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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El Rocío y el Espíritu

Piedad Sánchez de la Fuente
Redacción
lunes, 25 de mayo de 2009, 01:11 h (CET)
Una critica injusta, parcial e ignorante de lo que es la romería del Rocío y sobre todo de la intención con que hacen el camino todos los devotos de la Virgen, me ha hecho coger el ordenador para defender la romería, los peregrinos y sus intenciones. Comprendo que esas manifestaciones ruidosas y alegres no le gusten a muchas personas, pero, de eso a sacar viejas cartas de protesta diciendo que colapsan la ciudad y molestan al personal me parece demasiado. Y justamente esas protestas vienen siempre de los mismos, los “progres”, la izquierda más o menos civilizada y gente por el estilo, no voy a decir de “mal vivir” porque justamente los que protestan viven bastante bien. Estoy segura que si esa romería no tuviera carácter religioso y fuera una manifestación del orgullo gay o unos cuántos musulmanes reunidos para ir en peregrinación a la meca, no protestarían, al contrario, la alabarían como muestra de cultura o de cualquier pamplina que se les ocurriera.

Y dicho esto, voy a escribir sobre la romería a la Virgen del Rocío y del Espíritu Santo, que se celebran juntas. Escribir de estos temas con la que está cayendo, viendo tanta basura y tanta miseria donde hay quién duda hasta de la naturaleza humana de un niño en las primeras semanas de gestación, me parece necesario.

La Virgen del Rocío, es la Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra y es un retrato de Ella que a algunos les gusta más que otros, es lo que pasa con nuestra madre humana, siempre hay una foto que le tenemos un cariño especial.

No todo el mundo va en ese plan de lujo que se describe en esa carta, hay a quién le cuesta mucho sacrificio y esfuerzo ir al Santuario. Pero sobre todo nadie tiene el derecho a juzgar el fondo del corazón de los romeros, ni a juzgarlos ni derecho a ridiculizarlos. Es verdad que a veces se producen excesos pero para eso está la hombría de bien que sabe disculpar y perdonar esos fallos. Esa es la verdadera convivencia y el juego limpio, que dirían los ingleses.

En cuanto al Espíritu Santo nos convendría a los católicos profundizar en su conocimiento y en su devoción. Y pedirle sus dones que tanta falta nos hacen. Son siete y todos necesarios pero para estos tiempos tan “recios” como diría un clásico de nuestro siglo de oro, el de fortaleza es imprescindible.

Fortaleza para ser valientes en medio de lo que nos rodea, sin miedo para decir soy católica. Sí, soy católica ¿y que? Sin miedo para defender la familia, los derechos humanos, esos que son nuestros y que no nos da el gobierno de turno. Valentía para responder al mal con el bien pero en nuestro sitio y sin acobardarnos.

La Tradición cristiana asocia al don de fortaleza con el “hambre y sed de justicia” y esto tenemos que vivirlo sin miedo en el trabajo, a la hora de defender la educación de nuestros hijos, en las relaciones sociales y en nuestra actuación política en todos los ámbitos de nuestra vida y en defensa de cuanto bueno y noble tiene el ser humano. Voy a terminar con una cita de San Juan Crisóstomo, acortada porque es muy larga: “Los árboles que crecen en lugares sombreados y libres de vientos, son blandos y fangosos y fácilmente les hiere cualquier cosa. Sin embargo los árboles que viven en las cumbres de los montes más altos, golpeados por fuertes vientos y tempestades, se hacen robustos como el hierro.

Pues eso, como árboles firmes, defendiendo la dignidad de todo ser humano y con las armas que nos proporciona nuestra fe cristiana: unas creencias firmes, una esperanza apoyada en Dios y el amor que todo lo puede así tenemos que vivir.

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