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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

¡Sí pero no!

Pedro J. Piqueras
Redacción
lunes, 25 de mayo de 2009, 00:59 h (CET)
La ministra de Igualdad, Bibiana Aído, en una amplia entrevista a una cadena de radio, ante la siguiente pregunta de un oyente: ¿Si un feto de 13 semanas, que a él se le asemeja mucho a un bebé, a un ser vivo, lo es? Ella respondió: “Un ser vivo, claro, lo que no podemos hablar es de ser humano porque eso no tienen ninguna base científica”. ¡Que barbaridad! Pensé, en aquel momento me vino a la mente, el caso de mi sobrina que siguió la formación del hijo que había en su seno. La primera visita que durante el embarazo hizo al ginecólogo, era aproximadamente a las 13 semanas, me detallaba con ilusión lo que había visto en la ecografía, como el niño se desarrollaba en su útero. Después de cada control con el médico nos hacía partícipes del proceso de desarrollo de esa personita, decía: “sentía el latir del corazón de su hijo, la cabeza, las manitas, las piernitas, todo perfecto, un ser pequeño, pero humano y completo”. Aunque la ministra ahora diga que no se puede hablar de ser humano por que carece de base científica.

Aído, por querer imponer la aberración del aborto a los 16 años sin permiso paterno, ha generado discrepancias entre sus propias filas: José Blanco, en Antena 3 dijo que: “desde su condición de católico no le ‘gusta que la gente pueda abortar’”. Se suman a ello José M. Barreda, el ex presidente de Extremadura quien dice: que “aunque no la autorización paterna, sí que se informe del aborto a sus padres”. El actual presidente extremeño, Guillermo Fernández Vara, dice que: “A partir de los 16 años debe decidir, pero no sin conocimiento, que no decisión, de sus padres al ser menor de edad legal” También el diputado J. A. Pérez Tapias del PSOE, y otros del grupo parlamentario, En Ferraz opinan que los discrepantes sólo son “voces aisladas”. Es decir ¡sí pero no! ¿Es un ser humano o no? ¿A los 16 años o no? ¿Con permiso paterno o no? Es igual, se hará lo que diga ZP.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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