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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Un debate valioso

David S. Broder
David S. Broder
lunes, 25 de mayo de 2009, 00:50 h (CET)
Tuvo lugar un momento infrecuente y magnífico cuando el presidente de los Estados Unidos y el ex vicepresidente ofrecieron sus versiones acusadamente enfrentadas en materia de seguridad nacional en discursos televisados simultáneamente la pasada semana.

Si los discursos pronunciados la mañana del jueves por Barack Obama y Dick Cheney se hubieran emitido en horario de máxima audiencia en todas las cadenas de televisión, se habría realizado una contribución aún mayor al entendimiento que tiene la opinión pública de los asuntos ligados de Guantánamo, el trato a los detenidos y la búsqueda de la transparencia.

Pero aquellos que vieron la cobertura de Obama que hizo el cable en el Archivo Nacional y de Cheney en el American Enterprise Institute escucharon a dos hombres, con conocimiento profundo en la materia, pronunciando firme, clara y apasionadamente sus opiniones.

Terminé pensando lo mucho más satisfactorio e iluminador que era este intercambio en comparación con los debates presidenciales y vicepresidenciales en los que participaron los dos mismos caballeros cuando se presentaban al cargo. Las estrictas exigencias de tiempo impuestas en esos encuentros, y la dependencia posterior de respuestas prefabricadas en forma de eslóganes, evitan el tipo de discusión mantenida entre ambos caballeros.

En su entrevista con Jon Meacham, de Newsweek, Obama decía haber aprendido de la campaña que el pueblo estadounidense "no sólo tiene tolerancia sino que también tiene hambre de explicaciones y complejidades, y disposición a reconocer de frente problemas espinosos. Creo que uno de los mayores errores en los que se incurre en Washington es esta noción que dice que hay que endosar chorradas a la opinión pública.”

También Cheney se mostró despreciativo hacia las fórmulas simplistas que tienden a preferir los políticos -- uno de los motivos de que él nunca fuera la sensación del circuito de actos de campaña. Pero es igual de serio que Obama al hablar de gobernar, y tiene la misma confianza en sus propios juicios.

Lo que vimos en suma fue a dos hombres argumentando asuntos vitales sin el tipo de demagogia encubierta que degrada demasiadas campañas.

La idea más firme de Cheney en mi opinión fue la afirmación por su parte de que Obama "no tenía ningún plan" de dar salida a los 240 inquilinos de la cárcel de la Bahía de Guantánamo cuando anunció, al poco de jurar el cargo, que las instalaciones iban a ser clausuradas en cuestión de un año.

Ese anuncio, en cumplimiento de una promesa explícita de campaña, simbolizaba una ruptura clara con respecto a la administración Republicana anterior y cosechó elogios a Obama entre aliados europeos y muchos de sus partidarios incondicionales aquí en el país.

Pero al anteponer el gesto fácil a una estrategia pensada en profundidad, Obama dejó expuesto el flanco a la represalia que hemos visto -- y permitió que los críticos como Cheney cuestionen su rigurosidad en la gestión de cuestiones de seguridad sensibles.

El discurso de Obama -- con su elaborada descripción de las cinco categorías de los detenidos -- demostró que ahora ha desarrollado una idea rigurosa de las consecuencias de su decisión de cerrar el penal. Pero un plan específico para la gestión de los casos más espinosos no estará listo hasta dentro de semanas o meses. Hubiera sido mejor que hubiera abordado esa cuestión antes de la maniobra frente a la opinión pública y el Congreso para "quitárselo de delante.”

Pero si Cheney estuvo acertado en que no había ningún plan, Obama argumentó la mejor defensa de la cuestión subyacente de cómo aplicar los valores básicos de América, incluyendo el respeto al estado de derecho, cuando amenazan los terroristas.

Brilla por su ausencia cualquier prueba que pudiera permitir a la gente corriente juzgar la afirmación que hace Cheney de que los métodos que Obama ha prohibido ahora fueron necesarios para evitar un segundo 11 de Septiembre. Evitar técnicas de interrogatorio como la asfixia simulada, que históricamente se han clasificado como tortura, no sólo limpia nuestras conciencias y mejora nuestra reputación; protege a nuestros propios efectivos cuando son capturados.

Obama también estuvo fabuloso al abordar el populismo histérico que reina entre los legisladores de ambos partidos que se sometieron rápidamente a la exigencia de que ningún terrorista fuera trasladado a nuestras cárceles. Él ha manifestado esta firmeza con anterioridad cuando detuvo en seco los llamamientos a castigar a los receptores de las primas de AIG. Su tranquilo testimonio de la seguridad de nuestras cárceles fue exactamente lo que exigía la situación.

Y es también valiente para unirse a Cheney en su oposición a los llamamientos, procedentes sobre todo de sus correligionarios Demócratas, a constituir una "comisión de la verdad" para investigar y presumiblemente castigar a aquellos cuyas prácticas pasadas en seguridad ahora se cambian.

Tan firmes como puedan ser sus discrepancias en otros asuntos, Cheney y Obama hacen causa común en esa cuestión. Y tienen razón.

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Diario SIGLO XXI dispone de los derechos de publicación en exclusiva para medios digitales españoles de este y muchos otros columnistas del Washington Post Writers Group.

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