicas anécdotas que por lo escasas ni hay que tener en cuenta; un razonamiento equivocado, equivocado y de consecuencias muy graves, a menudo mortales, para determinados seres cuya protección es un deber de los hombres.

¿Encontrarán a los responsables?, no, no lo harán. Si me equivocase y diesen con ellos, ¿serán condenados a alguna pena acorde con su crimen?, no, nunca ocurre tal cosa. Un juicio rápido, una multa irrisoria y esa misma noche a cenar en su casa con la familia, mientras cortan el pan con las mismas manos con las que martirizaron sádicamente a un gato unos días antes.

La consecuencia inevitable es que el acto se repita, porque esa perversión no es un impulso que llega un día y desaparece al siguiente, sino una degeneración de la conducta presente de forma permanente en ciertas personas; la actitud negligente que supone pasar tales hechos por alto es la que propicia la reincidencia más que probable del despiadado sujeto: ayer con un gato, mañana con un perro y pasado tal vez con un ser humano. Sobran los ejemplos que confirman esta progresión en la elección de las víctimas.

Estoy tan harto de la crueldad de algunos hombres como de la hipocresía y de falta de sensibilidad de nuestros gobernantes; la de los primeros me repugna, la de los segundos además me asusta por la responsabilidad de su cargo. El Partido en el poder prometió durante la campaña electoral una Ley de Protección Animal y mintió, escudando después su embuste en la supuesta competencia de las Comunidades Autónomas para esta materia. Pues muy bien, si no es una atribución estatal y sí autonómica me da lo mismo, que el procedimiento para cambiar o ampliar la Ley sigue siendo un instrumento a su alcance y cuando les conviene bien que lo utilizan.

Pero no, es mucho mejor seguir amparándose en cuestiones formales y que nada cambie, que se continúe pagando con unos pocos euros de sanción el sufrimiento causado a los animales para entretenimiento tortuoso de otros que se dicen racionales. Eso cuando no es el propio Estado el mecenas de la crueldad.

Ya vale Señores políticos de tanta abulia y de evasivas en este asunto. Una de dos, o a Uds. el maltrato a los animales les trae sin cuidado o temen que los cambios en la Ley puedan tener un alcance que no les conviene, como por ejemplo que Blanco, Aguirre o Borbón se encuentren sin saber qué hacer una tarde a partir de las cinco.

Su indiferencia es vergonzosa y su actitud una muestra de desprecio no ya a los animales, que también, sino a los ciudadanos corrientes, la mayoría, esos que no se lo pasan bien violando a una mastina, ahorcando un galgo, llenando de perdigonazos a un gato común o rompiéndole con el acero los pulmones a un toro. ¿Faltas leves, arte?, ¿qué aberrante vara de medir utilizan para clasificar determinadas acciones del hombre?.

Yo no dispongo de medios ni de atribuciones para dar con el que despellejó a ese infortunado gato y enviarle a la cárcel, pero sí me asiste el derecho de recriminar su contemporización con el maltrato a los animales y de exigirles un cambio inmediato en su política al respecto. A Uds., en cambio, obligados como están a prestar atención a las demandas de los ciudadanos, no les pertenece el privilegio de seguir callando y consintiendo, no a menos que reconozcan públicamente que no piensan mover un dedo a favor del respeto a los animales y de su protección, en ese caso su sinceridad nos permitirá saber a qué atenernos porque hasta ahora, no hacen más que practicar el juego de la confusión pero yo ya no me creo sus promesas - hace tiempo que no lo hago - y no quiero seguir esperando, mi credulidad o mi paciencia le cuesta la vida a muchos animales cada día. Además, no todos los padres saben cómo explicar a sus hijos que algunas acciones que el Estado consiente o alienta son en realidad un crimen. Siguen sembrando crueldad y pretenden cosechar votos en nombre del progreso y de la democracia. ¡Cuánta hipocresía!

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