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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Jefe del Ejecutivo ahora

David S. Broder
David S. Broder
viernes, 22 de mayo de 2009, 08:48 h (CET)
Ningún presidente nuevo encuentra que toda faceta del cargo se adapta a él inmediatamente; algunos deberes son inevitablemente más cómodos de llevar que otros. Lo que hemos atestiguado durante las últimas semanas es que Barack Obama se prueba y adapta al papel de jefe del ejecutivo.

Las decisiones más polémicas de este periodo -- ampliar el compromiso de efectivos y reemplazar al responsable militar en Afganistán, oponerse a la desclasificación de las fotografías de los abusos de detenidos, conservar el sistema de tribunales militares, y retrasar cualquier cambio en la política hacia los homosexuales en las fuerzas armadas -- forman parte de un patrón.

En cada uno de los casos, Obama siguió el consejo de sus líderes uniformados y civiles en la defensa, y en cada uno de los casos menos el de Afganistán, prescindió de la postura que había adoptado siendo candidato presidencial Demócrata.

El predecible resultado ha sido la primera protesta contínua por parte de la izquierda, furibundas denuncias por parte de los líderes de los electorados que habían sido sus primeros partidarios. Se sienten traicionados mientras le contemplan prolongando, con modificaciones menores, las políticas y prácticas de su predecesor Republicano.

El precio político aún no es elevado, pero aquellos que recuerdan a Lyndon Johnson y a Jimmy Carter saben que a lo largo del tiempo, puede resultar peligroso para un presidente Demócrata perder el apoyo de los activistas progresistas.

Al margen de los riesgos, Obama ha adoptado claramente la mentalidad y las prioridades de un jefe del ejecutivo -- y es improbable que cambie. Cuando Jon Meacham, de Newsweek, le preguntaba la semana pasada qué era lo más duro que había tenido que hacer hasta la fecha, Obama decía: "Despachar 17.000 efectivos adicionales a Afganistán. Está la sobriedad que se deriva de una decisión así porque tienes que contar con que parte de esos jóvenes van a causar baja en el escenario de la guerra.”

Cierta adaptación es necesaria en el caso de casi todo presidente porque pocas experiencias de sus vidas anteriores pueden prepararles de verdad para los desafíos que Obama describía a Meacham. George W. Bush pasó por ello después del 11 de Septiembre, subordinando su agenda nacional a la atención sobre la amenaza terrorista -- y no cambiar nunca.

Pero el caso es más difícil en el caso de los presidentes Demócratas de hoy en día que en el de sus predecesores -- o sus contemporáneos Republicanos.

Desde Vietnam -- hace más de 40 años ya -- la ideología imperante de activistas Demócratas civiles ha sido hostil a las acciones militares estadounidenses y escéptica con el propio Ejército. Iowa, en donde arranca el proceso de nominación Demócrata, se inclina reconocidamente por una visión pacifista de la guerra. A lo largo de las primarias, las presiones respaldan a los candidatos que no cuestionan esa mentalidad.

Ese fue ciertamente el caso el año pasado, cuando los contrincantes de Obama con las mejores credenciales -- Hillary Clinton, Joe Biden, Chris Dodd -- tropezaron todos con sus votos de autorización del uso de la fuerza militar en Irak por parte de Bush.

La segunda razón de que los Demócratas luchen más para convertirse en jefes del ejecutivo es que -- al contrario que los Republicanos -- tienen más cosas que quieren lograr en el país. El tiempo y el dinero nunca son suficientes. Contra más ambiciosa es la agenda nacional, más resistencia a las empresas militares es "desviada." Al igual que todos sus predecesores Demócratas, Obama ha fijado ambiciosos objetivos. Afganistán debe parecerle un pasatiempo.

Y una tercera razón es que los Demócratas de hoy en día están aislados de verdad del ejército. Harry Truman había sido capitán de artillería; John Kennedy y Carter fueron oficiales de la Marina. Pero Bill Clinton hizo todo lo posible para evitar el servicio militar y Obama, motivado como estaba por el servicio al país, nunca pensó en presentarse a filas.

No obstante, las circunstancias convirtieron a Obama en el jefe del ejecutivo de una nación que está librando dos guerras. Consciente o no, se preparó para la transición mediante su elección de asesores. Escogió a un vicepresidente, Joe Biden, que había visitado repetidamente los escenarios de guerra siendo presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado; una secretario de estado, Hillary Clinton, que se había sumergido en los asuntos de la defensa siendo miembro del Comité de las Fuerzas Armadas del Senado; y un secretario de defensa, Robert Gates, que había dirigido las guerras para Bush. Después, la elección más sorprendente, como su asesor de seguridad nacional no eligió a otro de los académicos que habían ocupado por costumbre ese cargo, sino un general Marine en la reserva muy duro, James L. Jones.

La suya es la asesoría y consejo que Obama viene escuchando en las últimas semanas -- no a los ayudantes políticos que le guiaron durante la campaña y a su entrada en la Casa Blanca.

Los críticos progresistas de Obama están en lo cierto. Ahora es un hombre diferente. Ha aprendido lo que significa ser jefe del ejecutivo.

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Diario SIGLO XXI dispone de los derechos de publicación en exclusiva para medios digitales españoles de este y muchos otros columnistas del Washington Post Writers Group.

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