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LVIII Festival Internacional de Santander: Una ausencia


Luis del Palacio


Luis del Palacio Luis del Palacio
martes, 26 de mayo de 2009, 04:04
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España cuenta con una larga tradición en la promoción y difusión de la música clásica a través de los Festivales de Verano. Los de Santander y Granada están a la altura de los de Glyndebourne, Edimburgo, Aix-en-Provence… lo que equivale a decir, entre los mejores de Europa. Otros, acaso no tan conocidos fuera de nuestras fronteras, pero con mucha historia a sus espaldas, avalan esta tradición filarmónica. Es el caso de la Quincena Musical Donostiarra o del Festival de Pollensa. La lista podría aumentarse hasta casi la decena.

Entre los que cuentan con mayor solera es el de Santander, próximo a celebrar su 58 edición, el decano. Más de medio siglo durante el que las noches estivales de la capital cántabra han ofrecido a la afición –por una vez, no taurina- lo más destacado del repertorio clásico, romántico, barroco y contemporáneo, de la música de cámara y coral, interpretado por las mejores orquestas, los mejores directores, los mejores solistas… Una prueba de excelencia renovada año tras año, a lo largo de casi seis décadas.

Es por lo menos sorprendente que en aquella España apenas salida de la posguerra, se acometieran iniciativas de carácter cultural de esta envergadura, pero lo cierto es que las hubo y no fueron pocas. Una prueba más de que la cultura, el arte y la ciencia, transitan por caminos muy alejados del tortuoso sendero de la política.

Hace muy pocos días nos ha dejado José Manuel Riancho, fundador, junto con Ataulfo Argenta del Festival de Música de Santander.

Montañés, abogado, delegado de Turismo y director de Radio Nacional de España a comienzo de los setenta, este “caballero filarmónico” creyó y alentó la idea de crear un acontecimiento musical de carácter anual, que siguiera la tradición de otros europeos de gran empaque, como los Proms de Londres o el de Salzburgo. Con los años, el de Santander pasaría a convertirse en un referente, un modelo, semilla fecunda de la que germinarían muchos otros. En aquel cacareado “yermo cultural” –que acaso no lo fue tanto- el Festival de Santander destacó con luz propia.

Y Riancho lo dirigió durante muchos años, con el idealismo de quien está dispuesto a dejar una buena parte de la vida en una empresa tan noble como difícil. Porque conseguir el presupuesto suficiente para traer a orquestas como la Sinfónica de Londres, la Nacional de Francia, la Suisse Romande, la de la RAI; a directores como Celebidache, Ansermet, Carl Schuricht, Lorin Maazel, Zubin Mehta; a solistas como Yehudi Menuhin, Arthur Rubinstein, Victoria de los Ángeles… resultaba una tarea casi titánica. Pero se hizo; lo hicieron. Y quienes participaron en tantas jornadas memorables –intérpretes y público- celebradas en la Plaza Porticada, sabían que tenían que ser condescendientes, no con la calidad de los conciertos, que era casi siempre suprema, sino con limitaciones “físicas”, porque los medios eran pocos y los recursos muy escasos: cuando el clima, tan variable en el norte, se tornaba inclemente, la música del concierto tenía que convivir con la cacofonía de los truenos y el repiqueteo del aguacero sobre la carpa que cubría el “improvisado” recinto. Habrían de pasar casi cuarenta años hasta tener un verdadero auditorio, el Palacio de Festivales, donde celebrar la efeméride musical.

Argenta, fallecido en 1959, sólo pudo asistir a las primeras ediciones del festival que creó. Una placa, situada “en un ángulo oscuro” de la Plaza Porticada, conmemora el ciclo de las nueve sinfonías de Beethoven que en ella dirigió.

Su amigo, José Manuel Riancho, ha tenido la suerte de ser testigo, tras una larga vida, de los resultados de una idea que surgió por amor al arte. El amor a “su” arte, la música, que es el que hermana más a los pueblos.

Esperemos que en la próxima edición del Festival se le recuerde como merece.

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