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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   Política   -   Sección:   Opinión

De Álvarez de Miranda a Patxi López. La degradación de la política

“El orgullo de quienes no pueden edificar es destruir” Alexandre Dumas
Miguel Massanet
martes, 10 de mayo de 2016, 10:03 h (CET)
Si, señores, es posible que sean pocos los que recuerden a don Fernando Álvarez de Miranda, pero todos aquellos que tuvimos la suerte de ver el proceso que tuvo lugar al fallecimiento del general Franco, supimos de su valía, de sus esfuerzos por implantar un nuevo régimen democrático, de su influencia como político, su honestidad como persona, su preparación y capacidad de trabajo y su prestigio como primer presidente del Congreso de Diputados y uno de los firmantes de la Constitución española en diciembre de 1.978, amén del periodo en el que ocupó el cargo de Defensor del Pueblo.

Se puede decir que aquella época de la llamada transición, fue pródiga en personalidades de prestigio, fecunda en pactos entre antiguos adversarios políticos, ejemplar por lo que respeta a la tolerancia, la buena voluntad y la preocupación de unos y otros porque, aquella difícil etapa del paso de la dictadura a la democracia, se desarrollara sin que los antiguos enemigos de la guerra civil de 1936, sintieran la tentación, en algunos muy fuerte, de pasar cuentas y solventar viejas rencillas mediante la violencia, el revanchismo o, en el caso de los vencedores, la oposición a darles cancha a los vencidos, cuando aún disponían de la posibilidad y el poder de prolongar los efectos de la dictadura.

Si el señor Adolfo Suárez fue el hábil gestor capaz de conseguir unir a tirios y troyanos, no se puede negar que, tanto Felipe González, como el Ejército, en aquellos momentos bajo el mando de generales franquistas, como los políticos de Derechas, preocupados porque aquella España que habían conseguido librar del comunismo del Frente Popular (protegido por los rusos soviéticos), pudiera resucitar y reclamar sus presuntos derechos, echando por la borda toda la labor realizada durante los cuarenta años del franquismo; fueron lo suficientemente patriotas, tolerantes, flexibles y pragmáticos para ponerse de acuerdo en la fundamental, que era conseguir un traspaso de régimen sin sobresaltos, en paz y de forma que no se produjeran vacíos de poder que hubieran podido ser fatales para la España de aquellos tiempos. Hasta, la discutida y discutible, restauración del partido comunista español, recobrando la figura de Santiago Carrillo, fue una acción que levantó ampollas en muchos partidarios del régimen anterior, fue entera responsabilidad de Suárez, que consiguió contra todo pronóstico que fuera aceptada, aunque hubo un momento en el que pareció que todo aquel montaje se iba a desmoronar, cuando los sucesos del 23 F de 1981, hicieron pensar que el protegido del rey Juan Carlos I, había cometido una gran torpeza.

Desgraciadamente, aquel valioso personaje que presidió las primeras Cortes democráticas acaba de fallecer a la edad de 92 en Madrid. Se dice de él que era monárquico y democristiano. Sus elaciones con el franquismo no se puede decir que fueran buenas y esto le costó, después de haber participado en el Movimiento Europeo de Munich (el contubernio de Munich para el régimen de Franco), el ser desterrado a Fuerteventura. Lo cierto es que fue uno de los políticos que más trabajó por la restauración de la democracia y por mantener el prestigio de las instituciones, por encima de las luchas partidistas. Miembro del Consejo Privado de don Juan de Borbón fue el fundador del Partido Popular Demócrata Cristiano (1976). Ejerció de embajador, miembro del Consejo de Estado y, finalmente, Defensor del Pueblo. Un hombre honrado, que fue profesor de derecho en la Universidad Complutense de Madrid; objetivo e imparcial como Presidente del Congreso, donde consiguió hacerse respetar por todos los parlamentarios por su buen hacer y aplicación correcta y equilibrada del reglamento de la cámara baja.

Lo cierto es que, cuando comparamos a aquellos personajes de la transición, valoramos sus currículum y vemos el gran servicio que, en aquellos momentos, prestaron a la patria evitando lo que, muy fácilmente, hubiera podido ocurrir si se hubiera permitido que los rencores, odios, cuentas pendientes y desencuentros derivados de la contienda civil hubieran estallado entre los españoles, de uno y otro bando, precisamente cuan el general Franco ya no estaba en condiciones de impedir que la revolución estallase; no nos queda más remedio que reconocer que, cuando España necesitaba que la salvaran de sí misma, hubo una serie de verdaderos “salvadores de la patria” que, con su prudencia, su sabiduría, su savoir fair, su sacrificio y su inteligencia fueron capaces de conseguir el gran milagro de conducir la transición a la única salida que garantizaba la paz y la convivencia de todos aquellos que fueron actores en la contienda del 1936: la de la Constitución de 1978. Esta misma ley de leyes que ahora, quienes no tuvieron que apechugar con aquella difícil situación, minusvaloran y pretenden transformarla para llevarnos de nuevo hacia una dictadura, infinitamente peor que la del franquismo, o sea, la dictadura del proletariado, made in Venezuela y patrocinada y defendida por los comunistas bolivarianos de Podemos.

Conviene recordar, a aquellos que tienen mala memoria, la actitud de Pablo Iglesias, Errejón, Monedero y Echenique cuando en la Grecia del señor Tsipras, de Syriza – perteneciente al mismo bando bolivariano que los miembros de Podemos – el partido comunista griego consiguió la gran mayoría en el Parlamento y quisieron enfrentarse a Europa con la intención de negarse a pagar la deuda que tenían con sus acreedores, principalmente con el BCE, el FMI y las que tenían con Francia, Alemania y, en una parte menor, con España. El señor Varufakis quiso poner una pica en Flandes, presentándose, como elefante en cacharrería, ante los representantes de la CE, explicándoles cómo debían actuar, la parte de la deuda griega que debían condonar aparte de la suspensión del cobro del resto de la misma durante 30 años. Fue por lana y salió trasquilado cuando los comunitarios le bajaron los humos amenazándole con que, si no cumplía con sus obligaciones de pagos e intereses de la deuda pública griega, la espita de la financiación se cortaría y dejarían que Grecia se consumiera en su propia impotencia.

Tsipras tuvo que volver con el rabo entre piernas, enfrentarse a su propio partido para imponer las reformas, draconianas que le obligaron a tomar desde Bruselas y poner en cuarentena todas aquellas ideas que los habían llevado, de forma insensata, a desafiar a la UE. Actualmente, los señores de Podemos, aparte de enfrentarse a sus propias luchas interiores, haber dejado al descubierto la inconsistencia de sus promesas electorales y la imposibilidad de llevar a cabo aquellos proyectos de dejar de pagar deuda e intereses de la deuda pública a nuestros acreedores y haber dejado constancia de su incapacidad para gobernar ciudades como Madrid y Barcelona, donde están fracasando estrepitosamente en su gestión; no se atreven a hablarnos, como hacían antes, de los “triunfos” de sus compadres griegos en la aplicación de la revolución proletaria en la nación helena. Y es que sería difícil justificar que, el señor Tsipras y sus seguidores hayan tenido que claudicar, ante la CE hasta el punto de tener que aceptar una reforma de las pensiones y fiscal que les permitan ahorrar los 5.400 millones de euros anuales para poder cumplir el programa que les ha sido impuesto para tener derecho al 3er rescate firmado el pasado mes de junio.

El presunto salvador de Grecia, el defensor del proletariado y de los trabajadores griegos, señor Tsipras se ha visto obligado a actuar como lo hubiera hecho el líder del partido más de extrema derecha, si se hubiera hallado en su caso.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, no nos queda más remedio, ante la pérdida dolorosa del Ecmo. Señor don F. Álvarez de Miranda, que comparar su figura, recuperada a causa de su fallecimiento, con la triste, inconsistente, apocada e intrascendente imagen del último presidente socialista de la Cámara Baja, el señor Patxi López; al que podríamos apodar “el breve” por su, corta y poco afortunada, etapa como presidente del Congreso, en la que, no obstante, aún ha tenido tiempo para demostrar su incapacidad, su parcialidad y su cortedad para dirigir una institución tan importante y de tanto prestigio, como es la cámara de la soberanía popular española.
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