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Etiquetas:   Artículo taurino   -   Sección:   Toros

El pasmo de De la Puebla

Ignacio de Cossío
Ignacio de Cossío
sábado, 23 de mayo de 2009, 08:29 h (CET)
A mi amigo y compañero Paco Mateos, como apoyo a su brillante trabajo taurino desde www.sevillataurina.com frente a vetos y censuras taurinas a los que esta siendo sometido injusta e comprensiblemente en esta campaña.

El capote de José Antonio Morante de la Puebla ha conmocionado la Fiesta en el ecuador de San Isidro. Nada volverá a ser lo mismo, ha muerto el hombre y ha nacido el mito.

Consagración morantista en el corazón de Las Ventas. Nadie que estuviera presente y en su sano juicio podrá olvidar semejante virtuosismo con la capa, más propia de un genio del toreo que de un simple marismeño. Sólo dos quites bastaron para enterrar con sus muñecas cualquier otro lance de Antonio Ordóñez a pesar de su mando y suavidad; cualquier otro de Rafael de Paula con su estética y hondura; o cualquier otro de Curro Romero con su garbo y ese su aire de torero inconfundible. Como torearía Morante…todo fue puro ensueño.

Llegó en silencio y se marchó entre ovaciones y pisando sombreros en una plaza convertida en manicomio, por y para el arte del toreo. Su clave estuvo en su inigualable toreo de capa, claro esta. Ése mismo que ha roto cualquier molde de esculpir toreros, rompiendo distancias con el toro, bajando los brazos hasta acariciar las rodillas, toreando despacio hasta detener los relojes de cualquier plaza, ligando cada lance con otro más pausado cimentado en un valor sobrehumano. Nadie mueve el capote como Morante ni siquiera el mismísimo e intocable José Tomás. José Antonio realizó ayer al cuarto toro de la tarde de nombre “Alboroto” del hierro de Juan Pero Domecq la faena del siglo, ésa misma que recordaremos todos las que la presenciamos veinte años más tarde, como olvidarla…

¡Ahí voy! Gritó por lo bajini el maestro de la Puebla nada más recibir al toro. Con la primera verónica genuflexa llego su primer y glorioso quite. Por un instante la plaza más ruidosa de España, enmudeció por completo. Cuatro lances más subieron al cielo, no se puede torear con más compás, cadencia y arte en un pedazo de albero. Cuanta torería derrochó el sevillano desde aquel hermoso y alegre galleo en su camino hacia los caballos. Rescato aquí y ahora, aquella gigantesca media abelmontada con la que fijo al toro frente al peto, sencillamente milagrosa e inmortal, como cualquier lance de Gitanillo de Triana, Fernando Domínguez o Victoriano de La Serna disecado fotográficamente en el museo de la Maestranza.

Pero ahí no quedó la cosa y tras un puyazo sin pena ni gloria, nació el famoso quite monumental, el del temple imperecedero por obra y gracia de aquel mirlo blanco del toreo llamado Morante de la Puebla. La faena cogió vuelo estratosférico con uno, dos, tres y cuaaaaatro recortes imperiales a la verónica nacido allí mismo, junto a sus chicuelinas de mano bajas atornilladas con esas medias que miran de orilla a orilla partiendo en dos el ruedo. La lentitud y suavidad de aquellos ademanes, alfa y omega de la improvisación taurina, nos colocó a todos a la vera de esa frontera que también marcan la esperanza y el destino de todo lo que se ignora por completo.

Morante sabio y maestro de la tauromaquia volvió a sortear su propia muerte para sobrevenir a ese inesperado trace que es el arte de jugase la vida. La pinturería se trasladó a la faena de muleta con tres ayudados por alto y uno por bajo, con su batería de desplantes, kikirikís, y ése su peculiar toreo en redondo en donde el temple sereno del torero volvió a nacer en la misma linde de la mitología artística. La plaza pronto le obligó a dar la vuelta al ruedo con la oreja, a pesar del pinchazo y una estocada eficaz. Madrid enloqueció con Morante, lo hizo suyo al fin. Su sombra se agigantó en el paseíllo final venteño, estábamos presenciando al Pasmo de la Puebla, último gigante de la fiesta y bandera del toreo.

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